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Perspectivas de Salud
La revista de la Organización Panamericana de la Salud
Edición Especial del Centenario
Volumen 7, Número 2, 2002

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La próxima revolución
¿Quién está preparado? ¿Quién no?
por Juan Enríquez and Rodrigo Martínez

 Illustration Durante décadas, quizás siglos, prácticamente todos los gobiernos latinoamericanos han pregonado a los cuatro vientos la prioridad que conceden a la educación y a la salud. Las constituciones de muchos países "garantizan" la salud y la educación como derechos inalienables. Pero ¿son la salud y la educación realmente una prioridad para América Latina y el Caribe, y es suficiente la prioridad por sí misma?

Algunos han argumentado que los ciudadanos de los países con una economía desarrollada sencillamente trabajan mucho más. Esa afirmación es falsa. El mexicano medio trabaja más horas que el japonés medio (el número promedio de horas trabajadas anualmente en México ha aumentado en más de 100 desde 1990). En efecto, en toda América Latina, las personas trabajan más tiempo y más arduamente que nunca. La diferencia esencial es la productividad, la cual depende de que los trabajadores de un país tengan suficiente que comer, estén sanos y reciban educación para usar el idioma económico dominante.

La inversión en salud pública es esencial. Pero no es sostenible sin inversiones paralelas en las ciencias, la tecnología y la investigación y el desarrollo empresariales. Una sociedad tiene que generar riqueza para poder invertir más en sus recursos humanos. Y hoy, rara vez se genera riqueza en una economía basada en conocimientos sin una población que conozca y utilice el alfabeto digital. Según la Escuela de Información y Sistemas de Gestión de la Universidad de California en Berkeley, más del 90 por ciento de la información producida en 1999 estaba en formato digital.

Muchos burócratas y encargados de formular políticas argumentan que no se puede tener todo en la vida: o se invierte en atención a la salud y educación básica o se desvían los recursos hacia investigación y desarrollo. Esta dicotomía es falsa porque no son metas excluyentes. Por el contrario, se refuerzan mutuamente. Aunque este objetivo pueda parecer inalcanzable en África o en las zonas más pobres de América Latina, cabe recordar que el ingreso per cápita de Corea del Sur en 1960 era el mismo que el de Ghana.

Para que los latinoamericanos cosechen los frutos de la revolución de las ciencias de la vida, deben redescubrir la importancia de las ciencias y de los científicos como componente indispensable del desarrollo. La Conferencia Internacional sobre el Financiamiento para el Desarrollo, auspiciada recientemente por las Naciones Unidas en Monterrey, México, no tendrá ninguna repercusión si la ciencia y la tecnología no son la espina dorsal de cualquier estrategia de desarrollo.

Patentar conocimiento
Un buen barómetro de la capacidad de un país para producir conocimientos, aplicarlos y utilizarlos para generar riqueza es su habilidad para conseguir patentes. Lamentablemente, América Latina y el Caribe no obtienen una buena calificación en esta materia. De las 13.566 solicitudes de patentes presentadas en México en 2001, por ejemplo, solamente 5 por ciento provinieron de mexicanos. De 1997 a 2001, las universidades argentinas, brasileñas y mexicanas no lograron obtener ni una patente al año, en promedio, en Estados Unidos. En cambio, durante el mismo período, Estados Unidos otorgó 191 patentes a la empresa Yissum Research Development Company de la Universidad Hebrea de Israel. La Universidad de California obtuvo más de 1,800 patentes entre 1997 y 2000.

Este triste ejemplo sobre las patentes no es ninguna sorpresa si se considera que México tiene, por cada millón de habitantes, 214 científicos dedicados a la investigación y desarrollo y Argentina, 660 por millón. Corea, por el contrario, tiene 2,235 científicos, y Singapur, 2,318. No es fortuito que el trabajador surcoreano medio gane actualmente tres veces más que el mexicano medio (aunque apenas en 1975, los trabajadores mexicanos ganaban cinco veces más que sus homólogos surcoreanos).

La mayor parte de las patentes que Estados Unidos está otorgando ahora se relacionan con la biotecnología, ya no con la informática o las telecomunicaciones. Aunque casi todos los países latinoamericanos quedaron fuera de la revolución digital, no pueden darse el lujo de dejar de participar en la revolución de las ciencias de la vida apostando su futuro a las exportaciones de productos básicos y a la mano de obra barata.

Ni los países ni las personas pueden seguir haciendo lo que siempre han hecho sin rezagarse más y más. Esto no significa que todos los países deban convertirse en un conglomerado de industrias biotecnológicas. Pero lo que sí es cierto es que al menos algunos ciudadanos y empresas tienen que ser alfabetizados en este nuevo idioma, y cuantos más, mejor. México redujo sus gastos en investigación y desarrollo entre 1985 y 1995, de 0,44 por ciento a 0,33 por ciento del PIB. En 2001, las inversiones del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología se redujeron en casi una tercera parte. Cuanto más reduzcan su presupuesto, más lejos estarán del desarrollo.

Debemos generar más conocimiento en nuestros países y patentar más conocimientos también en Estados Unidos y Europa. La disminución de la inflación y, lo que es más, la reducción de los gastos públicos pueden ayudar a estabilizar las economías de la región. Sin embargo, estas son medidas provisionales que rara vez generan una enorme riqueza nueva, que sólo algunos logran.

Se han aprendido tres lecciones fundamentales en las últimas décadas. La primera, que la inversión en los proyectos basados en la explotación de recursos naturales no es el camino a la riqueza. Baste el ejemplo de los países ricos en petróleo: Irán, Iraq, Arabia Saudita, Nigeria, Venezuela y México. La segunda, que los países necesitan invertir principalmente en las personas, en particular en la salud pública y la educación basada en las ciencias. La tercera es que las actividades científicas deben transformarse en compañías viables, si no los ingresos y las inversiones en capital humano tienden a colapsarse.

La directora general de la Organización Mundial de la Salud, Gro Harlem Brundtland, escribió en el informe de la OMS La genómica y la salud mundial, que se publicó a comienzos de año: "Es una realidad que en su mayor parte las investigaciones genómicas y biotecnológicas se llevan a cabo actualmente en el mundo industrializado y responden principalmente a los imperativos del mercado. La genómica también se tiene que aplicar a los problemas de salud del mundo en desarrollo. Es crucial que busquemos activamente los medios para incorporar a los científicos de países en desarrollo a la biotecnología". Para América Latina y el Caribe, el futuro de la salud pública podría volverse mucho más positivo, y la calidad de vida en general mucho mejor, como resultado de la revolución de las ciencias de la vida. Pero esto no sucederá a menos que los países de la Región inviertan en sus ciudadanos y los preparen, no sólo para que se adapten, sino para que se beneficien del cambio.


Juan Enríquez es director del Proyecto de Ciencias de la Vida de la Escuela de Administración de Empresas de Harvard, en Boston, Massachusetts, EE.UU., y autor de As the Future Catches You: How Genomics & Other Forces are Changing Your Life, Work, Health & Wealth. Rodrigo Martínez es investigador asociado, también del Proyecto de Ciencias de la Vida de Harvard. Los autores también desean expresar su agradecimiento a Ray Goldberg, profesor emérito de la Escuela de Administración de Empresas de Harvard, y coautor con Enríquez de "Transforming Life, Transforming Business: The Life-Science Revolution", publicado en Harvard Business Review en 2000.

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