Informe Anual del Director ­ 2000
Organización Panamericana de la Salud

Mensaje del Director

El progreso
en la salud
de la población

Tengo gratos recuerdos de una hermosa hostería de Dublín donde estuvimos con mi esposa como invitados del Real Colegio de Médicos de Irlanda. Una mañana, a la hora del desayuno, nos entretuvo otro huésped con sus relatos sobre grandes académicos irlandeses. Nos contó la historia de un profesor de lenguas clásicas que, al ser abordado por un común mortal que le preguntó si enseñaba griego, respondió con arrogancia: "No enseño griego. Profeso el griego. Promuevo el griego y el conocimiento de todo lo que representa". En ese mismo estilo, abordaré el tema del progreso en la salud de la población. Hablaré del doble significado de "profesar" la ciencia de la salud, en el sentido de examinar lo que se debe hacer para llevar adelante o promover la causa de la salud y el conocimiento de todo lo que representa. Me referiré además al aspecto más tradicional de examinar los adelantos o mejoras en la salud de la población, su significado y lo que se debe hacer para mantener o acelerar tales mejoras.

Cualquier análisis de la necesidad de promover la causa de la salud debe comenzar con una apreciación o conceptualización de la salud y de su significado para la sociedad. Reconozco la posible inclinación filosófica o ética de esta clase de discusión o debate, pero siempre he sostenido que todos los trabajadores de la salud, particularmente los que estamos al servicio de instituciones nacionales o internacionales, o a cargo de orientarlas, debemos entender los fundamentos filosóficos de nuestro quehacer. También creo que nuestra capacidad para promover la causa de la salud debe basarse en la adquisición de sólidas habilidades para defenderla, de tal manera que podamos asegurarnos de que se incluyan las cuestiones relacionadas con la salud en los debates importantes de política.

Sin duda alguna, "nosotros, el pueblo", nos preocupamos por la salud. La mayor encuesta de opinión pública del mundo, realizada por Gallup International en 1999 para el Informe del Milenio presentado por el Secretario General de las Naciones Unidas, mostró que la buena salud y la vida en familia ocupaban el primer lugar entre las cosas valoradas por la gente, clasificación que sobrepasa con creces la importancia dada a los bienes materiales. Es bueno que nosotros y nuestros semejantes seamos sanos, pero todavía estamos muy lejos de la aceptación universal de la idea de que la salud es un bien público indispensable que exige un enfoque apropiado en materia de política. Gran parte de la atención prestada a la salud gira todavía en torno de una preocupación por la naturaleza de las transacciones que tienen lugar entre las personas y los servicios proveedores de atención.

Kaul y sus colaboradores (1) han enunciado claramente la tesis de que la salud de la población puede concebirse como un bien público. Al revisar la noción de bienes públicos, hallaron que estos poseen dos características principales: "no compiten entre sí y tampoco son mutuamente excluyentes". Para explicar eso, usan la analogía de los sistemas de control del tráfico con semáforos, en los que todos pueden confiar para el beneficio común, sin perjuicio de nadie, y cuyo uso es para todos, sin que pueda restringirse a unos pocos.

La salud de la población es similar en el sentido de que beneficia a todos y, en la mayoría de los casos, nadie puede excluirse realmente. Al considerar la salud como bien público, la atención se ha concentrado, con toda razón, en las enfermedades transmisibles y en la necesidad de vigilancia, que ha sido enmarcada como un bien público. Estaría de acuerdo con Kaul y sus colegas en que el estado de salud en sí debe entrar en esta categoría y, en realidad, ahora merece mucha mayor consideración la relación de la salud de las poblaciones de países distantes con la seguridad y prosperidad de otras en lugares remotos. La salud era un bien público mucho antes de que "descubriéramos" la globalización, pero ahora se ha elevado al estado de bien público mundial, y la comunicación, que es una parte tan importante de la globalización, ha fortalecido esa idea.

El concepto de bien público, o de cualquier otro bien, siempre lleva a preguntarse cómo cuantificar la naturaleza del beneficio. La medición del estado de salud ha sido una dificultad constante, de lo que son testimonio la cantidad y la variedad de métodos ensayados, desde algo tan sencillo como el recuento del total de defunciones por causas comunes hasta el empleo de indicadores extremadamente complicados. En las discusiones sobre la medición de los fenómenos o estados multidimensionales como el de la salud, siempre me acuerdo del "cálculo de la felicidad" de Bentham, empleado por él mismo para ponderar la felicidad neta resultante de varias medidas tomadas por el Estado.

Pero, independientemente de cualquier dificultad de medición (tema al cual volveré a referirme más adelante), la necesidad de abogar por la salud de la población o de promover el interés al respecto se basa en dos conceptos importantes para nuestro trabajo. Primero, consideramos que garantizar los medios necesarios para que las personas disfruten de un estado óptimo de salud es una cuestión de justicia social, consagrada en el concepto y la práctica de la salud para todos. Es preciso que las instituciones de salud como la nuestra, que debe calificarse de social, se preocupen por las cuestiones de justicia. Por esa razón he insistido en hacer de la equidad uno de los principios esenciales de nuestra escala de valores. Hemos discutido esto extensamente aquí en la OPS, y creo que todos en la Organización entienden ahora que el concepto se refiere a la distribución o asignación de los medios necesarios para asegurar la atención de salud de una manera justa. Las diferencias o disparidades, que pueden describirse como representativas de falta de equidad, deben ser actos no volitivos y evitables; además, debe haber algún agente responsable que pueda identificarse. La equidad en salud no se restringe a los servicios de atención.

Daniels y sus colaboradores (2) han escrito de una manera convincente sobre la tesis de que la justicia, en realidad, es beneficiosa para la salud, y basan gran parte de su razonamiento en la filosofía de Rawls(3). Hace casi 20 años descubrí este campo al leer el excelente análisis de Campbell (4) sobre la teoría de la justicia de Rawls aplicada a la salud. Campbell agregó a la equidad otros dos principios que deberían considerarse en el marco de la justicia. El primero fue la libertad, en el sentido de que la prestación de atención de salud debe ampliar la libertad "al asegurar igualdad de acceso a los servicios de salud disponibles en una sociedad determinada, independientemente del ingreso, la condición social o la afiliación política". El segundo fue la fraternidad, en el sentido de que todos los miembros de la sociedad "deben considerarse proveedores de atención de salud y tener la responsabilidad de evaluar la eficacia de las disposiciones existentes y de formular políticas para mejorar los servicios locales y nacionales". Yo estimaría que la libertad y la fraternidad no están en la misma escala que la equidad ni son tan importantes como esta, y llevaría el razonamiento más allá del campo de la atención sanitaria para incluir otros factores contribuyentes a la salud, que hasta llegan a calificarse como determinantes del estado de salud.

El concepto de libertad está íntimamente relacionado con la necesidad de autonomía personal en materia de salud, una necesidad expresada por muchos y quizás más abiertamente por Illich (5) hace casi 25 años. Las afirmaciones de Illich de que la industria médica o sanitaria debería frenarse, o abolirse, porque reducía la autonomía personal o la capacidad de una persona de cuidar la salud eran exageradas, pero el concepto de autonomía personal en salud es todavía muy pertinente. Un aspecto importante de la autonomía tiene que ver con la asignación de recursos a grupos desfavorecidos específicos y para quienes mejorar la salud contribuirá a ampliar su autonomía. Estos grupos obviamente incluyen a los pobres, los niños, las personas con discapacidad mental y las personas de edad que viven sin apoyo de la familia. Gran parte del llamamiento para que se preste atención a la mejora de la salud como mecanismo de alivio de la pobreza gira en torno del reconocimiento de que la pobreza no solo está determinada por el ingreso, sino que guarda relación con una compleja red de factores que esencialmente reducen la capacidad y autonomía de las personas.

El concepto de fraternidad cobra cada vez más importancia al intensificarse el clamor por alguna clase de mecanismo social que determine la asignación de recursos para la salud, no solamente en lo que respecta a cantidad, sino también a tecnología y distribución geográfica. En este ideal de fraternidad se basó el llamamiento a la participación de la comunidad, que es parte integrante de la atención primaria de salud. No podemos tener la clase de fraternidad prevista por Rousseau, en la que cada ciudadano participa en la adopción de decisiones. Pero hay un verdadero temor de que los actuales mecanismos por medio de los cuales la gente da a conocer sus deseos sean fundamentalmente erróneos y que, de hecho, quienes realmente tomen las decisiones sobre la asignación de recursos sean poderosos grupos de interés que se hacen oír fuertemente. El secreto bien puede estar en una ecuación que goza de aceptación cada vez mayor en los procesos de reforma del sector salud: algunos poderes deben mantenerse centralizados para facilitar la función directiva del Estado y garantizar la equidad, en tanto que otros deben descentralizarse para asegurar la fraternidad.

Es obvio que se producen tensiones entre la necesidad de justicia a la hora de proporcionar los recursos necesarios de una forma equitativa para asegurar la salud, y la aceptación de distancias o brechas entre personas o grupos en lo que respecta a atributos sociales. Hay otra razón por la cual hemos insistido con tanta firmeza en que el proceso de reforma del sector salud en esta parte del mundo en que vivimos debe comprender, como principio fundamental, el concepto de una función orientadora o directiva del Estado, como la ejercida por medio de los ministerios de salud. Puesto que el Estado es la única instancia que puede asegurar que las medidas necesarias para la salud se tomen en forma equitativa, nuestra cooperación técnica sigue acentuando la necesidad de que los países elaboren los instrumentos que se requieren para cumplir esa función directiva.

Aunque desearía que la atención a las cuestiones de justicia bastara para garantizar el progreso en la atención de la salud de la población, sé que no es así. Es fundamental señalar el valor instrumental de la salud, en el sentido de que contribuye a atender otras necesidades o a mantener otros valores apreciados por el ser humano. El campo de mayor interés en la actualidad es la relación entre la salud y la riqueza. Se ha sabido por siglos que los pobres son menos sanos que los ricos, aunque aunque Fogel (6), el historiador económico, nos ha llamado la atención acerca de un fenómeno interesante al que denomina la "paradoja de la nobleza". Hasta comienzos del siglo XVIII, los campesinos ingleses y la nobleza tenían una esperanza de vida similar. Eso se debía quizás al régimen de alimentación deficiente de las damas nobles y al consumo excesivo de alcohol de los hombres, así como al hecho de que la nobleza no podía distanciarse de las condiciones ambientales desfavorables que eran los principales factores determinantes de la salud de ricos y pobres por igual.

Sin embargo, varios datos recientes demuestran claramente que tanto a nivel individual como nacional, los más ricos son más sanos. Lo que no se ha demostrado con tanta claridad es el hecho de que la salud desempeña un papel de importancia en la acumulación de la riqueza nacional. Es intuitivamente obvio que, siempre y cuando haya oportunidades de trabajo, la persona sana producirá más. Strauss y Thomas (7) han analizado pruebas fehacientes de que las personas más sanas, según la determinación hecha con medidas antropométricas, ganan más. Además, hay varios estudios que muestran el efecto favorable de la eliminación o reducción de la enfermedad en la riqueza de una nación.

En época más reciente, la OSP ha venido apoyando estudios macroeconómicos que muestran una clara relación causal entre las medidas de salud, como la esperanza de vida, y el futuro crecimiento económico de los países. No son claros los mecanismos mediante los cuales la salud debe mejorar la riqueza a nivel macroeconómico y, por tanto, eso debe investigarse más. Una posibilidad es que la inversión en salud permite lograr mayores rendimientos de inversiones tales como la educación. Las inversiones en salud y una mayor esperanza de vida también pueden aumentar la tendencia a ahorrar y, por tanto, contribuir a un mayor crecimiento económico. En lo que respecta a la defensa de la salud de la población, no hay duda de que los especialistas en crecimiento económico que solían pensar que los asuntos relacionados con la salud eran exógenos a sus modelos, tienen que considerar la posibilidad de que la salud es endógena. Este es un campo de investigación que exigirá la colaboración activa de los profesionales de la salud con los de otras disciplinas.

Es atractiva la posibilidad de que el estado de salud de la población contribuya decisivamente a la estabilidad social y a la solidaridad, pero todavía faltan los datos empíricos necesarios para confirmar esto. Asimismo, es posible formular la hipótesis de que la desigualdad en el estado de salud, sumada a un estado de pobreza absoluta, puede contribuir a agotar el capital social necesario para el óptimo funcionamiento de la sociedad.

Los datos y la descripción de los programas encontrados en el texto de este informe siguen los métodos más tradicionales para reseñar el progreso alcanzado en la salud de la población. Muestran los cambios en los indicadores de salud tradicionales empleados para determinar el estado de salud y referirse a la forma en que varios factores, incluso los desastres naturales, influyen en la salud. Casi todas las medidas usadas guardan relación con la salud de grupos de personas, y se presta gran atención a nuestra cooperación técnica para ayudar a los países a recolectar sus datos de manera tal que esa información pueda desagregarse para mostrar las disparidades existentes. Se hace cada vez más hincapié en las medidas de distribución, además de los valores promedio. Estos son los primeros pasos hacia la identificación de disparidades que pueden caracterizarse como falta de equidad.

Se ha concedido poca atención al estado de salud individual. Eso refleja el principio tradicional de salud pública, que señala el deber de prestar atención a la salud colectiva más que a la individual. Se considera que la salud individual es asunto que le concierne al sistema de atención de salud personal. Sin embargo, por mucho tiempo he sostenido que eso no concuerda con la opinión de que el público, cuya salud nos hemos comprometido a promover, está formado por personas, y que las instituciones sociales que se preocupan por mejorar la salud de la población al menos deben tomar nota de las medidas empleadas para atender la salud individual. Primero, la preocupación por la salud individual surge por razones obvias de ética, porque son las personas quienes se enferman; en palabras de C. P. Snow, (8) "cada uno de nosotros muere solo". Además, hay otras razones. Por ejemplo, a pesar de las afirmaciones de que las intervenciones médicas solo han desempeñado un papel menor en la mejora general de la salud de las poblaciones, las pruebas existentes muestran que eso no es totalmente cierto. Las intervenciones médicas a nivel individual, como en el caso de la antibioticoterapia contra varias enfermedades, han tenido por objeto mejorar la salud de la población. Además, el aumento constante del gasto en salud, que afecta a la disponibilidad de recursos en el sector salud en general, guarda relación con el clamor individual por nuevas tecnologías. Las exigencias emanadas de las aspiraciones de cada persona al acceso a tecnología, bajo el pretexto de necesidades, suelen impulsar el gasto. Estas cuestiones les competen a todos los interesados en el progreso de la salud de la población.

Mientras nos preocupamos por los beneficios que le reporta a la sociedad la mejora de la situación nacional de salud como un todo, prestamos poca atención a la búsqueda de instrumentos para determinar los beneficios de la curación de la enfermedad, la recuperación de la salud o la rehabilitación de los enfermos. Como explicó hace algún tiempo Walsh McDermott (9), distinguido médico estadounidense, no tenemos medidas para ponderar el valor de la medicina centrada en la atención individual, como cuando ponderamos el valor de la salud de la población. Esta es una dificultad que debemos superar los interesados en el progreso de la salud de la población en los planos individual y colectivo.

Se han recomendado varios métodos para medir la salud individual, de los cuales quizás el más común sea la evaluación de la enfermedad hecha por la propia persona que la padece o alguna medida representativa, como los días de absentismo laboral. Lo último tiene obviamente un valor limitado en las sociedades en que un alto porcentaje del trabajo se realiza en el sector informal. Este es el caso en América Latina y el Caribe, donde hasta 50% de los trabajadores de un país pueden estar en el sector informal, o donde el trabajo puede ser irregular por causa del elevado índice de desempleo. La autoevaluación de la salud también tiene sus problemas, ya que puede haber amplias variaciones culturales en el concepto de lo que constituye enfermedad. Los pobres de los países menos desarrollados tienen un umbral mucho más alto de autonotificación de enfermedad, dadas las graves consecuencias económicas del trabajo perdido como resultado de la falta de salud. La frecuencia de los síntomas también puede influir en la notificación: si casi todos los niños tienen flujo nasal, es posible que ese síntoma se considere normal y no una señal de enfermedad.

En último análisis, los propios países serán los actores principales del progreso en la salud de la población. Los esfuerzos desplegados por ellos serán el resultado de la acción de todas las partes asociadas, pero este no es el lugar para explicar con detalles la función relativa de los socios. Nuestra única premisa radica en que cualquiera que sea el conjunto de socios, el Estado, como expresión de la voluntad popular, tendrá la responsabilidad definitiva de los factores determinantes externos a la gama de los relacionados con el comportamiento individual o con la determinación biológica. Aun en el caso del comportamiento individual, el Estado cumple una función, y el ejemplo clásico es el del uso de tabaco, en que la importancia del papel del Estado para prevenir la exposición es evidente. Ahora se sabe que muchos factores determinantes, antes considerados inmutables por causa de las características biológicas, son el resultado de la influencia de la nutrición o de cualquier otra de carácter social al comienzo de la vida y, como tales, bien pueden estar dentro de la esfera de competencia del Estado.

Pero habiendo dicho que parte de la responsabilidad es del Estado, debo recalcar que no me siento a gusto con la afirmación común de que muchos fracasos en la aplicación de tecnología de utilidad comprobada se deben a la falta de voluntad política. Estoy cada vez más convencido de que este es un nuevo estilo de retórica descubierto por asesores técnicos nacionales e internacionales, que les permite evadir o dejar de cumplir sus responsabilidades. Es verdad que el proceso político que interviene en la adopción de decisiones en relación con la salud a veces parece extraño, pero nunca he encontrado que esas decisiones se basen en un ataque deliberado o subrepticio a la salud de la población. La triste verdad es que muchos de nosotros no nos hemos tomado la molestia de entender la naturaleza de la adopción de decisiones políticas. Además, una vez que le hayamos echado la culpa a "la falta de voluntad política", habrá poco incentivo para presentar buenas soluciones con alternativas que pasen la prueba de fuego de la viabilidad financiera, la racionalidad técnica, la aceptabilidad social y la factibilidad política.

No son muchos los llamados a participar en el noble esfuerzo de fomentar el progreso en la salud de la población. Ese es un deber sagrado para nosotros en la OPS, y nos hemos comprometido a velar por el uso apropiado de todos los recursos que se nos han confiado para ese fin. Por esa razón, ningún informe estará completo sin una declaración sobre la forma de utilizar nuestros recursos.

Para quienes estamos íntimamente vinculados a los esfuerzos de mejorar la salud de la población, y comprometidos a lograrlo, a veces los adelantos parecen ser dolorosamente lentos. Pero seguimos hacia adelante dispuestos a rectificar lo que pueda corregirse con instrumentos de eficacia comprobada, a buscar y aplicar en la debida forma la nueva tecnología que, sin duda alguna, surgirá en el futuro, y a emplear todos los medios posibles para reducir las disparidades con miras a lograr un frente común para el progreso. Además, debemos consolarnos al saber que la salud de la población progresa y que constantemente adquirimos la competencia y los instrumentos necesarios para "profesar" la ciencia de la salud con más éxito.


Referencias:
1. Kaul I, Greenberg I, Stern MA. Global public goods. International cooperation in the 21st Century. Nueva York, Oxford: Oxford University Press; 1999.
2. Daniels N, Kennedy BP, Kawachi I. Why justice is good for our health: The social determinants of health inequalities. Daedalus. Journal of the American Academy of Arts and Sciences 1999;128(4).
3. Rawls J. A theory of justice. Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press; 1971.
4. Campbell AV. Medicine, health and justice. The problem of priorities. Edimburgo, Londres y Nueva York: Churchill Livingstone; 1978.
5. Illich I. Medical nemesis. Londres: Calder Boyars; 1974.
6. Fogel RW. The conquest of high mortality and hunger in Europe and America: Timing and mechanisms: In Hagonnet P, Landers DS, and Rosorsky H, eds. Favorites of fortune: Technology growth and economic development since the Industrial Revolution. Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press; 1961.
7. Strauss J, Thomas D. Health, nutrition and economic development. Journal of Economic Literature 1998;36(2):766­817.
8. Snow CP. Human care. Journal of the American Medical Association 1973;225:617–621.
9. McDermott W. Medicine: The public’s good and one’s own. Perspectives in Biology and Medicine 1978;21:167–186.

Informe Anual del Director, 2000