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Perspectivas de Salud - La revista de la Organización Panamericana de la Salud
Volumen 10, Número 1, 2005
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El "Dr.Joe" de la pequeña Habana

Pedro José Greer ha creado un imperio de cuidados de salud y se ha relacionado con las personas más poderosas de Washington. ¿Cómo lo hizo? Dejando atrás las luces de Ocean Drive para buscar almas bajo los puentes de Miami.
 Dr. Greer next to a José Martí bust
Pedro Greer posa junto a un busto del héroe nacional cubano José Martí. Greer celebra sus raíces cubanas, irlandesas y americanas, sintiéndose orgulloso de las contribuciones que ha hecho a su comunidad de Miami. (Fotos por Emérito Pujol)

Qué tienen en común los irlandeses y los cubanos? "La cultura cubana es igual a la irlandesa. Ambos venimos de pequeñas islas, somos católicos, fuimos las primeras comunidades que en este país nos autodefinimos como exiliados. Ambos somos apasionados, narradores de historias, amamos la política, sabemos sentir compasión profunda, somos bebedores de whisky y ron. Tanto para el irlandés como para el cubano, los funerales son una fiesta que dura toda la noche", dice Pedro José Greer, el médico cubano-americano-irlandés que desde hace dos décadas decidió explorar bajo los puentes de Miami en busca de los más necesitados, lejos de las estridentes luces de Ocean Drive.

Para presentarlo harían falta varias páginas. Pero para comenzar, son dos las huellas que lo definen sin verborragia: el "Doctor Joe" —como se lo conoce cuando habla el cariño— fundó en 1984 la Clínica San Camilo, que atiende cada año a más de 10.000 personas que viven en la calle, y en 1991 la Clínica San Juan Bosco, en La Pequeña Habana, adonde llegan 6.000 pacientes por año, en su mayoría inmigrantes, pobres e indocumentados, en busca de su pedacito de salud y humanidad.

Greer ha sido distinguido con tres honores presidenciales y dos papales, además de haber recibido la prestigiosa beca para genios de la MacArthur Foundation, en 1993, que otorga un generoso premio monetario a personas que "demuestran un mérito excepcional y el potencial para un trabajo creativo continuo".

Orador habitual en las grandes universidades del país, es decano adjunto en educación sobre personas sin techo en la Escuela de Medicina de la Universidad de Miami, jefe del área de Gastroenterología en el Mercy Hospital de Miami, y realiza un tiempo de práctica privada junto a su padre, también médico y sin dudas su inspirador. Inspiración que Greer ha logrado transmitir a otros: su persistente activismo lo ha convertido en líder de la lucha por una mejor salud para todos, especialmente para los desprotegidos de las calles del condado de Miami Dade. Con la vasta red que Greer ha creado, involucrando en forma activa a distintos sectores de la sociedad, ha podido ofrecerle a los grupos de olvidados refugio, salud, oportunidades de trabajo, consejo y, sobre todo, trato humano.

"Joe ha hecho un compromiso de vida para hacer de éste un mundo mejor para vivir. Y vive cada momento para lograr este objetivo", dice acerca de Greer su buena amiga Gloria Estefan, en la contratapa de Waking Up in America ("Despertándose en América"), una autobiografía publicada en 1999, escrita con Liz Balmaseda, del Miami Herald.

Greer nació en Florida por casualidad. Su mamá, oriunda de Santiago de Cuba, había llegado a Estados Unidos en 1956 para un cumpleaños familiar con siete meses de embarazo. Y el niñito ya quiso salir. A las dos semanas de nacido regresó a la isla. Esa ciudadanía casual fue la que en 1960, cuatro años después, le permitió a la familia salir de Cuba al triunfar la revolución. Ellos son de los cubanos que quemaron las naves.

Papá Greer fue el primero de la dinastía que terminó su escuela secundaria y estudió medicina en la década del 40 en Estados Unidos. El abuelo Greer, de ascendencia irlandesa, había viajado desde la sureña Georgia a Cuba en 1896, durante la guerra con España. Allí, exactamente en Pinar del Río, se enamoró. Y esa fue razón suficiente para echar raíces.

Todas esas sangres fueron formando la personalidad del pequeño Joe, quien recuerda como un hito el año en que vivió en Bahamas, a los 9, cuando su padre fue enviado con el título de "el" médico de la isla. "Salíamos con papi en unos botecitos y llegábamos a zonas remotas para atender a niños. Cuando papi entraba a las aulas con su bata blanca y su maletín, los niños se escapaban por las ventanas y teníamos que correrlos para que los revisara, los vacunara. Eso es lo que hace un médico", sonríe Greer.

Otro momento que lo marcó a fuego fue cuando perdió a su hermana Chichi, quien murió en un accidente de tránsito a sus casi 18 años. "Fue mi primera lección como médico, tomé conciencia de lo que significa una pérdida para siempre. Nunca estamos preparados para la muerte, por eso la tarea más difícil en medicina es hablar con la familia".

Y el momento que terminaría de forjar su nueva mirada fue en 1984, justamente el día en que comenzaba su residencia en el Jackson Memorial Hospital, tras alcanzar el título médico de la Universidad de Miami. Allí, Greer se encontró con su primer paciente sin nombre ni dirección. Se trataba de un indigente que los bomberos habían recogido en la calle con un severo cuadro de tuberculosis; su única identificación era el número 9, el de la cama que ocupaba en ese momento en el hospital. El joven médico se empecinó en conocer su nombre, rearmar su historia, encontrar un familiar para que el hombre tuviera alguna compañía en sus últimos días. Pero fue en vano, era un absoluto NN.

Ese ser humano, aislado, repleto de alta tecnología —en un país donde morir de tuberculosis resultaba una absurda paradoja—, sin una gota de amor, sin palabras, lo obsesionó. "Traté de comunicarme con él, pero no hablaba. Murió a los pocos días, solo. En ese momento pude darme cuenta de un Miami que nunca había conocido, y comprendí para siempre que cada paciente tiene su historia, su alma; que la historia clínica es apenas una fachada que encierra sueños, esperanzas, éxitos y frustraciones. Y yo quería buscar esas historias, que estaban bajo los puentes".

Eran refugios muy rígidos, donde debían acostarse a las 6 de la tarde y levantarse a las 5 de la mañana. "Nadie quiere ser desamparado, pero cuando uno no tiene nada, lo único que se tiene es la libertad", asegura Greer. La San Camilo resultó un espacio distinto, nuevo, que creció hasta llegar a atender a más de 10.000 pacientes por año y a recibir a 100 médicos que realizan prácticas, con un enfoque ciento por ciento humanitario, ayudando, al menos por un tiempo, a los que más lo necesitan.

Las malas políticas

El mismo año en que "Joe" Greer conoció al paciente sin nombre, puso la piedra fundacional de la Clínica San Camilo, un centro de salud que comenzó a hacerse cargo de los problemas médicos de las personas sin seguro médico. "En aquellos días –recuerda– las personas que vivían en la calle se quejaban porque los refugios eran casi todos religiosos y daban lo que se llamaba soup and salvation (sopa y salvación). Era un requisito ir a misa antes de la cena. Pero los que iban querían la sopa, no ser evangelizados".

¿Qué ha cambiado en estas dos décadas? "Ha cambiado el alma de muchos profesionales, pero en las calles, la cosa se ha puesto peor. Hay más gente pobre, más gente viviendo a la intemperie y más gente sin cobertura de salud. Por eso, yo siempre digo que lo que hago en la vida es manejar consecuencias de malas políticas".

 Hispanics in the USA
Greer consulta a María Elena Torres, una de las enfermeras de la clínica. El estilo distendido del "Dr. Joe" permite que haya diariamente un cálido clima de trabajo.

Y recuerda que cuando comenzó este trabajo, sólo el 5% de los que vivían en la calle eran mujeres y niños. Hoy representan casi el 40%. "Son familias cuyos maridos están presos, o son adictos. Grupos familiares sin ninguna educación o protección". Y no todos estos grupos son inmigrantes indocumentados, como muchas veces se cree. "Culturalmente, las comunidades de inmigrantes concentran familias que viven juntas, que se protegen unas a otras; no es habitual que lleguen al límite de la indigencia".

Sin embargo, asegura que en la franja creciente de indocumentados, el desamparo es un fantasma permanente y el factor miedo juega un papel central. "Muchas mujeres toleran el abuso verbal y físico, o condiciones médicas inadmisibles, por miedo a la deportación. Son atrapados sin salida cuando en realidad, deberían darles una medalla a los que logran llegar a este país e intentan abrirse camino".

"Un año que repartíamos regalos de Navidad les preguntamos a los niños de la calle qué querían de Santa Claus. Contestaron medias y calzoncillos… Ésa es la realidad de la calle a la que son empujados".

Por eso, para Greer, el hacer el diagnóstico y prescribir el tratamiento es lo más fácil. Lo más difícil es ejercer la compasión y la humanidad, darse cuenta de que el cuerpo del paciente no se divide en fragmentos según la especialidad que el médico haya elegido. De hecho, si fuera por especialidades, Greer debería enfocarse únicamente en los hígados de las personas… un órgano un tanto extraño para buscar almas.

"Nunca vi que un hígado entrara solo a la consulta médica. Siempre llega dentro de una persona. Una persona que tiene una familia, amigos, una historia, sueños. Como médicos, siempre les recuerdo a los estudiantes que tratamos gente, no órganos o enfermedades", dice Greer al comienzo de su autobiografía.

Justamente al lado del terreno en donde en los años 60 funcionaba una agencia de autos —la favorita de los cubanos que soñaban con tener sus carros deportivos— y al lado también de una iglesia, se construyó en 1991 la Clínica San Juan Bosco. Está ubicada en el corazón de La Pequeña Habana, punto de referencia de la comunidad cubana de Florida.

La clínica tiene una cálida sala de espera y un grupo de trabajadoras, en su mayoría "puras" (mamás, en "cubano"), que hablan sin parar. Greer encaja perfectamente en el lugar. Conversador y contador de chistes profesional —la mayoría de ellos parodian con mucho humor su propia identidad—, charla con los pacientes que esperan, con el cura, con una enfermera que acaba de volver de un viaje de trabajo en la India, y con su asistente y mano derecha, Mari.

 Dr. Greer and patients
Greer bromea con pacientes fuera de la "clínica del pueblo". Su programa 'Reach Out Miami' recluta médicos que donan horas de su práctica privada para atender a pacientes sin recursos.

Cubierto con su guardapolvo inmaculado y —médico al fin— eterno estetoscopio al cuello, la enorme y sonriente figura de Greer, obviamente ex jugador de fútbol americano, se delinea sobre carteles de prevención de la diabetes y el cáncer de mama. Hay un clima de distensión en el lugar, opuesto a las tensas calmas de las salas de espera de los grandes hospitales. "El paciente que se siente cómodo está listo para hablar contigo", define Greer. Hoy en día hay 150 médicos y 37 voluntarios que siguen ese precepto en esta clínica del pueblo.

En su camino por crear conciencia sobre el trato que los pacientes necesitan, Greer lanzó allí la iniciativa "Reach Out Miami", que recluta médicos que "donan" algunas de sus horas de trabajo para que los pacientes que llegan a la clínica puedan recibir atención en consultorios privados, pero en forma gratuita.

"Aquí, además de humanidad, otra palabra clave es accesibilidad", explica el "Dr. Joe", mientras saluda a los pacientes. Y recuerda que trató de llevar este mensaje a los poderes de Washington cuando fue asesor de las administraciones de los presidentes Bush padre y Clinton.

¿Alguna vez pensó en entrar formalmente a la arena política? "Yo me formé en los días de Vietnam, de la reivindicación de los derechos civiles. Eran días muy controversiales en este país. Sí, cuando era más joven lo pensé, pero cuando renunció Nixon dije ‘no’. Y decidí bien: a través de la medicina pude canalizar la necesidad de trabajo social que siempre tuve".

Greer asegura que vive en el "pedazo de Cuba" que se metió en Estados Unidos, pero que conserva mucho de la cultura de las dos islas que lo nutrieron. Aunque sueña —desplegando su enorme sonrisa— con el día en que su esposa Janus (de origen ciento por ciento irlandés) le prepare un sandwich cubano sin tener que explicarle que lleva, además de jamón y queso, lechuga y tomate.

Quizá por su parte cubana, tiene un gran apego a la vida familiar, y confiesa que pasa su poquísimo tiempo libre con su esposa, sus dos hijos —cuando vuelven de la universidad— y en su velero. Durante esos cortos viajes de domingo por la bahía, mirando la silueta de Miami, su ciudad, Greer vuelve a confirmar cada vez algo que repite sin cansarse: "Ésta es mi sociedad, aquí es donde vivo, donde está mi familia. Si yo no puedo mejorar el lugar donde yo vivo con lo que yo hago… ¿para qué estoy aquí?".

Paula Andaló es periodista ytrabaja en el Área de Información Pública de la Organización Panamericana de la Salud, en Washington, D.C.


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