Representante Regional advierte sobre los riesgos de la segunda ola de alza de los precios de los alimentos

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Santiago , Chile - 01 de septiembre de 2008
La interrupción del aumento de los precios internacionales de los alimentos en los meses recientes representa un alivio, sin embargo los altos precios siguen siendo un motivo de preocupación. En el siguiente artículo de opinión, el Representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe, José Graziano da Silva, advierte sobre el riesgo que representa la segunda ola del alza de los precios. Según el Representante, esta puede ser tan devastadora como el fenómeno original, que aumentó en 50 millones el número de hambrientos en el mundo en 2007. El alza de los precios tuvo un fuerte impacto en la inflación: en los últimos 12 meses la inflación de los productos alimentarios en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe subió por lo menos un 50 % más que la inflación general.

"Para enfrentar el alza, algunos bancos centrales están subiendo las tasas de interés, como en Brasil y en Chile. Intereses más altos significan un crecimiento económico menor y se traducen en menos oportunidades de trabajo. Eso es especialmente preocupante en América Latina y el Caribe porque el problema del hambre en la Región está vinculado al acceso y no a la disponibilidad de alimentos", afirmó Graziano, añadiendo que frente a este escenario es importante mantener y fortalecer las redes de protección social.

A continuación, se presenta la versión completa del artículo de opinión publicado originalmente el 28 de agosto de 2008 en el periódico brasileño Valor Económico.

La segunda ola

José Graziano da Silva (*)

El alza actual de los precios de los alimentos ya fue comparada a un tsunami silencioso. El aumento acentuado que comenzó alrededor de 2006-07 parece haber tomado al mundo por sorpresa, aunque ya en 1996 y en 2002 la FAO convocó cumbres mundiales sobre el hambre en el mundo. El problema ya era conocido, a pesar de que aún no cuenta con la debida atención.

A primera vista, la situación hoy está mejor que en los primeros meses de 2008, cuando los precios de los commodities continuaban su escalada vertiginosa, provocada por el alza del petróleo y por la desvalorización del dólar. Recientes análisis conjuntos de la FAO y la OCDE indican que los precios de los alimentos están estabilizándose, a pesar de que se sitúan en escalas mucho más elevadas comparadas con aquellas a las cuales estábamos acostumbrados. Lo peor parece haber pasado, pero todo indica que los precios de los alimentos se mantendrán altos por algún tiempo, dependiendo de lo que ocurra con el crecimiento de la economía mundial.

Por ello es necesario poner atención a la segunda ola. Ella puede ser tan peligrosa como el tsunami original que, según estima la FAO, aumentó en 50 millones el número de hambrientos en 2007, deshaciendo casi todo el avance de los últimos años. Y el alza de los precios trae efectos colaterales que ya comenzaron a ser experimentados. Primero, el fuerte impacto en la inflación, que afecta de mayor manera a los más pobres. Un estudio de la Oficina Regional de la FAO en 17 países de América Latina y el Caribe revela que la inflación de los alimentos entre junio de 2007 y junio de 2008 fue un 50 % superior a la inflación general. En países como Brasil, Chile y Ecuador la inflación de alimentos fue más que el doble que la general.

Para combatir el alza, algunos bancos centrales están aumentando las tasas de interés, como es el caso de Brasil y Chile. Intereses más altos significan un crecimiento económico menor y se traducen en menores oportunidades de empleo. Este tema es especialmente preocupante en América Latina y el Caribe, porque el problema del hambre en la Región está relacionado con el acceso y no con la disponibilidad de comida. La Región produce alimentos suficientes para alimentar a toda su población, además de ser uno de las principales exportadores del mundo. El punto es que no todos tienen dinero suficiente para comprar la comida necesaria. Como decía Josué de Castro (1908-1973), activista brasileño en la lucha contra el hambre, el hambre es la expresión biológica de un mal sociológico.

Subir los intereses en un país es un remedio tradicional, pero es poco eficaz para combatir el aumento de los precios de los commodities y puede empeorar el bienestar de los más pobres. Por eso, si las medidas que restringen el crecimiento económico son necesarias, ellas debieran ser acompañadas de mayor protección social para los más pobres, mediante acciones tales como el refuerzo de los programas de trasferencia condicionada de renta que ya existen en más de la mitad de los países de América Latina.

Varios países reaccionaron rápidamente al alza de los precios, aplicando, entre otras medidas, bonos de emergencia para los más pobres. Esa ayuda de emergencia, a veces ampliando programas ya establecidos, ha contribuido a mitigar los efectos del alza de los precios de los alimentos en el corto plazo. No obstante, los precios subieron por varios meses y una ayuda única o sólo un reajuste inicial no es suficiente para garantizar la alimentación de las familias más pobres. En las circunstancias actuales, es importante que las trasferencias continúen por lo menos mientras dure la crisis, siendo reajustadas para dar cuenta del alza de precios.

Además, a pesar de que los precios de los alimentos dejaron de subir, ellos todavía no se han reducido significativamente para los consumidores finales. Existen varios motivos que explican aquello. Uno es que los agentes económicos están previendo el fin de las medidas temporales que muchos gobiernos adoptaron para contener el alza de los alimentos. En algunos casos, como en Haití, el gobierno ya anunció que no tiene más recursos para continuar subsidiando el arroz que se vende en el país. El resultado es que el costo de la comida se mantiene alto y la tregua anunciada por la estabilización de precios puede no llegar tan luego.

Esta segunda ola tiene otras consecuencias. Frente a la comida más cara, la tendencia es que las personas busquen alternativas más baratas para alimentarse. Esto lleva generalmente a la sustitución de leche y sus derivados, frutas y verduras por productos de peor calidad y con más azúcar y harinas. El efecto es un aumento de la obesidad, que afecta especialmente a los niños y a las mujeres. Por eso, es el momento de fortalecer los programas de educación nutricional para orientar a los consumidores en el proceso de sustitución de productos, valorizando alimentos locales y de la estación, que generalmente son más baratos.

En el mediano plazo otro problema ya se vuelve evidente. No podemos olvidar que no fueron solamente los precios de los alimentos los que subieron, sino también los costos de producción. Los precios de algunos fertilizantes elaborados a partir de gas natural y del petróleo aumentaron proporcionalmente más que los alimentos.

De ésta manera, hoy los productores compran insumos agrícolas a un costo mayor y con una expectativa de precios de venta que, probablemente, no se realizará en la próxima cosecha, ya que los precios dejaron de subir y en algunos casos han comenzado a caer. Es importante recordar también que los precios más altos que pagamos por la comida en el supermercado, frecuentemente no llegan hasta el productor. O sea, el hecho de que los precios subieron no significa necesariamente una mayor ganancia a los productores. Eso afecta principalmente a los agricultores familiares, cuya renta depende de mayor forma o de manera exclusiva de la propia producción.

La combinación de precios declinantes o estables y altos costos de los insumos pueden desincentivar la siembra de la siguiente cosecha o resultar en ganancias menores y hasta en pérdidas. Ambas posibilidades preocupan. Las oportunidades que aparecieron para la agricultura familiar pueden convertirse en una amenaza si no se toman medidas para garantizar mercados y precios justos a los productores. Esto es posible y puede ser hecho, por ejemplo, a través de compras gubernamentales de productos de la agricultura familiar para abastecer programas sociales tales como las comidas escolares. Tal es el caso de Brasil, pero dichas acciones también pueden ser reforzadas en otros países.

La seguridad alimentar, por lo tanto, todavía requiere cuidados y atención del sector público. Después del tsunami, es necesario monitorear con mucho cuidado, reaccionar y anticiparse a las olas que siguen.

(*) El autor es Representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe

(*) La reproducción del artículo por los medios interesados está autorizada.

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