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Perspectivas de Salud |
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Vivir más de 100 años por Tony Deyal Una cornucopia chiquita El terreno, la flora y la fauna de Dominica son inolvidables. Excepto por las pocas aldeas que abrazan la costa y las laderas de las montañas, la isla ha conservado su condición sin deterioro y con escasos cambios durante los 500 años desde la primera visita de Colón al Caribe. Con sus 47 km de largo y 26 km de ancho, Dominica todavía es una tierra de sierras volcánicas coronadas de nubes y exuberantes selvas tropicales; de abruptos valles con lianas enmarañadas y arroyos de aguas claras como el cristal; de flores con los matices del arco iris que van desde el magenta de los jazmines del río al naranja brillante de las heliconias, del vivo rosado de los antirrinos al púrpura intenso de las orquídeas; de mariposas iridiscentes que semejan retazos voladores de brocado tachonado de piedras preciosas; y de aves de todos los tamaños, colores y plumajes que arrullan, graznan, chillan y cantan, entre ellos el icono nacional, el papagayo Sisserou, inmortalizado en la bandera de Dominica. El país tiene 12 saltos de agua grandes, seis variedades de selva tropical y más de 365 ríos, uno por cada día del año. Hay manantiales de azufre caliente y corrientes de agua fría casi uno al lado del otro. Se dice que es posible atrapar un pez en un río y cocinarlo en el otro.
Señala que cuando los centenarios de hoy estaban creciendo, en la isla no se utilizaban productos químicos, fertilizantes, ni vehículos automotores. La gente tenía que caminar o remar en sus botecitos por largas distancias. Todos tenían que trabajar muy duro para ganarse la vida, sembrando y cosechando sus propios cultivos, así como trabajando en las plantaciones de azúcar. Hasta hace dos años, Wigg John Francis, quien tiene oficialmente 103 años, cuidaba su jardín y rastrillaba su propio césped. Vive en la comunidad agrícola de Dublanc, en la costa occidental de Dominica. Cuestiona la fecha oficial de su nacimiento, que aparece en su certificado de bautismo, y dice que realmente tiene 107 años. Francis recuerda que, de niño, fue adoptado por una tía de la capital. Nunca asistió a la escuela; pero trabajó como agricultor, pescador y a veces sepulturero. Hasta hace dos años, supervisaba activamente a los sepultureros más jóvenes, mostrándoles dónde estaba enterrado cada quién y cuáles parcelas estaban todavía disponibles. Le pregunté a qué debía su larga vida, y contestó bruscamente en patois, "Pregúntele a Dios. Es Él quien me da la vida". Luego agregó, "Bien bue, bien mange". Buena bebida y buena comida, que sea natural y sin productos químicos, una mezcla de tubérculos y pescado. Francis no rechazaba las bebidas alcohólicas y había fumado cigarrillos, aunque dejó de hacerlo algunos años atrás. Estaba habituado al esfuerzo físico, ya que a veces hacía el viaje de ida y vuelta a Roseau remando unas 30 millas, o las 10 millas a la iglesia de ida y vuelta con su familia. Cree en las infusiones de plantas, y en la medicina natural, holística, herbaria. Su mayor problema es "la vejez", porque la vista le está fallando y le duele la cabeza. No obstante, camina sin ayuda, aunque lentamente, y él mismo se asea. Francis asegura que ha vivido una buena vida "como Dios manda". Su nieta, Theresa Jubenot, y su esposo, Honoré, lo atienden muy bien y con cariño. Se mantiene limpio y con la mente clara. Cuando le pregunté qué podría hacer yo para vivir hasta su edad, me miró de arriba abajo y luego se rió en mi cara. Al contrario, el profesor Gerald Grell, decano del Portsmouth Campus de la Ross University, una escuela de medicina situada frente a la costa, me tomó muy en serio. Explicó que tener tantos centenarios (30 por 100.000, cifra 66 por ciento mayor que la tasa de Estados Unidos de 18 por 100.000) es sumamente extraño y que está supervisando un proyecto de investigación para determinar las razones. Aunque no está seguro acerca de las causas concretas de que entre los centenarios de Dominica haya más mujeres (17) que hombres (4), observa que hasta ahora las pruebas apuntan hacia el medio ambiente como el factor principal en todos los casos. Ninguno de los centenarios está emparentado directamente, de manera que no hay ningún factor genético común. Grell cree que lo que tienen en común es que todos ellos trabajaron arduamente, comieron los alimentos orgánicos básicos y el pescado fresco que abundan en Dominica, además de respirar la atmósfera rica en oxígeno que envuelve al país como una burbuja de buena salud. Grell también apunta hacia otros factores importantes. Primero, los habitantes de Dominica viven como familias extendidas en comunidades pequeñas, relativamente aisladas y casi autosuficientes. Comparten un gran respeto hacia los ancianos; la gente está orgullosa de sus padres y abuelos y los atienden cuando están enfermos o necesitan ayuda. Otro factor es una creencia fuerte en Dios compartida por la población casi totalmente católica de Dominica. La religión, no la simple asistencia a la iglesia los domingos, es una forma de vida. El último factor es que las personas de Dominica llevan vidas relativamente sencillas, sin estrés. |


