Perspectivas de Salud - La revista de la Organización Panamericana de la Salud
   Volumen 10, Número 1, 2005

Una serie de errores

En 1994, Evangelina Vásquez, una estudiante de posgrado en la Universidad Nacional de México, estaba embarazada con su primer hijo. En su primer examen prenatal, en la clínica universitaria, le advirtieron que su tipo de sangre era A negativo, le comunicaron que su embarazo tenía riesgos y que iba a necesitar un control especial.

El control siguiente de Vásquez fue en una clínica pública, donde una enfermera le informó que su tipo de sangre era A positivo. Ella cuestionó los resultados, pero el personal de la clínica la tranquilizó y la mandó a su casa.

A los nueve meses, cuando empezó el trabajo de parto, ingresó a un hospital público. Durante los dos días que pasó internada tuvo contracciones fuertes y rompió bolsa; a pesar de todo, en el hospital la mandaron a su casa porque no tenía dilatación. Después de una noche de ansiedad decidió ir a una clínica privada, donde un médico le diagnosticó sufrimiento fetal y ordenó una cesárea de emergencia. Uriel, su bebé, nació el 9 de marzo de 1995.

Pero los problemas no terminaron allí. A pesar del diagnóstico de sufrimiento fetal, el hospital dio de alta a la madre y al niño apenas dos días después del nacimiento, recuerda Vásquez, mientras relata la cadena de errores médicos. "Sabían que mi bebé tenía problemas pero no lo vigilaron de cerca. Tenía manchas amarillas en el cuerpo, pero nos mandaron a casa y me dijeron que le diera baños de sol. Al día siguiente tenía fiebre, y su respiración era agitada. Lo llevé a otro hospital, cerca de mi casa, donde me dijeron que había sufrido daño cerebral permanente como consecuencia del sufrimiento fetal y la ictericia del recién nacido".

Hoy en día, Uriel, de 9 años, muestra considerables retrasos en el desarrollo, camina con dificultad y sufre de movimientos involuntarios. Gracias a los medicamentos se ha podido controlar su hiperactividad y las convulsiones. Nueve años de atención médica y terapia especiales le han costado a la madre casi todo su sueldo como funcionaria de la Universidad.

Pero lo que es "realmente triste," dice la madre, es que "todo esto habría podido evitarse con cosas sencillas. Si me hubieran puesto una vacuna sencilla [Rh-inmuno globulina], no habría tenido sufrimiento fetal ni ictericia. Y una simple prueba de sangre podría haber diagnosticado la ictericia, que podía tratarse con rayos ultravioleta. Esas cosas tan sencillas y una observación más inmediata habrían significado que mi hijo podría llevar hoy una vida normal".

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