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Volumen 4 - No.2 - 1999

Bioterrorismo: pensando lo impensable
por Robert J. Howard


Un investigador de laboratorio prepara muestras de agentes patógenos para su clasificación

En su diario registró que esperaba que la distribución de esos artículos tuviera "el efecto deseado". En este caso, el efecto deseado no era el bienestar de esos grupos indígenas, sino más bien el interés de su comandante de utilizar la viruela como arma biológica contra las tribus locales que prácticamente no habían estado expuestas al virus y carecían de defensas contra él. El plán tuvo el efecto deseado: en los meses seguientes murieron a causa de la enfermedad alrededor de 100.000 shawnee, delaware, mingo e integrantes de otras tribus que habitaban el valle del río Ohio.

La utilización de un agente biológico como arma no era nueva ni específica de América del Norte. En el siglo XIV, durante el sitio de Kaffa, puerto marítimo sobre el mar Negro situado en la península rusa de Crimea, las fuerzas tártaras que atacaban el puerto experimentaron un brote de peste bubónica. Buenos soldados y hábiles para convertir lo negativo en positivo, los tártaros comenzaron a arrojar los cuerpos enfermos de sus camaradas sobre los muros de la fortaleza con el objeto de infectar las tropas defensoras. La enfermedad se difundió después de que los tártaros se retiraron. Durante las guerras napoleónicas, la contaminación intencional de fuentes de agua fue un hecho tan común como el uso de varillas de pungi (palos afilados de bambú cubiertos de heces) durante la guerra de Vietnam en los años sesenta.

Desafortunadamente, desde hace mucho tiempo los seres humanos han utilizado toxinas biológicas naturales o artificiales como armas de guerra. Estos esfuerzos pueden ser tan sofisticados como los llevados a cabo recientemente por Iraq mediante el empleo de ántrax o botulismo, o tan simples y exquisitamente eficaces como las flechas embebidas de curare y otras toxinas vegetales y animales que se han utilizado desde hace siglos en las selvas de América del Sur para envenenar a los enemigos.

El uso de agentes biológicos como armas para infundir terror es real y creciente. Estas armas pueden devastar poblaciones enteras, desarticular las economías, destruir la infraestructura de los gobiernos a todos los niveles y generar precisamente el tipo de pánico que los perpetradores buscan. En los últimos años, los televidentes estadounidenses y del mundo entero pudieron apreciar el horror de las tragedias del World Trade Center de Nueva York y del edificio Murrah de Oklahoma City, adquiriendo conciencia del potencial destructivo que pueden tener las armas en manos de individuos extraviados, descontentos o desposeídos. El terror resultante del empleo de agentes biológicos es aún mayor por que puede no existir un “acontecimiento” o explosión visible que advierta a la población. El peligro puede ser, y probablemente será, silencioso y sutil.

Por espacio de cuatro décadas, el mundo se preocupó y debatió los peligros que representaban las armas nucleares, y Estados Unidos y otras superpotencias concentraron gran parte de su energía en la protección y capacidad de reacción frente a un ataque con este tipo de armas. Las plataformas submarinas, los sistemas de alerta anticipada y los sistemas de misiles terrestres constituyeron medios de protección que nunca fueron utilizados.

Pero cuando se trata del bioterrorismo biológico, la primera línea de defensa de cualquier nación es simplemente el sistema de salud pública del país. Según la Dra. Donna Shalala, Secretaria de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, “ante el bioterrorismo, la salud pública y la comunidad médica se encuentran directamente en primera línea. La eficacia con que reaccionemos a una amenaza o un ataque depende de la preparación de la comunidad médica y de salud pública”. Sin embargo, agrega, “esta es una lucha que no podemos librar nosotros solos”, señalando que la respuesta más eficaz es “forjar nuevas relaciones en todo sentido”.

Por lo tanto, el Gobierno estadounidense está gastando miles de millones de dólares en este problema, virtualmente en todos los niveles. Se insta a las fuerzas militares, policiales, la Guardia Nacional, departamentos de bomberos, servicios de emergencia, departamentos encargados de la protección del medio ambiente, organismos de salud pública y otras instituciones a que trabajen en forma conjunta en la formulación de planes y sistemas para enfrentar estos desastres, cuyo número, de acuerdo con los informes de la Oficina Federal de Investigaciones, se ha incrementado significativamente, al punto de que solo en 1998 hubo alrededor de 140 falsas alarmas de ántrax. Por supuesto, ningún organismo o dependencia puede darse el lujo de no considerar seriamente estas amenazas, y muchos las perciben como una oportunidad para practicar y ensayar la eficacia de sus procedimientos de respuesta.

Un aspecto que ha estado presente virtualmente en todos los programas encarados en países y comunidades que han debido enfrentar estas amenazas es la absoluta necesidad de una sólida infraestructura de salud pública. Sin excepción, los funcionarios de salud pública, los líderes elegidos y los funcionarios militares y de emergencia ponen de relieve la importancia que reviste una adecuada estructura de salud pública al nivel local para poder reconocer y enfrentar estas amenazas. Muchos expertos parecen haber llegado a la conclusión, junto con sus colegas de salud pública, que el éxito en este campo provendrá de una combinación de factores: (1) sólidas relaciones a los niveles federal, estatal y local; (2) herramientas para prevención y tratamiento, incluso una red de vigilancia epidemiológica eficaz que permita a las autoridades de salud pública reconocer inmediatamente las posibles amenazas y comunicar el peligro y las posibles soluciones; (3) mejores laboratorios en los sectores público y privado, para poder identificar con precisión estas enfermedades y las vacunas y otros tipos de medicamientos que pueden prepararse, almacenarse y proveerse, y (4) el conocimiento de las amenazas, para que los profesionales de salud de todos los niveles puedan asignar prioridades, evaluar, tratar, educar y proveer la información y los servicios requeridos cuando se presente la necesidad de tomar una acción decisiva.

Por supuesto, existen quienes, tanto dentro como fuera del gobierno, ponen en duda si el nivel de preocupación y de gasto es conmensurable con la amenaza. La Dra. Margaret A. Hamburg, que era Comisionada de Salud de la ciudad de Nueva York cuando estalló la bomba en el World Trade Center y que actualmente es Secretaria Adjunta de Planificación y Evaluación en el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, dice que “no me cabe duda de que la amenaza del terrorismo dentro de nuestras fronteras es real”, y señala que “cuando se produjo el ataque con sarin [un gas neurotóxico] en el subterráneo de Tokio, no fue difícil imaginar lo que ese hecho hubiera significado en el subterráneo de Nueva York”.

¿Cuán difundidos están los conocimientos y la experiencia entre las personas y las organizaciones para elaborar y llevar a cabo actos efectivos de terrorismo? Considérese el caso de un pequeño grupo de seguidores de un gurú indio en Oregon en 1984, que demostró una extraordinaria creatividad en su esfuerzo por influir en las elecciones del consejo municipal local. Varias noches antes de la elección, los integrantes del grupo visitaron distintos restaurantes y envenenaron secretamente las mesas de ensaladas con el agente de salmonela, enfermando a 751 personas con vómitos y diarrea. No ganaron las elecciones, pero los funcionarios policiales y de salud tardaron un año en determinar exactamente lo que había ocurrido y quiénes eran los responsables.

Los casos como estos prueban que los agentes patógenos no necesariamente deben ser exóticos o de origen remoto para ser eficaces o tener un impacto. Los funcionarios de salud pública y los comandantes militares que se especializan en el uso de toxinas biológicas admiten abiertamente que les preocupan tanto los agentes comunes utilizados con habilidad y determinación como los derivados químicos más exóticos y esotéricos. En algunas guerras, la influenza, enfermedades bacterianas, mala-ria, cólera y otras enfermedades transmitidas por los alimentos, el agua o vectores han cobrado tantas vidas como las que se perdieron en el campo de batalla.

Desde que se ratificó en 1972 la convención sobre la prohibición del desarrollo, la producción y el almacenamiento de armas bacteriológicas (biológicas) y toxínicas y sobre su destrucción, más de 100 países han acordado que tales armas no formarán parte de su arsenal. Sin embargo, existen evidencias de que varios signatarios del tratado continúan almacenándolas e incluso procurando incrementar su eficacia y su utilización. En 1992, el presidente de Rusia, Boris Yeltsin, admitió públicamente que en 1979 una emisión accidental de ántrax había enfermado y causado la muerte de personas y animales en las cercanías de una instalación militar de producción biológica situada cerca de Sverdlovsk. Tampoco cabe duda de que Saddam Hussein, en Iraq, ordenó el empleo de agentes químicos y biológicos sobre sus propios ciudadanos de ascendencia curda después de la Guerra del Golfo. Ambos incidentes indican que es preciso considerar el uso de amenazas biológicas individuales y auspiciadas por el Estado cuando la salud pública se ve confrontada por amenazas de enfermedad muy particulares.

La historia reciente y antigua ofrece numerosos casos de personas y grupos que, teniendo la voluntad, han encontrado la forma de enviar determinados mensajes de terror o de destrucción. Hasta principios de los años sesenta, las compañías aéreas no habían contemplado seriamente la existencia de una amenaza real a la seguridad de sus pasajeros. Sin embargo, en la actualidad en todos los aeropuertos del mundo encontramos detectores de metales, perros adiestrados para detectar bombas y aparatos para identificar la presencia de materiales explosivos en el equipaje.

Cada vez más, la comunidad internacional de salud pública se ha dado cuenta de que debe utilizar todos los recursos y activos a su disposición y compartir información. Los sistemas epidemiológicos y de laboratorio que pueden compartir datos han constituido una importante herramienta en estos esfuerzos. Casi diariamente se escuchan casos de exitosa colaboración entre organismos intergubernamentales y organizaciones internacionales. Incluso antiguos enemigos durante la Guerra Fría se han unido en varios proyectos conjuntos. Uno de ellos es la colaboración entre hospitales de Nuevo México y Rusia, en la que los profesionales de salud comparten información sobre la hepatitis C. Muchos políticos y responsables de la formulación de políticas están comenzando a darse cuenta de algo que los médicos han comprendido desde hace mucho tiempo: que la enfermedad es apolítica, no respeta fronteras ni se limita por tratados.

Las autoridades políticas y de salud pública de todos los países tienen la obligación de enfrentar estos problemas. Ha llegado el momento de pensar lo impensable y considerar la forma y el lugar en que pueden adquirirse los recursos para proteger a nuestros ciudadanos. Es preciso hallar formas de compartir, distribuir y proveer rápidamente información, experiencia y mensajes vitales de prevención y protección de nuestras comunidades. Debemos concentrarnos en nuestra capacidad de detección y de laboratorio y nuestros sistemas de comunicación. También es preciso obtener las vacunas, tratamientos y materiales y sistemas protectores para nuestros socios en el campo de la salud pública que se encontrarán en la primera fila de estas situaciones de emergencia.

La planificación debe ser permanente y actualizarse en forma constante. Debe contarse con sistemas que respalden una adecuada infraestructura de salud pública que ayude a los profesionales de salud a enfrentar estas crisis. Los gobiernos y los particulares deben buscar nuevas oportunidades de colaboración. Las nuevas asociaciones entre grupos empresariales, educacionales, de difusión y de apoyo comunitario pueden contribuir notablemente a incrementar nuestra capacidad para llegar rápidamente a quienes se hallan en situación de riesgo. La prevención primaria debe combinarse con capacitación realista para que los trabajadores comunitarios de salud pública o los funcionarios policiales no pasen las primeras horas de una crisis tratando de determinar exactamente quién está a cargo de la situación.

Las enseñanzas del pasado y las posibilidades de colaboración en el futuro son cada vez más claras. “Los actos de bioterrorismo no pueden contenerse mediante barreras o fronteras nacionales”, ha dicho la secretaria de salud de Estados Unidos. “Frente a los microbios, no estamos protegidos, como dijera el poeta indio Rabindranath Tagore, ‘por estrechos muros interiores’. Debido a que estos organismos no reconocen fronteras, tampoco debemos reconocerlas nosotros en nuestra lucha. Compartimos un futuro común, y también debemos compartir la determinación de enfrentarlo”.


Robert J. Howard es asistente especial para asuntos relacionados con los medios de difusión de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Atlanta, Georgia, Estados Unidos.


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