Gregorio Rodríguez, de 62 años, es un veterano de Alcohólicos Anónimos (AA) en Costa Rica. Cuenta que antes de formar parte de AA, la dependencia del alcohol casi destruye su vida. "Perdí muchos años de mi vida por culpa del alcohol," recuerda arrepentido.
Rodríguez empezó a beber mucho a los 18 años y a los 30 empezó a endeudarse para pagar su consumo de alcohol, de tres a cuatro botellas por día. Sin embargo, lo que más le duele es el efecto que tuvo su adicción en sus seres queridos. Dice que "las consecuencias del alcohol son una familia traumatizada. Ellos no saben cuándo estará uno en casa o si volverá. Mi esposa fue hospitalizada tres veces por trauma emocional".
Rodríguez recuerda el día en que su esposa juntó sus pertenencias, las metió en una bolsa de papel y le dijo que se fuera. Poco después se encontró en el centro del pueblo, sin estar seguro de su nombre ni de dónde vivía. Finalmente, y con la ayuda de AA, aceptó "de una vez por todas" que era alcohólico, dice, y se propuso mantenerse sobrio. "Alcohólicos Anónimos salvó mi vida", afirma.
Si bien los esfuerzos de la salud pública están dirigidos a reducir el consumo de alcohol en la población en general, la dependencia del alcohol sigue siendo un problema crítico para los individuos y sus familias. Por lo general el síndrome incluye preocupación por el alcohol, consumo compulsivo, deterioro físico y mental, y falta de voluntad para dejar de tomar. Los integrantes de AA lo definen como una enfermedad que probablemente tenga raíces genéticas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que el alcoholismo es un trastorno de la salud mental con raíces biológicas, psicológicas y sociales.
La herencia puede tener un papel en el alcoholismo; sin embargo, los tratamientos están enfocados hacia los cambios motivacionales, el aprendizaje de nuevos modos de vida, mecanismos para hacer frente a la situación, la dependencia física y la adaptación neurológica del cuerpo.
Maristela Monteiro, experta en alcoholismo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), considera que los programas de tratamiento deben formar parte integral del sistema de salud de un país y ser de carácter comunitario y de amplio alcance, es decir, cubrir toda la gama de problemas relacionados con el beber en exceso. Entre quienes ofrecen tratamiento se encuentran las entidades de servicio social, especialistas en alcoholismo, psicólogos, psiquiatras, programas para pacientes hospitalizados, programas en los lugares de trabajo y, por supuesto, AA.
AA mantiene sobrios a muchos alcohólicos y ofrece apoyo a sus familiares. Rodríguez fue a AA después de que su esposa descubriera Al Anón, el grupo de apoyo para familiares y amigos de los alcohólicos; allí aprendió la forma de persuadir a su marido para que buscara ayuda.
La pareja confía mucho en AA y Rodríguez, después de 30 años de sobriedad, es un miembro modelo. Pero AA no resuelve todos los problemas: los hijos de Rodríguez aún se niegan a hablarle. "El alcoholismo no sólo afecta al alcohólico; también influye en la familia", dice Marco Segura, alcalde de Escazú, un suburbio de San José, quien conoce lo que es ser hijo de un padre alcohólico.
La situación ideal es que AA y los planificadores trabajen en forma conjunta para reducir los problemas relacionados con el alcohol. Pero a menudo, los dos enfoques están en conflicto. Al igual que Segura, muchos dividen el mundo en alcohólicos y no alcohólicos, los que tienen "la enfermedad" y los que están sanos. Desde este punto de vista, los niveles de consumo no se consideran como fundamentales.
"El alcohol es un problema para las personas individualmente, y para la sociedad –señala Monteiro–. Nunca diría que el tratamiento del alcoholismo no es importante. Pero si la meta es lograr un impacto considerable en la salud pública, tenemos que reducir el consumo de alcohol en la población en general".