Perspectivas de Salud
La revista de la Organización Panamericana de la Salud
Edición Especial del Centenario
Volumen 7, Número 2, 2002


Una nueva guardia
Un segundo siglo
por Sir George Alleyne

Al celebrar su 100o aniversario, la Organización Panamericana de la Salud puede tomar una lección del juego de cricket. Ahora, es tiempo de examinar los alrededores, valorar las propias fuerzas y concentrarse aún más en el trabajo actual.

Múltiples imágenes e ideas se asocian con el concepto de una centuria. La más conocida y aceptada es que una centuria es un período de 100 años, y en la Organización Panamericana de la Salud (OPS) relacionamos la centuria con los 100 años de nuestra existencia. Celebramos un siglo de salud en las Américas, celebramos el progreso que los países de la Región han logrado con nuestro apoyo.

No obstante, para muchos de nosotros que crecimos en el Caribe de habla inglesa, empapados, por así decirlo, casi desde el nacimiento en las complejidades del juego misterioso, pero bello, del cricket, la palabra en inglés century representa también 100 carreras y es una meta a la que aspira todo bateador, en cualquier categoría de este deporte. Significa que el bateador ha resistido el embate y los ardides de los jugadores del equipo adversario y ha acumulado 100 carreras. Es una ocasión para celebrar y recibir las felicitaciones de sus compañeros de equipo y, en el espíritu caballeroso con que se juega, supone también recibir la enhorabuena del equipo contrincante.

Pero los bateadores verdaderamente grandes, venerados en los círculos en los que realmente se comprende el juego y cuyos nombres y hazañas constituyen el saber popular del orgullo nacional, nunca se contentan con ese century. Al bateador realmente grande no le bastan el aplauso y las felicitaciones. Se calma, se pone nuevamente en posición y trata de anotar otras 100 carreras: busca anotar otro century. Al ponerse en posición para batear de nuevo, observa a su alrededor, comprueba su posición con respecto a la meta, reevalúa su ventaja y trata de concentrarse aun más en la tarea que va a emprender.

Así sucede con la OPS. Con un marcador de una centuria en nuestro haber, debemos aceptar con modestia los aplausos de todos aquellos que nos dirigen sus parabienes y dedicarnos ahora con la concentración más intensa posible a la tarea de anotar otros 100 años. Es lógico saborear el momento y es conveniente que evaluemos las ventajas que nos han permitido cumplir esta etapa. Debemos meditar si hay buenos augurios para los próximos 100 años, concentrándonos en la tarea que se nos ha encomendado.

La OPS es producto de la situación sanitaria de las Américas. No brotamos completamente desarrollados de la cabeza de un mítico Zeus. Comenzamos como crecimos, lentamente, adaptándonos en el proceso a las necesidades sanitarias de los países americanos. O, para decir-lo más correctamente, nos ajustamos a esas necesidades de salud que exigieron nuestra cooperación técnica. Es muy evidente que nadie puede predecir en qué situación sanitaria se precisará nuestro apoyo, pero podemos tratar de hacer un vaticinio general de algunas de las dificultades que podrían surgir y reflexionar en la manera de adaptar nuestro estilo y nuestras jugadas.

Podríamos pensar que se diera, por improbable que parezca, una situación apocalíptica de hambruna y plagas ocasionada por el derrumbe de los sistemas de salud pública en los países. Podemos predecir escenarios parecidos a situaciones de la vida real como las que describe Laurie Garret en su libro Betrayal of Trust (Abuso de confianza), en el cual pinta un cuadro en el que los gobiernos del mundo traicionan la confianza de los ciudadanos y no mantienen los sistemas de salud pública. No habría ningún sistema de advertencia temprana de las epidemias que pudieran causar estragos en las distintas esferas de la vida de los países. Podríamos imaginar que las predicciones nefastas acerca de la escasez del agua potable se materializaran y los países lucharan, no por territorio, sino por agua, que sería el producto de primera necesidad más escaso que el oro. Podríamos pensar en que el calentamiento extremo del planeta se convirtiera en realidad y conllevara el aumento del cáncer y la invasión de los nichos ecológicos por agentes y vectores ajenos a esos lugares y la aparición consiguiente de enfermedades desconocidas. Conflictos de distintos tipos dominarían el escenario internacional produciendo hordas de personas desplazadas que invadirían otras tierras. La pobreza en la Región se agudizaría, deteriorando la trama social y propagando la malnutrición. El resultado total sería el retroceso rápido y sustancial de los indicadores de salud.

Pero no ocurrirá nada de esto. No veo la menor posibilidad de que se llegara a producir esta situación apocalíptica. Aun en los días más lamentables de la crisis económica de los años ochenta no sucedió nada que se acercara remotamente a una situación tan desoladora. Son muchas más las probabilidades de que las tendencias que hemos observado en el pasado reciente pudieran usarse como presagios de un futuro sanitario mucho más prometedor que marcará nuestra cooperación técnica con los países.

La primera tendencia que debemos señalar es la transición demográfica tan aguda en las Américas. Las tasas de mortalidad seguirán bajando, en parte, como resultado de mejores condiciones económicas, pero sobre todo, de la evolución y la diseminación de la tecnología. Hemos visto cómo la tecnología para mejorar la salud del niño, mediante la inmunización y el uso de sales de rehidratación oral, ha servido para reducir la mortalidad en la niñez. Habrá vacunas nuevas y tecnologías combinadas en iniciativas, como la Atención Intregada a las Enfermedades Prevalentes de la Infancia (AIEPI), que se convertirá en un elemento ordinario del programa de salud pública. La disminución de la fecundidad, coincidente con la disminución de la mortalidad, es un fenómeno constante. La relación causal en la secuencia es dudosa, pero el fenómeno se ha observado en todo el mundo. Con esta disminución de la fecundidad se reducirá la tasa de crecimiento demográfico. Además, cabe predecir que, a medida que mejoren las condiciones de salud de los lactantes y los niños, se prolongará la esperanza de vida y aumentará la población de edad avanzada. En la actualidad, hay cerca de 100 millones de personas mayores de 60 años en las Américas; se prevé que en 50 años esta cifra ascienda a 300 millones y que el crecimiento en América Latina y el Caribe sea muy marcado.

En los últimos 30 años, se ha puesto de moda hablar de la transición epidemiológica como si fuera una progresión constante de una etapa a otra. Las descripciones de las tres etapas de una transición han sido vívidas. La edad de la pestilencia y la hambruna precedería a la edad de las pandemias hasta llegar por último a la edad de las enfermedades crónicas, como el cáncer y las enfermedades cardiovasculares. Pero en realidad, el desarrollo sanitario de nuestros países se configura mas como un mosaico. Ahora tenemos que enfrentarnos con una diversidad de enfermedades crónicas de importancia creciente, al mismo tiempo que hacemos frente a las infecciones nuevas y emergentes. Hemos aprendido la lección saludable de que nunca desaparecerán los microbios y que tenemos que aprender a cohabitar en la tierra.

Es previsible que la nueva ciencia esclarezca la relación entre la vida in útero y la aparición futura de una gama amplia de enfermedades, facilitando la intervención y la prevención genuinamente tempranas. No obstante, nunca debemos perder de vista la eventualidad de que nos acosen nuevas enfermedades o formas desconocidas de enfermedades antiguas.

Soy testigo del mejoramiento de las condiciones ambientales que repercuten en la salud. Sabemos que en el último decenio ha aumentado la disponibilidad del agua potable a la población. Me alegran los esfuerzos recientes de colaboración entre los ministros de salud y del ambiente, que se concentran concretamente en métodos conjuntos para mejorar la salud humana.

Veo que los sectores sanitarios de nuestros países aceptan la necesidad de empeñarse en la reforma sectorial para producir una distribución más equitativa de los bienes sanitarios y que los estados asumen la responsabilidad de las funciones esenciales de salud pública. Advertiremos una aceptación más amplia de la tesis de que la salud hace una contribución importante al desarrollo humano y que los organismos de desarrollo nacionales e internacionales dirigirán su atención aún más a la salud de las personas y a los medios para mejorarla. A aquellos de nosotros que consideramos que la desigualdad de género es un problema social nos alienta la idea más generalizada de que la diversidad de género es esencial para el desarrollo sanitario y que las funciones de la mujer en la salud superarán las tradicionales.

Habiendo inspeccionado los alrededores y poniéndonos nuevamente en posición para actuar, ¿cuáles son las características de la OPS, de las que dependerá su existencia prolongada y la posibilidad de que anote otra "centuria" con elegancia?

Su carácter continental es una cualidad. Somos más afortunados que otras regiones, dado que tenemos un propósito geográficamente definido y una larga historia de lucha por un ideal panamericano. La importancia de la óptica continental y la importancia de la salud en el quehacer del continente se ha recalcado reiteradamente en las cumbres presidenciales, en las que también se ha validado la utilidad de las instituciones interamericanas.

El acento que pone la OPS en la información y su uso como un instrumento de cooperación técnica ha sido una de las virtudes de la Organización desde su nacimiento, y lo seguirá siendo. La importancia creciente de la información como fuente de poder, unida a la expansión progresiva de la tecnología, fortalecerá nuestra capacidad para ayudar a los países a determinar los problemas que se ciernen sobre sus pueblos y las medidas que han de adoptar para superarlos. No haremos un uso pasivo de la información y las tecnologías afines. Contribuiremos también a los cambios en los comportamientos que causan tanta morbilidad y mortalidad por las enfermedades que configuran el mosaico epidemiológico.

Otra de las virtudes sería la índole y calidad de los recursos humanos. Con el transcurso de los años, se ha dado una mayor diversidad disciplinaria a medida que ha ido cambiando la índole de los problemas de salud. Se aprecian mejor el significado de nuestra cooperación técnica y los medios de prestar dicha asistencia, no sólo en el seno de la Organización y de nuestros países, sino también entre países. A mi entender, otra de nuestras ventajas es la ubicación de estos recursos humanos de manera tal que la Organización tenga una presencia física en los países. Los países ven el rostro de la OPS y sienten su presencia más allá de los documentos fríos, que son el producto inevitable de cualquier burocracia.

Nuestra presencia en los países mejora la capacidad de responder a los desastres y las situaciones de emergencia. Los desastres son una parte normal de nuestra realidad, y nuestra capacidad de entenderlos ha sido y debe seguir siendo uno de nuestros distintivos. La insistencia en el proceso continuo que abarca desde la preparación hasta la prevención, la mitigación, el socorro y el desarrollo posterior ha sido y debe seguir siendo una de nuestras virtudes en la próxima centuria. Los peligros naturales son, por definición, sumamente impredecibles, pero los seres humanos pueden limitar la escala de sus efectos catastróficos.

Un elemento del entorno que influirá en la posición que ocupemos al adoptar nuestra nueva posición será la proliferación de actores en el campo de la salud. Será una cualidad lograr discernir las clases de asociaciones que darán frutos óptimos y complementarán nuestras propias acciones. Esto exigirá una flexibilidad y franqueza que sólo pueden provenir de la confianza nacida de haber anotado una centuria y la convicción en el valor de los vínculos de cooperación.

A fin de cuentas, creo que nuestra capacidad de adoptar una nueva posición y "anotar otra centuria" dependerá, mas que nada, del poder de los principios que adoptemos. En años recientes, he promovido tan vigorosamente como he podido los conceptos de equidad y la búsqueda de un ideal panamericano. Es noble la idea de que podemos contribuir a determinar las desigualdades que existen en salud y ayudar a reconocer la desigualdad en la distribución de los factores que la determinan. Es una idea digna de una organización que ha estado al servicio de las Américas durante 100 años.

Los países americanos pueden reali-zar grandes hazañas en salud cuando colaboran y hay beneficios indudables que pueden recoger de estas actividades conjuntas. Pero, además, deseo que se extienda el espíritu panamericano a la colaboración para apoyar a esos países de la Región que están peor dotados y tienen las peores condiciones de salud. Tengo la esperanza de que las generaciones futuras de americanos se percatarán, como nosotros, de la importancia de la última centuria y que estarán igualmente convencidos del carácter de los desafíos y del potencial de la OPS para vencerlos merced a algunas de las ventajas que he esbozado. Si mi esperanza se materializa, las perspectivas durante al menos otra centuria de servicio son buenas.


Sir George Alleyne concluirá su segundo período como director de la Organización Panamericana de la Salud al comienzo de 2003, culminando una carrera de 22 años en la OPS. Fue nombrado Caballero en 1990 por su majestad la Reina Isabel II por sus servicios a la medicina y en 2001 recibió la Orden de la Comunidad del Caribe, el más alto honor que puede recibir un ciudadano del Caribe.

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