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Volumen 4 - No.2 - 1999
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Nuevo territorio canadiense traza su camino
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![]() Bailarines inuit representan un antiguo ritual que celebra la abundancia de una buena caza. |
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IQALUIT, Nunavut — Las temperaturas alcanzan a 50 grados centígrados bajo cero, y durante una tormenta, la visibilidad alcanza a solo unos pocos metros. No hay árboles, pero durante el breve verano, cuando hay luz durante todo el día, florecen líquenes y flores pequeñas.
Estamos en Nunavut, territorio de cerca de 2 millones km2 de hielo y rocas del tamaño de México, que se extiende a lo largo de la vasta región del norte de Canadá. El 1 de abril de 1999, Nunavut fue proclamado territorio nuevo, como parte del mayor acuerdo celebrado sobre tierras indígenas en la historia de Canadá. Hasta entonces había formado parte de los Territorios del Noroeste y estaba gobernado desde Yellowknife, a unos 2.400 km de distancia de Iqualuit, la nueva capital.
De los 25.000 habitantes esparcidos a lo largo de 28 comunidades, 85 por ciento es inuit. Inuit significa pueblo en inuktitut, el idioma autóctono, y Nunavut, nuestra tierra. Muchos de sus habitantes aún cazan caribúes, focas y morsas, aunque viven en modernas viviendas y utilizan teléfonos celulares. Han sido denominados la generación del “iglú y el correo electrónico”. Es común ver en las carteleras avisos de trineos y perros, junto con microprocesadoras Pentium y bicicletas para ejercicios.
La creación de Nunavut, junto con US$ 737 millones que el gobierno federal le transferirá durante los próximos ocho años, ha sido calificada por la agencia de noticias ABC World News como “quizá el paso más osado que una nación haya dado jamás para satisfacer los reclamos políticos y geográficos de sus pueblos aborígenes”. La victoria ha generado un gran entusiasmo entre los inuit, que sienten que finalmente se hallan en control de su destino después de años de dominación por parte de sus vecinos sureños.
Sin embargo, a pesar del espíritu de promesa que se siente en el aire, existen grandes desafíos. Graves problemas de salud, muchos de los cuales derivan de una difícil situación social, preocupan a las autoridades. El Ministro de Salud y Servicios Sociales de Nunavut, Ed Picco, califica al territorio ártico oriental como “un lugar difícil para proveer servicios de atención de salud”.
Una razón es el aislamiento. Iqualuit, la comunidad más grande de Nunavut (con 4.500 habitantes) está situada en la Isla de Baffin, al sur del círculo ártico. Solo se puede llegar por aire, excepto durante el verano, cuando los bienes se transportan por mar. Situada en una ensenada rodeada de colinas rocosas, Iqualuit es un conjunto de edificios prefabricados, con unas pocas unidades de estilo suburbano y un antiguo edificio de varios pisos en el que se encuentra un cine. La ciudad solo tiene 40 km de caminos de grava, pero nadie se aventura fuera de su casa cuando la temperatura alcanza los 50 grados bajo cero.
Una tercera parte de la población depende de la asistencia social, tres veces más que la tasa nacional, y la población está creciendo tres veces más rápidamente que la población canadiense en general. Más de la mitad de los residentes tiene menos de 19 años de edad, y 42 por ciento de la población de más de 15 años no ha completado el noveno grado escolar.
La vida en Nunavut es cara, debido a que la mayor parte de los bienes de consumo diario debe llevarse por avión desde el sur. Por la misma razón, la vivienda es escasa y costosa: los materiales de construcción llegan en su mayoría por mar durante los meses de julio y agosto. Alrededor de 83 por ciento de los hogares tiene alquiler subsidiado, y en la mayor parte de ellos vive un gran número de personas: es común que hasta 10 personas de varias generaciones compartan una unidad de dos dormitorios.
La tasa de mortalidad infantil en Nunavut es el doble del promedio nacional, y la tasa de embarazos precoces también es elevada. Las tasas de tuberculosis y de enfermedades de transmisión sexual del territorio exceden en forma alarmante el promedio nacional; el abuso de alcohol y de sustancias tóxicas también está muy difundido. Alrededor de 68 por ciento de la población adulta fuma cigarrillos, en comparación con el promedio canadiense de 27 por ciento, a pesar de que un paquete de cigarrillos cuesta aquí el equivalente de US$ 6 dólares.
La tasa de suicidios en Nunavut, seis veces superior al promedio nacional, es la más alta de Canadá. Las razones que se citan generalmente se relacionan con las presiones por mantener un estilo de vida más moderno, el subempleo, la lenta desaparición de costumbres y tradiciones centenarias, y la falta de experiencia de los inuit para vivir en asentamientos —especialmente en condiciones de hacinamiento— y la consiguiente pérdida de identidad y autosuficiencia. Cualquiera que sea la razón, el suicidio ha alcanzado a casi todo inuk (el singular de inuit) mediante la pérdida de un pariente, un amigo u otro ser querido.
Hasta hace medio siglo, lo que hoy es Nunavut tenía escaso contacto con el resto de Canadá y el mundo exterior. Durante la segunda guerra mundial, la Fuerza Aérea de Estados Unidos construyó un aeropuerto en Frobisher Bay (hoy Iqualuit) y durante el comienzo de la guerra fría, muchas comunidades árticas funcionaron como bases de radar para la Distant Early Warning Line - DEW, un proyecto conjunto de Estados Unidos y Canadá iniciado en 1955 como protección frente a un posible ataque “sobre el Polo” de los soviéticos al continente norteamericano.
Durante esa época, el Gobierno canadiense envió por primera vez enfermeras sureñas con el fin de proveer servicios de atención de salud en clínicas comunitarias. En los años ochenta, la responsabilidad por la atención de salud, incluidos hospitales y enfermerías, se transfirió al gobierno de los Territorios del Noroeste. Aún así, el gobierno federal, a través de Health Canada, siguió respaldando algunos programas comunitarios para los inuit y otros pueblos, particularmente en nutrición prenatal, control del tabaco, consumo de alcohol, drogas y solventes, asesoramiento sobre suicidio y enfermería.
Actualmente, el nuevo Ministerio de Salud y Servicios Sociales de Nunavut está procurando encontrar personal administrativo calificado. A mediados de 1999 solo contaba con 23 personas, con una meta de 83 empleados. Algunos servicios, como la vigilancia epidemiológica, se contratan con el gobierno de los Territorios del Noroeste. Del presupuesto total de Nunavut, de US$ 408,7 millones, unos US$ 78,6 millones se destinan a la atención de la salud. “Contamos con el segundo presupuesto operativo departamental”, señala Picco, y solo la educación recibe una proporción mayor.
La mayor parte del presupuesto de salud se usa en transporte. Los pacientes de la región de Baffin deben trasladarse por avión al pequeño hospital de Iqualuit, mientras que los residentes de Kitikmeot y Kivalliq deben viajar 3.200 km o más a Yellowknife, Edmonton, Churchill o Winnipeg. Las enfermedades incluyen insuficiencia cardíaca, neumonía, embarazos ectópicos, cesáreas y partos prematuros. Los pacientes que requieren quimioterapia o radiología deben ser trasladados al sur por avión. Con frecuencia los acompaña un miembro de la familia, con los gastos pagados por el gobierno.
La telemedicina, por su capacidad para cubrir largas distancias, encuentra un campo fértil en la helada tundra de Canadá. Los médicos de Ottawa observan a los pacientes que viven en lugares alejados utilizando satélites e imágenes de video y deciden si deben trasladarlos al sur para seguir el tratamiento. Picco dice que Nunavut está “en la avanzada” de esta nueva tecnología, y que su eficacia ha despertado gran interés en otros países que tienen obstáculos geográficos similares.
El director del hospital de Iqualuit, el Dr. Chuck MacNeil, está convencido de que en el futuro la telemedicina puede ayudar al gobierno a economizar muchos fondos de su abultado presupuesto de viajes. Como ejemplos, cita la compatibilidad de esta tecnología con la psiquiatría, trabajo social, dermatología y consultas ortopédicas, y su conveniencia para la capacitación y el desarrollo del personal. “No podemos darnos el lujo de enviar un instructor a 12 comunidades para enseñar a una o incluso cinco enfermeras”, dice, “y no podemos reemplazarlas para que viajen al sur. Pero fácilmente podemos mantener teleconferencias”.
La escasez de enfermeras constituye uno de los principales problemas del territorio. Desafortunadamente, esta escasez es generalizada en todo el país, y los gobiernos locales deben ingeniarse para proporcionar incentivos financieros que permitan atraer enfermeras al norte.
Una importante crisis es la falta general de trabajadores de salud. En la actualidad existen entre los inuit solo un terapista odontológico, una enfermera y ningún médico. Por lo tanto, los inuit deben viajar al sur para seguir cursos de capacitación postsecundarios, y el choque cultural y la soledad han hecho que muchos abandonen la carrera y regresen al norte antes de completar sus estudios.
Además de lograr que la atención de la salud sea más sensible a los valores culturales, Picco espera cambiar las actitudes en cuanto a la salud. “Queremos adoptar un enfoque más holístico y poner de relieve el aspecto preventivo de la salud”, dice. “Queremos difundir información y decirle a la gente que se protejan a sí mismos. Pero ello llevará 5, 10 ó 15 años”.
Picco y otros dirigentes locales consideran este lapso como parte del proceso de transición que está atravesando Nunavut. En el medio siglo pasado, dicen, los inuit han experimentado un cambio social que en otras partes del mundo industrializado se ha producido gradualmente, a lo largo de unos 5.000 años. Hace dos generaciones, la vida de los inuit todavía estaba regida por las estaciones, permitiendo que las rutas terrestres y marítimas los guiaran a las fuentes más abundantes de alimentos. Como sugiere un trabajador social de Iqualuit, “todo ha pasado demasiado rápido para que los inuit absorban la nueva cultura. Todavía están tratando de acostumbrarse a vivir en comunidades después de haber mantenido un estilo de vida nómade durante miles de años”.
El ajuste a la vida comunitaria se ve agravado por los problemas sociales del territorio. “¿Qué nos ocurriría en el sur si hubiera tres o cuatro familias emparentadas que viven bajo un mismo techo?”, pregunta el trabajador social. “¿Qué pasaría con la criminalidad, los suicidios, la adicción, la tuberculosis, las enfermedades de transmisión sexual, el abuso y el descuido de niños? Si hay 10 adultos en un hogar y uno es un alcohólico, todos tienen un problema”.
Judy Watts, de la Junta Regional de Servicios Sociales y de Salud de Baffin, agrega que “se necesita mucha instrucción y mucha cicatrización. Los inuit han sufrido una gran dislocación familiar y comunitaria. Son pocos los grupos aborígenes que han sido lanzados al siglo XX en forma tan rápida. En cualquier comunidad, las cosas empiezan a mejorar cuando la gente comienza a hacerse cargo de su destino, pero el proceso no será simple ni fácil”.
Si bien el enfoque que ha adoptado el Gobierno canadiense con respecto a su población indígena —comunidades como las Primeras Naciones, los inuit, los metis, definidos en la constitución canadiense— es bastante progresista, no siempre fue así. En los años cincuenta y sesenta, ignorando el estilo de vida nómade tradicional de los inuit, el gobierno federal con buenas intenciones pero paternalista consideró que mejoraría su situación si vivieran en asentamientos. Como incentivos para estimular la cooperación de los inuit se encararon la construcción de escuelas, la provisión de servicios sociales y un vasto programa de vivienda. Como los modelos les eran foráneos, y las políticas fueron impuestas con escasa participación de los propios inuit, las metas del gobierno —de proveer oportunidades económicas y servicios públicos y aliviar la hambruna— fueron en muchos casos erróneas, inapropiadas y en consecuencia ineficaces.
Hoy las cosas están cambiando. El inuktitut es el idioma oficial del gobierno, y se lo promueve en todo el sistema educacional. Existen círculos de curación y se aplica un sistema judicial de un solo nivel. Los departamentos y organismos gubernamentales están descentralizándose en 10 comunidades fuera de la capital, en un esfuerzo por extender los servicios y las oportunidades de trabajo a todo el territorio.
Sin embargo, muchos de los inuit que hoy tienen entre 40 y 50 años y que ocupan cargos públicos de alto nivel en Nunavut nacieron y pasaron la primera década de su vida en campamentos alejados. Mary Wilman, una abuela inuk de 50 años de edad que dirige el Consejo de Desarrollo Social de Nunavut, nació en una casa de adobe en uno de esos campamentos antes de que el gobierno reubicara a su familia a Iqualuit. “Tenía 10 años cuando empecé la escuela. A los 13 asistí a una escuela residencial en Churchill, y luego me trasladé a Ottawa. Muchos de nosotros fuimos alejados de nuestras familias a muy temprana edad. No regresé hasta los 18 años. Fuimos incorporados al sistema muy rápidamente”.
Wilman agrega que “nos hemos desplazado con demasiada rapidez hacia la sociedad blanca. Creemos que todo funciona en la sociedad blanca. Hemos abandonado la lactancia materna, y hemos adoptado la dieta de los blancos. Nuestra dieta tradicional tenía un contenido graso mucho menor que la occidental, pero nos ha tomado una generación darnos cuenta de ello. Vivimos en un ambiente transcultural y necesitamos incorporar lo mejor de ambos mundos. Debemos recobrar el respeto por nuestro propio mundo. Tenemos que promover y educar y capacitar a nuestra gente”.
Además de trabajar con el Consejo, Wilman proporciona servicios de capacitación comunitaria en prácticas curativas, de salud y bienestar inuit. Una de sus socias es Leena Evic-Twerdin, una inuk que también trabaja con la organización que negoció el acuerdo de tierras de Nunavut y que ahora está asegurando que sus disposiciones se pongan en práctica.
Evic-Twerdin dice que la estructura social y moral de los inuit ya no existe como antes. “Nuestros padres eran nuestros maestros, jueces y médicos en primer lugar. De allí el problema pasaba al resto de los miembros de la familia y finalmente al círculo de los ancianos”. Le gustaría que se retornara a los sistemas de creencias tradicionales. “Las enseñanzas holísticas nos mantenían mental, física, emocional y espiritualmente sanos”, agrega.
Sin embargo, se muestra optimista acerca del futuro de su pueblo, señalando que recientemente los inuit han estado participando en aspectos políticos, económicos, sociales y educacionales “como nunca lo habían hecho antes”, y agrega que “la mayor parte de los inuit había dejado de tener una visión de nuestra existencia, pero como resultado de Nunavut ahora están dispuestos a hacer cosas. Es muy estimulante. Vuelva en 20 años y verá la diferencia”.
La directora de información de Nunavut, Judith Pereira, comparte ese sentimiento. Pone el ejemplo de Groenlandia, vecina de Nunavut, que obtuvo la autonomía de Dinamarca hace dos décadas y hoy es una sociedad sofisticada con un nivel de vida muy superior al de Nunavut. “Nuuk (la capital) era como Nunavut es actualmente. Ahora están muy avanzados”. Predice que en 20 años “seremos como ellos”.
Maureen Johnson, escritora independiente especializada en salud y desarrollo internacional, reside en Ottawa. Es consultora en comunicaciones y relaciones con los medios de difusión en la Sociedad Canadiense de Salud Internacional, que es representante técnico de la Organización Panamericana de la Salud en Canadá.

