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Volumen 4 - No.2 - 1999

Una experiencia sin igual
por Jacob Conklin


En las montañas peruanas, un grupo de alumnos participa en ejercicios matutinos antes de comenzar las clases. Estos ejercicios ayudan a enseñar español básico a los pobladores, que en su mayoría hablan quechua.

Nota de la Redacción:

Muchos de nosotros podemos recordar el momento en que tuvimos una experiencia que no solo nos llegó al corazón, sino que tocó lo más profundo de nuestra alma; una experiencia tan conmovedora que sabíamos que habría de afectarnos para toda la vida. Con frecuencia estas experiencias son tan extraordinarias que nos dejan con una sensación de aislamiento, de ansiedad y quizá de impotencia. Sin embargo, esos momentos son definitorios. Así es la historia de Jacob Conklin, un joven que salió de un alejado pueblo universitario de Estados Unidos para viajar a las montañas andinas de Perú, donde estudió una enfermedad llamada bartonelosis.

A su regreso al Colby College en Waterville, Maine, Conklin escribió su historia del verano de 1998. Procuró describir sus nuevos pensamientos acerca de Perú y la vergüenza que sintió por su anterior falta de comprensión del mundo que lo rodeaba. Su permanencia en el país solidificó su decisión de dedicar su vida a la salud internacional. Como comentario, manifestó que “a través de estas experiencias podemos incluso descubrir que la gente pasa toda la vida en busca de quiénes son y de quiénes quieren ser”. He aquí su historia.

Mientras la brisa me acariciaba el rostro en la tarde, miraba hacia lo desconocido. Antes de ir a Perú, este misterio nunca se me había planteado. Había estado protegido del resto del mundo por las fronteras de mi propio país. Si bien conocía el mundo a través de los medios de difusión y las redes de satélites, todo parecía guiarse por la inverosimilitud de la televisión y el Internet. El mundo que me rodeaba era como un espectáculo cinematográfico, con gente que nunca existió y que pasaba su vida en condiciones demasiado extrañas para ser verdaderas. La actitud de las personas nunca tenía consecuencias globales.

Ahora no puedo evitar preguntarme cómo no me di cuenta antes. Esta tarde, al abrir mi mochila y sacar los libros, encuentro mi diario de Perú, 75 días que describen el verano más ideológicamente emocionante de mi vida, y empiezo a recorrer las páginas con la vista.

De tal palo tal astilla

Me detengo en una página en la que veo el nombre de Álvaro. Álvaro es el primer hijo de Nelson Solórzano, un peruano que fue el principal contacto para los miembros de nuestro equipo de investigación. Nelson, que solo tenía 9 años más que yo, es verdaderamente una de las pocas personas a quienes admiro por su capacidad para combinar fácilmente el profesionalismo con la humanidad en el mundo de la medicina. No es médico; sin embargo, solo me cabe esperar que en mi futuro en medicina yo llegue a ser tan eficaz como lo es él en la actualidad.

Mi diario sugiere que Álvaro no fue un bebé muy puntual, y tres días después del previsto para el nacimiento los médicos del hospital decidieron que tenía que nacer. Aquella tarde les dijeron a Nelson y a su esposa que quizá fuera necesario hacer una cesárea. Al día siguiente, escribí en mi diario:

La familia Solórzano finalmente tuvo su primer hijo, un varoncito grande y tranquilo. Pude advertir el brillo en los ojos de Nelson cuando sostenía a su hijo.

Toda la vida he tenido esta meta en mi mente, acerca de cómo quería vivir, lo que he querido hacer, lo que he querido ser. Pero al mirar al bebé en los brazos de Nelson y su esposa, me pregunto cómo he podido pensar que podía encontrar la felicidad dejando aquello de lado. Siempre he querido hacer milagros. ¿Cómo pude ignorar el milagro más maravilloso de todos?

En su primer día de vida, Álvaro ya me ha enseñado algo. Supongo que este es un ejemplo del decir “ de tal palo tal astilla”.

Hay todas clases y formas de enseñanzas, que silenciosamente se introducen en la psiquis cuando parecía que ya se sabía todo en el mundo.

Al hojear el diario, encuentro una hoja seca de eucalipto entre dos páginas, y cuando empiezo a leer recuerdo la tristeza que sentí aquel día.

La hoja provenía de una hermosa aldea situada en las montañas, llamada Pavas. En el pasado en esta región se habían observado muchos casos de bartonelosis y leishmaniasis, enfermedades transmitidas por picadura de flebótomos.

Un equipo de entomólogos decidió investigar las poblaciones de estos insectos en esa zona. El viaje también le proporcionaría a Nelson y a otros miembros del equipo la posibilidad de ver a una niña que había contraído bartonelosis meses antes.

Pavas no es un lugar al que se llega fácilmente. El camino angosto que conduce a la aldea deja constantemente al viajero a pocos centímetros de la muerte. Cuando llegamos, nos llevó casi una hora ubicar las casas, sin mencionar la que en particular buscábamos.

Cuando nos acercamos a la primera casa que encontramos, buscamos a sus habitantes. No había nadie. Nelson, sin embargo, insistió que recordaba que en aquella casa vivía la niña dos meses antes.

Por último, un hombre se acercó a preguntarnos qué hacíamos en la casa abandonada. Nelson se refirió a la niña enferma y le preguntó dónde estaba la familia. El hombre le contestó que la niña había muerto y la familia se había mudado.

Ahora pienso que esa fue la primera vez que me di cuenta de cómo puede olvidarse una vida tan rápidamente. Me da miedo.

En esa casa murió una niña, y nadie puede decir cómo o por qué. ¿Por qué su vida significa tan poco que solo se la recuerda con una tumba sin nombre, la respuesta pasajera de un vecino y una familia que se fue hace mucho tiempo?

Hasta hoy me pregunto quién fue y lo que pudo haber llegado a ser.

¿Se acordará alguien de ella dentro de 10 años, o se convertirá simplemente en una estadística?

Aquella noche, mientras soplaba la leve brisa de la montaña, me senté con la hoja de eucalipto en la mano, y lloré por la niña sin nombre.

El don de la esperanza

Gran parte de mi trabajo es entrevistar a personas cuyas condiciones de vida promueven de una forma u otra la transmisión de la bartonelosis. Ello me da la oportunidad de observar de cerca la pobreza en la que viven muchas personas. Esa había sido la razón por la que había ido a Perú, en un cierto sentido estereotípico del primer mundo, para sentirme inspirado por la pobreza que me rodeaba. No sabía que lo que habría de ser el momento definitorio de aquel verano no tendría nada que ver con la compasión, sino con el orgullo.

Un día de principios de agosto viajamos a la aldea de Conchup. Allí debíamos visitar ocho familias en un día, el número habitual. Los días habían comenzado a mezclarse en mi mente, así como la gente. Pero nunca olvidaré una casa, la cuarta de aquel día.

Al llegar a la casa, observé mucha pobreza. Nos recibieron las ocho personas que vivían en una habitación de adobe con piso de tierra y techo de tejas. Afuera había numerosos animales, que parecían ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa. La escena no era nueva: muchas casas son así en Conchup, y en realidad en todas partes.

Mientras hablábamos con los padres en la casa, los numerosos niños se burlaban, hacían bromas, salían y entraban de la casa y se escapaban de nuestras sonrisas. Solo una niña permaneció con la madre mientras hablábamos. Parecía bastante curiosa por todo, y finalmente desapareció de la habitación.

Cuando nos íbamos, la niña regresó con mazorcas de maíz hervido, dio un plato a cada uno de los miembros del grupo, y todos agradecimos la comida. Por último se acercó a mí, y mientras tomaba el maíz, noté algo que nunca había observado antes.

Creo que en ese momento me di cuenta finalmente de qué era lo que había venido a ver. No era la pobreza o las condiciones insalubres del lugar. Estaba en los ojos de la niña. Mientras miraba al gringo rubio y desarrapado con barba de dos días y un sombrero ridículo, me mostró una verdad que siempre había sabido, pero nunca había comprendido. En sus ojos había esperanza, la esperanza de un niño no alcanzado por las limitaciones del mundo, de las finanzas, el color o la nacionalidad. En ese par de ojos vi la chispa de su capacidad para ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa.

¿Se cristalizarán alguna vez sus posibilidades en la vida? Probablemente no. Ese día, y hasta ahora y para siempre, aquella niña cambió mi vida, y pasó a ser parte integral de la forma en que quiero vivirla. Gracias a la esperanza que vislumbré en sus ojos, quiero pasar el resto de mi vida buscando la forma de hacer realidad los sueños de los niños, porque ningún sueño debe ignorarse.

Un mundo de sueños

No me cabe duda de que nuestras acciones afectan la vida de muchos otros en todo el mundo. Lo único que impide que este mundo sea política, social, económica y médicamente un solo mundo es nuestro temor de saber cuán diferentes son realmente las cosas. Vivimos en un mundo de percepciones limitadas por las fronteras nacionales. Mi sueño es vivir en un mundo limitado solo por los sueños.

El futuro pronto se verá colmado por nuestras acciones y logros. Pero debemos decidir si será la conciencia o la seguridad que cubrirá la brecha. Creo que nuestro corazón es como nuestro cerebro, en el sentido de que utilizamos solo 3 ó 4 por ciento de su verdadera capacidad.

Me llamo Jacob Conklin, y pasé un verano en Perú, un verano que me abrió el corazón a quienes se aferran a la esperanza, los ojos a un mundo inmerso en las diferencias, y la mente a las infinitas posibilidades que puede ofrecer un mundo de ojos, mentes y corazones abiertos.

Me llamo Jacob Conklin, y desconozco el camino que me espera. Pero tengo todas las razones para creer que será una maravillosa aventura.


El autor está completando sus estudios de química e ingresará a la escuela de medicina. Como médico, se propone dedicar su vida a “promover una mayor calidad y accesibilidad a la atención primaria de la salud en las naciones del tercer mundo”.


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