Canción de Haití
Por Barry Paris, foto Andrea Baldecal
En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Algo parecido al infierno fue creado un tiempo después, obra del hombre y no de Dios, en una isla del Caribe donde los cielos y la tierra se habían fu-sionado para formar un paraíso tropical antes de la llegada de Colón. Para cuando los europeos abandonaron este paraíso, habían exterminado la población nativa, empobrecido la tierra e importado violentamente africanos que vivían en la pobreza y la ignorancia.
|
En 1804, Haití se convirtió en la primera república negra del mundo, pero en los casi 200 años posteriores, la miseria que la envuelve no ha cambiado demasiado. Para los norteamericanos, Haití era un lugar fácil de ignorar, consciente o inconscientemente, y los Mellon, una gran familia de banqueros de Pittsburgh, no eran la excepción. Los Mellon no tienen que trabajar, pero los mejores de ellos siempre han tenido que hacerlo. La mayoría trabajaba para hacer dinero, y lo hacía de manera brillante. Uno de ellos trabajó para los enfermos en el país más pobre de las Américas.
Los haitianos tienen un proverbio en creole:
Maladi gate' vi a - la enfermedad echa a perder la vida.
Albert Schweitzer tenía un lema:
"Ayuda a la vida donde la encuentres".
Larry Mellon tuvo una crisis de identidad en su madurez.
William Larimer Mellon, Jr. . era el sobrino nieto de Andrew W. Mellon, el Secretario del Tesoro, y heredero de una parte de una fortuna familiar que competía con la de los Rockefeller. "Nací en la opulencia", decía. "A veces me sentía avergonzado de pertenecer a una familia que era conocida por su riqueza".
En la universidad, no demostró ningún interés en el negocio de los bancos. "En aquellos días, todo el mundo quería ser corredor de bonos y pertenecer al club apropiado. Yo no sabía lo que quería hacer, pero sabía que no llegaría a Princeton". Mellon abandonó sus estudios un año después y comenzó a trabajar de mala gana en los negocios familiares. Pero los momentos más felices de Larry Mellon fueron en su camioneta y en su caballo, alejándose de Pittsburgh lo más pronto posible. En 1935, usó parte de su herencia para comprar una granja cerca de Oak Creek Canyon, en Arizona, y se convirtió en un vaquero que trabajaba desde el alba hasta el ocaso; construía cercas, montaba ganado, marcaba a sus animales y aprendió a usar el hacha y el martillo de herrero. Durante la Segunda Guerra Mundial, ingresó a la Oficina del Servicio Estratégico (OSS) y sirvió en España como espía de los barcos enemigos en los puertos españoles, teniendo que incursionar a veces en territorio enemigo.
De vuelta en Arizona en 1946, Mellon conoció la pareja perfecta: Gwen Grant Rawson, una mujer poco convencional y excelente jinete, amante de las actividades al aire libre y madre de tres hijos. Las dos familias hicieron causa común.
La vida de campo era satisfactoria, pero no llenaba el espíritu. En 1947, Mellon encontró un artículo en la revista Life sobre el trabajo de Albert Schweitzer en Gabón, en el occidente de África, y sus palabras lo impresionaron: "Me parecía incomprensible que yo tuviera la posibilidad de tener una vida tan feliz mientras veía a mi alrededor tanta gente luchando contra el sufrimiento". Schweitzer comprendía que, como lo dice el proverbio haitiano, el sufrimiento marchita a los seres humanos.
La necesidad de Mellon de enfrentar un desafío extraordinario era como la de Schweitzer. Le escribió para decirle que quería establecer una misión médica por su cuenta, y Schweitzer le respondió: "Al leer tu carta, me sentí muy conmovido... te considero un hermano entrañable y así me referiré a ti de ahora en adelante". Desde ese entonces, intercambiaron correspondencia durante toda su vida.
Mellon no era médico, ni siquiera había terminado sus estudios universitarios. Sin embargo, a los 38 años se inscribió en Tulane con estudiantes que eran mucho más jóvenes que él, mientras Gwen estudiaba para ser asistente técnico médico. Schweitzer le ofreció algunos consejos inteligentes para la universidad: "No esperes aprobar todos tus exámenes con notas brillantes; conténtate con aprobar honorablemente. No seas muy pretencioso con tu tesis doctoral... haz lo estrictamente necesario para cumplir con tu tarea".
Los Mellon conocieron a Schweitzer en 1949 y posteriormente lo visitaron en Lambaréné. En 1952 fueron a Haití para que Larry escribiera una tesis sobre úlceras tropicales. La belleza de las islas los impresionó tanto como la pobreza y las enfermedades, que eran como cadenas más fuertes que la esclavitud en un país con la expectativa de vida más baja y la tasa de mortalidad infantil más elevada del hemisferio. El otrora fértil paraíso con sus bosques de caoba había sufrido la deforestación y la erosión. Ya no existían las prósperas industrias del azúcar, el índigo, el café y el algodón. La desnutrición era tan crónica como la superpoblación. La densidad demográfica era de dos mil personas por milla cuadrada de tierra arable. En términos generales, lo saludable es que haya un médico por cada 2.000 personas. En Haití la proporción era de uno por 10.000.
El valle de Artibonite, la región central rural de Haití, era aún peor. En esa zona de 1.600 kilómetros cuadrados con 200.000 habitantes había sólo dos pequeñas clínicas públicas y ni siquiera un solo médico particular. La necesidad estaba allí, y allí fue donde los Mellon decidieron construir su hospital y bautizarlo con el nombre de Schweitzer. Por un acuerdo entre Mellon y el presidente Magloire se le otorgó al Hospital Albert Schweitzer un lote que no pagaba renta y quince edificios anexos en un terreno que había pertenecido a la plantación de banana de la Standard Fruit Company en la pequeña ciudad de Deschapelles y que incluía una granja de 40 hectáreas.
"Tengo un gran interés por ti y tus actividades", escribió Schweitzer, "porque, sin saberlo, te he arrastrado a esta profesión y conozco bien las dificultades, y siento que las tuyas son aun mayores que las mías".
El desastroso estado de la salud pública en Haití era una situación que todos habían lamentado durante generaciones, pero Mellon estaba dispuesto a hacer algo más que lamentar. Mientras terminaba sus prácticas en los Estados Unidos, Gwen supervisaba la construcción del hospital de Deschapelles. El hospital fue inaugurado en 1956 y tuvo un costo de dos millones de dólares. El primer día, los Mellon contuvieron su respiración: ¿Vendría alguien?
On that first day, the Mellons held their breath: Would anyone come?
Desde ese día en adelante, la gente comenzó a acudir al hospital en masa; dos tercios de ellos eran mujeres y niños. La tasa de natalidad en Haití es de seis hijos por mujer, el doble que en el mundo occidental, y el tétano era la principal causa de mortalidad en los recién nacidos, debido a la costumbre de las matronas de frotar barro, estiércol o carbón para que cicatrizara el cordón umbilical. Los Mellon estaban decididos a vacunar contra el tétano a todas las mujeres del valle, y pronto sus equipos móviles de inmunización estaban vacunando 114.000 personas por año.
Muchos conocían el lugar como "el hospital de Madame Mellon", y aún es reconocido por ese nombre, porque era Gwen la que recaudaba la baja tarifa que se cobraba a los pacientes. Si bien a menudo a estos se les hacía difícil pagar, el precio estaba establecido sobre la teoría de que si era gratis, los haitianos o la gente de cualquier otro lugar no lo valorarían. A veces se aceptaba una bolsa de arroz o de frutas en lugar de dinero.
El hospital de 108 camas recibía anualmente 2.500 pacientes y otros 50.000 eran atendidos en consultorios externos por 12 médicos y 85 enfermeras. En la actualidad, el hospital tiene 250 empleados, mientras que las divisiones de salud comunitaria y desarrollo comunitario tienen un total de 350. Los empleados son una combinación de haitianos y extranjeros que trabajan en la enfermería, la farmacia, el laboratorio, el departamento de registros, la sala de rayos X y la granja que provee gran parte de su comida. A diferencia de los otros hospitales, donde los parientes del enfermo tienen que traer la comida, el Hospital Albert Schweitzer (HAS) ofrece alimento a los pacientes. De los 300 pacientes que el HAS atiende diariamente, la mitad son niños que sufren de casos agudos de desnutrición y diarrea y muchos de ellos han caminado durante un día entero para llegar allí.
El cuidado es inmediato y personal. Los médicos del HAS a menudo trabajan entre diez y doce horas diarias. El Dr. Mellon donaba su sangre del raro tipo O negativo cuando era necesario. En sus días libres, Mellon cavaba fosos con los lugareños o trabajaba con yeso blanco aprendiendo a fabricar molduras de yesos para pies deformes. Posteriormente, se creó L'Escale, un centro que atiende más de 1.000 casos anuales de tuberculosis pulmonar. Mellon rechazó propuestas de establecer un centro de enfermedades tropicales en Deschapelles argumentando que "estos son nuestros pacientes, no conejillos de Indias". Aunque muchas organizaciones religiosas enviaban valiosas colaboraciones y personal, se les advertía que "esto no es un hospital misionero. La religión es una forma de confortar el propio espíritu y no debe ser difundida". A Mellon no le agradaba la predicación del Evangelio y una vez le pidió a unas monjas católicas que quitaran el crucifijo de su oficina del hospital.
"Lo primero que me sorprendió en 1962 y siguió impresionándome después" dice Rhena, la hija de Schweitzer, "es el maravilloso equilibrio entre medicina curativa y preventiva. El HAS es un modelo de lo que debería ser un hospital en un país en desarrollo".
Con el transcurso del tiempo, entre los milagros del HAS se cuentan la casi completa erradicación del tétano neonatal y una importante mejoría del cuidado de la salud en todo el valle de Artibonite. Al momento de la inauguración del hospital, la expectativa de vida era de 30 años, ahora es de 54. En el distrito casi no existen casos de deficiencia de vitamina A y sarampión y se han reducido significativamente los casos de fiebre tifoidea. La tasa de mortalidad infantil es un cincuenta por ciento menor que en el resto del país. Los médicos del HAS ven más pacientes en 24 horas que los que la mayoría de los médicos estadounidenses atienden en un año. La fatiga y el dolor a veces los afecta, pero nunca afectó a Larry Mellon. Su sustento espiritual, además del su esposa, era un profundo amor por la música. Aprendió por sí solo a tocar el clarinete, violonchelo, acordeón, guitarra, corno francés y oboe.
El poder de la música se ajustaba perfectamente a la filosofía del hospital Schweitzer y a los Mellon: la música era un bálsamo para el cuerpo y el alma. Un día llegó una niña con un cáncer que le había roído la boca y la nariz. Se paró frente a Mellon y lo miró con una serena angustia esperando su ayuda. La mitad de su pequeño y bello rostro estaba en carne viva por la enfermedad. Después de algunos cuidados, la levantó en sus brazos y la llevó a su casa, la sentó en un diván en el porche y desde su atril al aire libre tocó la flauta para ella. Luego de una hora, llevó a la niña de vuelta al hospital y la acostó en una cama limpia. Suavemente le quitó el cabello de su frente, se acercó y le susurró: "Au revoir, cherie". A la mañana siguiente, la niña había muerto.
Un recorrido por el hospital Schweitzer es a la vez desgarrador y alentador, después de ver las salas de tuberculosis y SIDA y los pacientes que sufren una increíble variedad de otras enfermedades. Las más comunes son kwashiorkor y marasmo. Bajo la increíble carga de sus actividades, los médicos del HAS mantienen su cordura y su optimismo gracias a un fenómeno que se da solamente en Deschapelles, explica Bill Dunn, ex director ejecutivo.
"Los insulsos no vienen a este lugar. Aquí uno se hace honesto porque no se puede ser falso cuando se vive y se trabaja en este entorno. Hay tanto que hacer, que muy pronto uno se da cuenta de que es más simple y productivo ser uno mismo." Los Mellon fueron un ejemplo de eso.
"El Dr. Mellon no hablaba con un lenguaje extravagante; era directo, preciso y simple. Tenía una asombrosa habilidad para abrirse camino entre los errores y no se interesaba en la 'ética circunstancial'. Las cosas estaban bien o mal. Su objetivo era simplificar y no había demoras. Se podía tomar una decisión al medio día y ponerla en práctica a las cuatro de la tarde, a diferencia de los Estados Unidos donde los organismos de planificación y los departamentos de salud pública toman meses y meses para aprobar las decisiones. Cuando llegué aquí, fue como renacer profesionalmente por la libertad y la capacidad de hacer cambios. Es algo totalmente refrescante".
Tan refrescante como los mismos haitianos. Es fácil encariñarse con ellos y con un país cuyo derrumbe constituye una celebración de lo poético sobre lo funcional. En Haití nada funciona como debería, pero la frase más común es "pas de problème!" (¡no hay problema!) más allá de que haya o no un "problème", que casi siempre lo hay. La singular flora y fauna haitiana incluye 1.200 variedades de palmas, franchipanieros y pastoras rojas. Hermosos flamboyanes, primos de las mimosas, rodean la casa de los Mellon, y en el centro de la sala de estar hay una fuente que vierte agua cuando llueve fuerte. A 90 metros están los restos de un acueducto, parte de un ingenio azucarero colonial francés del siglo XIX, cuyas ruinas son tan elocuentes como todo lo que dejaron los romanos.
La influencia del vudú se siente en todas partes; no el vudú de Hollywood que clava alfileres en un muñeco, sino un noble conjunto de creencias en espíritus africanos llamados loas, que pueden ser convocados para tomar posesión del cuerpo y la mente y que controlan la vida diaria. El vudú fue lo único que ni siquiera a golpes pudieron arrebatarle a los esclavos a lo largo de tres siglos y fue hábilmente incorporado al catolicismo francés. En el vudú haitiano se mezclan las prácticas religiosas africanas del Congo, Dahomey y la tierra de los yorubas con las creencias cristianas. Es una forma de vida más que una religión. "A diferencia del cristianismo, el vudú no es agresivo", dice el artista vudú Andre Pierre. "No hace que la gente se ponga a construir iglesias o trata de convertirlos. El vudú está dentro de todas las iglesias católicas", agrega con una traviesa sonrisa.
La mezcla del vudú y la medicina se parece a la mezcla del vudú y el catolicismo. La mayoría de los haitianos consultan a sus doctores vudúes antes de ir al hospital, pero no hay ningún conflicto, de hecho existe una cooperación. Sólo los arrogantes occidentales utilizan el término "curandero". No existen hospitales psiquiátricos en Haití, pero allí hay tantas personas con trastornos emocionales como en cualquier otro lugar, y estos a menudo recurren a los sacerdotes vudúes llamados houngouns. El Dr. Mellon reconocía que la función de los houngouns se asemejaba muchas veces a la de un psiquiatra y que la mayoría de ellos eran simplemente hombres sabios que entendían a su gente y conocían la medicina a base de hierbas.
Larry Mellon también era un hombre sabio que comprendía a la gente. Una de las primeras cosas que entendió en Haití fue que la medicina, sin importar cuán bien se la practicara, podía hacer sólo una pequeña diferencia en el subyacente dilema haitiano, y que curar a las personas y devolverlas al mismo entorno que causaba la enfermedad no las ayudaba mucho en el largo plazo.
Fue por eso que Mellon sólo practicó la medicina durante aproximadamente tres años y luego se dedicó a la creación de una amplia variedad de ambiciosos proyectos comunitarios de salud. A partir de entonces, los que querían ver a Larry Mellon tenían que recorrer a menudo grandes distancias, porque desde 1959 el programa de Salud y Desarrollo Comunitario del HAS y los centros de atención comenzaron una ferviente actividad. En el recinto se estableció una escuela primaria y allí se enseñaba, igual que en los centros, lectura, redacción, costura, carpintería y cuidados básicos de la salud y de los niños. Se iniciaron decenas de proyectos de sanidad. Se taparon los pozos viejos y se cavaron nuevos para extraer agua limpia para cocinar y bañarse, algo que no había sido posible durante generaciones. Se construyeron letrinas, casas de tierra y concreto, diques, canales y otros sistemas de irrigación que pronto vieron florecer arrozales por primera vez. Mellon siempre estaba entre los obreros. Con la ayuda del agrónomo Gus Menager introdujo al valle de Artibonite una nueva variedad de arroz que duplicó la producción.
Mellon no tenía título de ingeniero, "pero tampoco lo tenían los romanos cuando construyeron sus acueductos", decía. Entre sus proyectos más importantes se destacan los siguientes:
- En los años sesenta, Mellon visitó las tumbas etruscas en Tarquinia y estudió sus antiguas estructuras hidráulicas; luego inspeccionó algunas acequias elevadas más modernas, que eran tramos de hormigón de 15 metros en forma de U unidos para mantener la forma y transportar el agua a los campos adyacentes. Seis meses después, se construyeron en Haití varios kilómetros de acequias muy similares que llevaban agua desde un dique en el río Tapian. En ese corto período, Mellon adaptó y construyó las acequias utilizando madera local, de alguna manera consiguió el cemento y lo vertió en la madera y transportó los tramos que pesaban varias toneladas a través de difíciles caminos, trabajando siempre a la par de los obreros haitianos. Las acequias todavía funcionan y son utilizadas por los granjeros de la región.
- En la ciudad de Valereux, Mellon comenzó un proyecto para irrigar toda la región y permaneció un tiempo para plantar toronjas y plátanos. Schweitzer le aconsejó plantar sólo árboles que produjeran frutas comestibles. En el jardín del HAS, por ejemplo, hay almendros, cerezos y árboles del pan.
- Los proyectos de reforestación de Gwen Mellon, en conjunto con el Comité Menonita Central, han sembrado 20.000 plantas de almácigo.
- La producción de películas en creole, que se utilizan en exposiciones que recorren los pueblos, sobre la prevención del tétano neonatal, la cría de cerdos y una amplia variedad de otros programas para la mejora veterinaria del ganado.
Larry Mellon amaba trabajar entre los haitianos; ayudaba a cavar tumbas en su propio cementerio para los muertos que nadie reclamaba. Lo estimulaba el trabajo, no la reflexión. Haití fue una pequeña parte del mundo que él quiso cambiar, y así lo hizo. Y sin embargo, al mismo tiempo, dice Dunn:
"Mellon y su esposa demostraron la extraña capacidad de interrumpir un proyecto que no tenía éxito, de reconocer cuando algo no funcionaba. Una y otra vez comenzaba algo y si no funcionaba o él no estaba satisfecho con los resultados, lo suspendía. La mayoría de nosotros ponemos tanto esfuerzo en algo, que cuando no funciona lo alargamos a la fuerza. Mellon tuvo una curtiembre, dos fábricas de azulejos y otra de escobas, crió vacas lecheras y emprendió varios otros negocios. Probaba diferentes cosas, y si no funcionaban, hasta luego y sin lamentos".
La panadería y las fábricas de azulejos fueron algunos de sus fracasos. Pero la carpintería, la tejeduría y la fábrica de cerámica han sobrevivido, igual que los centros de costura de Gwen Mellon y sus empresas de limpieza del algodón y tejido de alfombras para los ancianos y los ciegos que sustentan a cien familias del valle.
Desde finales de los años cincuenta hasta el final de sus días, la rutina diaria de Mellon consistía en visitar el hospital antes de las 6:30 a.m., trabajar el menor tiempo posible en las tareas administrativas, que odiaba, y luego salir, porque la vida estaba "afuera". Salía alrededor de las 7:00 a.m. y trabajaba en un proyecto de irrigación, trataba de solucionar los problemas de los carpinteros, decidía sobre la construcción de un acueducto entre un manantial y una comunidad y otra infinidad de tareas.
El lema de Schweitzer, "reverencia por la vida", estaba inscrito sobre la entrada del hospital de Deschapelles, y Larry Mellon lo aplicaba a todo ser vivo.
En sus últimos años, cuando el mismo Mellon estaba internado en el HAS, insistió en tener una habitación, cama, sábanas y comida iguales a la del resto de los pacientes. "Aquí no tenemos dos tipos de enfermos". Sus treinta y cinco años de trabajo en Haití llegaron a su fin el 3 de agosto de 1989, a la edad de 79 años, cuando perdió una larga batalla contra el cáncer y el mal de Parkinson. Unas semanas antes, había ido con Gwen a comprar un ataúd barato de madera y cartón, un ejemplo para las personas que a menudo gastan hasta la mitad de sus ingresos anuales en su funeral.
"Los haitianos tienen una teoría interesante sobre la muerte de Mellon", dice el Dr. Michel Jean-Baptiste, ex director médico del HAS. "No saben nada del mal de Parkinson. Dicen que lo que le ocurrió al Dr. Mellon fue que por ser demasiado activo durante su juventud se desgastó. Y en cierto sentido, tienen razón".
¿Qué significa dar y cuidar?
"La primera vez que envías un hombre a casa para que muera de tuberculosis pulmonar, y probablemente contagie a su familia, sientes lástima", dijo un médico del HAS. "Cuando llegas al caso número cien, ya no sientes casi nada, te transformas en un monstruo".
Este médico había perdido las esperanzas. Pero otros, como el Dr. Harold Lear, un cirujano que estuvo allí tres veces en los años sesenta, consideró esta experiencia la más satisfactoria de su vida. En Descha-pelles, dijo, "al menos uno podía palpar de cerca el juramento hipocrático".
Frente a los obstáculos abrumadores, Larry Mellon nunca se sintió abrumado. "Nunca es tarde y siempre es demasiado más tarde para empezar a ayudar a los demás", dijo una vez. "Si te desanimas, te vuelves impotente".
El Dr. Jean-Baptiste, un brillante cirujano graduado en Harvard, advierte que no se puede comparar a Mellon con el hombre que lo inspiró. "Una de las principales diferencias es que Mellon llegó a un país que había sido independiente durante muchos años y que tenía su propia cultura y gobierno. El pueblo haitiano es muy orgulloso y su primera reacción ante un extranjero es mantener la distancia. Lo primero que Mellon tuvo que hacer al llegar fue ganarse la confianza de este pueblo, y esto no le llevó mucho tiempo, porque los haitianos se dieron cuenta de que Mellon tenía intenciones serias y enseguida dio el ejemplo. El día que inauguró la clínica no se quedó sentado en su casa mientras los otros médicos trabajaban. Él y su esposa trabajaron aquí hasta las once de la noche...
"Una cosa es decir que entiendo la filosofía del Dr. Mellon, pero tengo que traducirla en acción. Más importante aún, tengo que transmitírsela a los empleados, especialmente a los empleados haitianos. Si alguien cree en la Sra. Mellon, tiene que cuidar a sus pacientes bien, porque eso es lo que ella hace; ella viene todos los domingos a visitar a cada uno de los pacientes del hospital. Yo estoy aquí y la veo. Usted no tiene idea de lo bien que se sienten los pacientes. Es tan importante, les encanta. El Dr. Mellon hacía lo mismo...
"Para nosotros es un desafío enorme tratar de mantener vivo su espíritu, y tenemos que hacerlo a través de nuestro trabajo. Éste no es simplemente un 'gran hospital', hay muchos de ellos en el mundo, pero hay solo uno como éste. Éste es único por la gente que lo fundó y por la gente que trabaja aquí".
Schweitzer escribió que cualquiera que considerara seguir un camino similar al suyo no debería tener expectativas de heroísmo, solo de aventura espiritual. "No hay héroes de acción, solo hay héroes de renuncia y sufrimiento", dijo Schweitzer. "No hay recompensa por el trabajo excepto el privilegio de hacerlo".
Barry Paris, residente en Pittsburgh, es el autor de Canción de Haití, un libro sobre el hospital Albert Schweitzer.

