tomado del Boletín
Epidemiológico, Vol. 21 No. 4, diciembre 2000
Análisis de Situación de Salud
en las Américas, 1999-2000
El objetivo del presente documento es proporcionar información sobre la situación
sanitaria en las Américas, basada en los datos básicos de las iniciativas de
Datos Básicos en Salud
y Perfiles de País de la Organización Panamericana de la Salud.
Tendencias demográficas y de urbanización
Durante la última parte del siglo XX, una transición demográfica importante
se produjo en la Región de las Américas. La disminución de las tasas de mortalidad
y fertilidad durante los treinta últimos años, con su impacto en el crecimiento
y la estructura de la población, ha motivado a los demógrafos a usar el término
«transición demográfica». En 1950, la población de las Américas era de 331 millones
de habitantes; en 1999, se calculó en 823 millones de habitantes, cifra que
representa casi 14% de la población mundial. Cerca de un tercio de esa población
reside en los Estados Unidos, mientras que otro tercio se reparte en dos países:
México y Brasil. El tercio restante se reparte entre los otros 45 países y territorios
de la Región.
La transición demográfica en las Américas y, en particular, América Latina
y el Caribe, empezó con una disminución en la mortalidad infantil y en la niñez.
Entre los períodos 1980-1986 y 1990-1996, la mayoría de los países redujeron
a la mitad sus tasas de mortalidad por enfermedades transmisibles en los niños
menores de 1 año.
En América Latina, el promedio de la esperanza de vida al nacer correspondiente
al período 1995-1999 era de 70 años, que corresponde a la meta fijada para el
final del siglo en la estrategia de salud para todos en el año 2000. Hay, sin
embargo, gran diversidad entre los países y dentro de cada país. En la Región,
el intervalo es de 54,1 a 79,2 años. Hay una diferencia de más de 25 años entre
los países que ocupan los dos extremos del intervalo. En muchos países, las
tasas subnacionales internas reflejan brechas mayores, que traducen diferencias
sustanciales del riesgo relativo y absoluto de morir prematuramente.
Entre 1950-1955 y 1995-2000, la diferencia entre la esperanza de vida de los
hombres y la de las mujeres aumentó de 3,3 a 5,7 años en América Latina, de
2,7 a 5,2 años en el Caribe, y de 5,7 a 6,6 años en América del Norte. Este
cambio en el perfil demográfico ha dado lugar al envejecimiento de la población
en general, con un aumento concomitante de las enfermedades crónicas y degenerativas
y las discapacidades, que afectan a las mujeres con mayor frecuencia.
El nivel de crecimiento de la población, resultado de las variadas tasas de
mortalidad y fecundidad, caracteriza la transición demográfica en las Américas.
Para determinar el nivel de esta transición en los países correspondientes,
se emplea la siguiente clasificación en cuatro grupos.
Grupo 1. Transición incipiente (tasa de natalidad alta, mortalidad
alta, crecimiento natural moderado [2,5%]): Bolivia y Haití.
Grupo 2. Transición moderada (tasa de natalidad alta, mortalidad moderada,
crecimiento natural alto [3,0%]): El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua
y Paraguay.
Grupo 3. Transición completa (tasa de natalidad moderada, mortalidad
moderada o baja, crecimiento natural moderado [2,0%]): Brasil, Colombia, Costa
Rica, Ecuador, Guyana, México, Panamá, Perú, República Dominicana, Suriname,
Trinidad y Tobago, y Venezuela.
Grupo 4. Transición avanzada (tasa de natalidad moderada o baja, mortalidad
moderada o baja, crecimiento natural bajo [1,0%]): Argentina, Bahamas, Barbados,
Canadá, Chile, Cuba, Estados Unidos, Jamaica, Martinica, Puerto Rico y Uruguay.
Es claro que los promedios no dan el panorama completo; por este motivo, las
medidas de distribución de los indicadores de mortalidad y morbilidad se están
usando cada vez más. El siguiente es un ejemplo de las investigaciones en esta
dirección, que incluye el uso del coeficiente de Gini (1).
Las figuras 1a y 1b presentan
el coeficiente de Gini para dos países con diferentes niveles de transición
demográfica (moderada y avanzada). El grado de desigualdad en la mortalidad
infantil, medida por el coeficiente de Gini correspondiente, es más de dos veces
mayor en un país que se encuentra actualmente en una transición demográfica
moderada que en uno que se halla en fase de transición demográfica avanzada.
Es importante destacar las diferencias pronunciadas en la magnitud de las desigualdades
sanitarias entre las poblaciones latinoamericanas que pasan por la misma etapa
de transición demográfica.
En 2000, se calcula que, en promedio, la población urbana regional alcanza
76,0%. Sin embargo, el promedio para el Cono Sur es de 85,3%, y para Centroamérica,
48,3%. La figura 2 muestra la distribución de la población urbana de algunos
países de la Región por unidades geográficas subnacionales. El aumento de la
urbanización en el continente americano ha tenido importantes implicaciones
sanitarias en el sentido de que ha aumentado el riesgo absoluto de problemas
sociales significativos, como la violencia y los accidentes.
Situación sanitaria y polarización epidemiológica
La mayoría de los análisis de la situación sanitaria de los países de las
Américas han destacado el progreso notable logrado durante el siglo XX en la
postergación de la muerte y la mayor duración de la vida saludable para ciertos
grupos de población. Por otro lado, esos análisis también han subrayado las
grandes disparidades que todavía existen entre el promedio nacional de la duración
prevista de la vida y el valor observado en los grupos desfavorecidos. Aunque
se han logrado importantes adelantos en el control de las enfermedades infecciosas
y parasitarias, estas siguen siendo causas importantes de defunción, con tasas
similares a las de las enfermedades no transmisibles.
Hacia el final del siglo XX, las tasas de mortalidad han descendido en prácticamente
todos los país americanos. La duración promedio de la vida en América Latina
ha aumentado en 18 años en cuatro decenios. Sin embargo, ha surgido en la Región
un perfil singular de mortalidad que refleja una polarización epidemiológica,
la cual se caracteriza por la coexistencia prolongada de dos patrones de mortalidad:
uno que es característico de las sociedades desarrolladas (causas crónicas y
degenerativas) y otro que se asocia con condiciones de vida socialmente deficientes
(causas infecciosas y parasitarias), aunados a una mortalidad alta por accidentes
y actos de violencia. La contribución relativa de las enfermedades crónicas
al perfil de mortalidad es tan importante como el de las enfermedades transmisibles.
Esta polarización se refleja en la estructura de las causas de muerte presentada
en las figura 3. Este perfil indica la persistencia de grandes brechas sanitarias
entre diferentes grupos sociales y zonas dentro de los países. No todos los
subgrupos de población han logrado el acceso pleno a las condiciones sanitarias
y de vida adecuadas que se necesitan para mantener los cambios acentuados en
las causas de defunción. Las diferencias crecientes en cuanto a los ingresos
y las desigualdades sociales siguen planteando inquietudes debido a su efecto
sobre el aumento de las brechas de mortalidad en la Región.
Teniendo en cuenta los promedios nacionales, entre 1980 y 1999 se observó una
disminución en el número de años de vida potencial perdidos (AVPP) en toda la
Región. Si bien una parte de este cambio puede atribuirse al envejecimiento
de la población, la causa principal fue la disminución de la mortalidad en los
primeros años de vida. Sin embargo, la intensidad y la rapidez de esta disminución
no fue igual en todos los países, ni siquiera en diferentes zonas del mismo
país.
Las desigualdades en el riesgo de enfermarse y morir prematuramente se correlacionan
con las desigualdades en la distribución de los recursos. Por ejemplo, las tasas
de mortalidad infantil varían de un país a otro y dentro de un país dado. En
varios países con un nivel de ingresos relativamente alto, este indicador varía
de 13,4 a 109,8 por 1.000 nacidos vivos a nivel nacional. Por consiguiente,
hacer un desglose subnacional de la información resulta muy importante y pertinente,
ya que, como se indicó con anterioridad, los promedios nacionales de los indicadores
de salud no reflejan la heterogeneidad que existe en la distribución de frecuencia
de dichos indicadores dentro de un país dado.Las desigualdades sanitarias regionales
y nacionales observadas se repiten con mayor intensidad a los niveles subnacional
y local.
Las enfermedades no transmisibles representaron 49,7% de la mortalidad de la
población adulta en las Américas, mientras que las causas externas representaron
13,8% de las defunciones. En el período 1990-1995, 89% de las víctimas de homicidio
fueron hombres, según se informó en un número considerable de países. Esto representó
un aumento de 65% sobre el nivel de 1980-1985 para los hombres; para las mujeres,
el aumento fue de 30%. En todas las subregiones, casi tres veces más hombres
que mujeres murieron por accidentes automovilísticos entre 1980 y 1996. Para
formular políticas sanitarias debe usarse la información de diferentes grupos
de población y no solo los promedios nacionales. Además, se necesita impulsar
de manera sostenida el desglose local de la información para el análisis sanitario.
Es urgente la necesidad de mejorar la información de salud pública empírica
que facilite la evaluación periódica de la situación sanitaria y el análisis
de sus tendencias en todos los grupos de población y niveles geográficos, y
no sólo con los promedios nacionales.
La respuesta de la OPS
Una de las responsabilidades fundamentales de la Organización es facilitar
la recopilación y difusión de información sanitaria, y hay una historia larga
y fructífera de colaboración de la OPS con los Estados Miembros en esta área.
En 1995, la Organización lanzó la iniciativa de Datos Básicos de Salud/Perfiles
Básicos de Salud de los Países, que pretende usar la tecnología moderna para
sistematizar la recopilación, el análisis y la difusión de los datos esenciales
de salud. La disponibilidad de datos nacionales desglosados desde el punto de
vista geográfico es esencial para detectar disparidades y encauzar los recursos
a fin de cerrar las brechas que son inequitativas. Bajo el impulso de esta iniciativa,
veinte ministerios de salud han establecido sistemas para recopilar, analizar
y publicar los datos básicos en un formato bastante uniforme.
Es importante seguir mejorando la comparabilidad, la validez y la confiabilidad
de la información sanitaria para identificar y cuantificar las desigualdades
que afectan desproporcionadamente a ciertos segmentos de las sociedades, así
como reconocer los factores principales que determinan las desigualdades sanitarias.
La OPS está colaborando con autoridades sanitarias nacionales, instituciones
académicas y grupos de la sociedad civil para seguir refinando los instrumentos
metodológicos y operativos para las evaluaciones de salud subnacionales y locales,
así como para lograr la selección de indicadores e índices adecuados y útiles.
Se está prestando atención especial a instrumentos e índices básicos útiles
y prácticos que puedan aplicarse y generarse en el plano nacional.
La Organización está comprometida a colaborar para consolidar los sistemas
de información sanitaria y las plataformas de comunicación en los Estados Miembros.
Esta estrategia ayudará a documentar la repercusión de las intervenciones de
salud en la reducción de las disparidades que son tan características del panorama
sanitario de las Américas.
Nota:
(1) El coeficiente de Gini se basa en la curva de Lorenz,
que es la representación gráfica de una variable con distribución uniforme (es
decir, situación de igualdad) en la población. Una línea diagonal representa
esta distribución uniforme. Cuanto mayor es la distancia entre la curva de Lorenz
y la línea diagonal, mayor es la desigualdad. Los valores posibles del coeficiente
de Gini varian de cero a uno. El indicador sería igual a cero en condiciones
de igualdad perfecta.
Este documento fue presentado durante el 42o. Consejo Directivo
(52a. Sesión del Comité Regional) de la Organización Panamericana de la Salud.
Documento No. CD42/6 (Esp.)
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