 Un gesto de amor Semana de vacunación en las Américas (continuación)
Huaquillas, 2 de junio
En Huaquillas un puente une al Ecuador y Perú. Como en muchos otros puntos fronterizos, el comercio está por todos lados. Aquí, las dos nacionalidades se mezclan en un bullicio amistoso, en un intercambio de compra y venta, de historias, anécdotas. Un ir y venir de gente cargando cajas o mercancías, gente vendiendo telas, legumbres, frutas, CD, grabadoras, camisas, chancletas. Una mezcla de culturas.
A cada lado del puente se vacuna a los niños. Sin darme cuenta me dejo llevar por el movimiento de la gente, la algarabía. Fue en esta fascinación que sentí la mirada de la Sra. Aminta, una vendedora de legumbres, joven y lozana. Su hija, de unos tres añitos, le agarraba las faldas. Tímidamente y llamándome de doctor, lo cual no soy, me pide que le cuide su modesto puesto de legumbres mientras lleva a su hija a vacunar. "Cómo no –le digo–. Con mucho gusto. ¿Qué tengo que hacer?" Pero mi pregunta se perdió con la multitud. Allí me siento sobre unos viejos sacos de café a contemplar uno de los momentos más importantes y simbólicos de esta campaña: dos países hermanos, uniendo esfuerzos, se han convertido en uno, en una fuerza, en una sola voluntad política, en una sola comunidad.
Quito, 3 de junio
Durante un día completo recorrimos las zonas urbano-marginales de Quito: La Magdalena, Cotocollao, San Golquí y San Rafael. En cada centro de salud que visitamos el movimiento y la organización eran impresionantes. Madres, padres, niños y niñas por todos lados pero cada persona haciendo su trabajo: vacunando, revisando tarjetas, haciendo anotaciones. No había descanso. Otros trabajadores de salud agilizaban el proceso preguntando a los visitantes el motivo de su presencia. "Si no es para vacunación venga por acá por favor". A la salida, ya puestas las vacunas, venía la encuesta a los padres. "¿Qué tal fue la atención? ¿Cuánto esperó? ¿Cómo se enteró de la campaña de vacunación? ¿Cómo podemos mejorar el servicio?" Algunos contestaban de prisa ya que tenían que ir al trabajo. Oficinas, construcciones y tiendas esperaban a estos padres, madres y familiares que sacaban tiempo de sus apretados horarios para cumplir con sus hijos e hijas. Un padre se despidió con un beso de su esposa y niña y aprovechó el colectivo que pasaba frente al centro y que descendería por las estrechas calles hasta bajar al centro de Quito. No se volverán a ver hasta la noche.
Visitamos centros de salud de todos los tamaños. Llevados por una ola de entusiasmo nos mostraban las neveras donde se guardan las vacunas, las salas de vacunación, los carros con sus megáfonos, los mapas. Creo que nos mostraban más que eso. Nos mostraban su convicción y su amor por lo que hacen, su alegría de llevarle un poquito de esperanza a cada familia, a su gente.
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