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Revista Perspectivas de Salud |
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PRIMERA PALABRA De la directora Juntos, preparando el futuro de la vidaLos ambientalistas a menudo citan nuestro compromiso con las generaciones futuras como la razón más fuerte para proteger el planeta: debemos cuidar el ambiente que heredarán nuestros niños. Pero como nos recuerda el tema del Día Mundial de la Salud de este año—"Preparemos el futuro de la vida"—, también debemos proporcionarles el mejor ambiente posible ahora, mientras son niños. El medio ambiente que rodea a cada niño puede repercutir en gran medida en su salud y felicidad, tanto en el presente como en el futuro. Cada año, más de 5 millones de niños menores de 14 años mueren en todo el mundo a causa de enfermedades relacionadas con el medio ambiente. Otros sufren lesiones o discapacidad como resultado de haber estado expuestos a riesgos ambientales en sus hogares, escuelas y barrios. Estos van desde problemas históricos como el agua contaminada, el saneamiento inadecuado y los productos químicos domésticos, hasta los más nuevos y emergentes: polución, ruido excesivo, adelgazamiento de la capa de ozono, y contaminantes orgánicos persistentes. En América Latina y el Caribe, unos 80.000 niños mueren cada año por causas relacionadas con estos riesgos. Los niños son más vulnerables a los riesgos ambientales que los adultos porque respiran más rápido, y comen y beben más en proporción con su peso, por lo que absorben más sustancias tóxicas. A medida que crecen, hay "ventanas de sensibilidad", durante las cuales sus organismos son especialmente sensibles. Los niños que padecen enfermedades crónicas o que tienen problemas en su desarrollo por estas causas no llegarán a ser adultos sanos y plenamente productivos. El motivo de dedicar el Día Mundial de la Salud de este año a este tema es que la mayoría de los riesgos ambientales que afectan la salud de los niños son evitables. En las regiones en desarrollo, muchos de estos riesgos están relacionados con la pobreza: el saneamiento inadecuado, el agua contaminada, la higiene alimentaria deficiente, la vivienda precaria. Sin duda, eliminar la pobreza contribuiría a resolver estos problemas. Pero los individuos, las familias y las comunidades pueden hacer mucho, además de procurar las mejoras económicas. La respuesta es la concientización y la movilización. A nivel individual y familiar, se trata de educar a las personas acerca de los riesgos ambientales en el hogar, de las prácticas personales y familiares que pueden evitarlos. A nivel comunitario, el reto es mayor pero puede dar buenos resultados. Como sugiere la nota de tapa, una de las maneras más eficaces de construir ambientes más sanos para los niños es a través de la movilización de las comunidades. El éxito de Jardim Paraná, en San Pablo, es un ejemplo. Y hay otros en la región: me vienen a la mente Villa El Salvador, en Lima, Perú, y Salcedo, en República Dominicana; al igual que los esfuerzos de los residentes de Huaquillas, Ecuador, y de Aguas Verdes, Perú, para limpiar el Canal de Zarumilla entre estas ciudades. También la labor de las ciudades hermanas Presidio y Ojinaga en la frontera EE.UU.–México para mejorar la calidad del aire que comparten. Esta edición de Perspectivas de Salud considera el poder de la organización comunitaria en otros contextos en una nueva sección sobre salud pública de la comunidad. Dos de los artículos tienen un significado especial para mí. El primero trata sobre Villa Centenario, en El Salvador, un proyecto que quizá se considere "experimental" porque comenzó con la construcción de viviendas para 100 familias que perdieron todo en los terremotos del 2001, e intenta crear una comunidad con esa base. Los retos que esto presenta se esbozan en el artículo y el resultado final está por verse. Pero Villa Centenario es claramente un proyecto comunitario caracterizado por la esperanza. El otro, sobre las manzaneras de El Alto, Bolivia —trabajadoras comunitarias de salud—, también es muy especial para mí. Estaba en Bolivia cuando el grupo celebraba su segundo aniversario y tuve el privilegio de reunirme con voluntarias. Su poder único de llegada a los miembros de la comunidad les ha permitido llevar a cabo campañas de educación sanitaria eficaces y cerrar la brecha entre los servicios de salud pública y los clientes a los que intentan servir. La participación comunitaria siempre ha sido un elemento clave de las campañas de salud, en el saneamiento, la vacunación, la educación sanitaria. En mi propia experiencia he visto cuánto pueden ganar las personas trabajando unidas, definiendo necesidades comunes, haciendo correr la voz entre sus vecinos y las fuerzas activas para imponer las exigencias de la comunidad a las autoridades electas. Esto es esencial no sólo para la salud pública sino también para el desarrollo democrático de nuestra región en general. Ayudar a las personas a fortalecer su propio sentido de la comunidad, y a través de la comunidad, su salud colectiva, siempre ha sido y seguirá siendo uno de los compromisos más fuertes de la OPS.
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