A la argentina Patricia Pérez, el examen de VIH le dio positivo en 1988, a los 26 años. "En aquellos tiempos, la noticia era un certificado de defunción. Lloraba sin saber qué hacer. Por entonces, el sida era considerado indefectiblemente una enfermedad mortal, esa era la realidad. Veías a una persona en el hospital y a la semana siguiente te enterabas de que se había muerto. ¿Por qué yo no iba a verme reflejada en esa situación?", recuerda dieciséis años después.
En aquel momento, los médicos fueron contundentes: "Tienes que cuidarte, pero igual tu expectativa de vida es de dos años", le dijeron, como quien dice "mañana va a llover". "Con Daniel, mi pareja hasta hoy –cuenta Patricia–, nos propusimos vivir el momento y tratar de sortear la angustia de la pérdida, que parecía inminente". Patricia pasó la barrera de la sentencia médica y al tercer año de conocer su condición comenzó a tratarse con zidovudina (AZT). "Yo no quería tomar medicación, fue muy angustiante ese proceso. Al principio el AZT era muy tóxico y tenía que tomar 12 pastillas al día. La gente que lo tomaba se sentía muy mal, se le caía el cabello. Pero comprendí que era AZT o nada".
Apenas comenzó a tomar la medicación, las células de su sistema inmunológico comenzaron a aumentar. "Eso hizo que me sintiera mejor. Tomé AZT durante cinco años, aunque por entonces las recomendaciones eran no tomarlo por más de dos", cuenta. Con el paso de los años, Patricia fue cambiando las combinaciones de drogas, adaptándose a nuevos efectos secundarios. Al mismo tiempo que probaba pastillas de colores diferentes, fue saliendo de la autocompasión, y conectándose con otras personas en su misma situación. "En 1991 viajé a un encuentro de personas viviendo con VIH en Londres y allí participé en una manifestación con 10.000 desconocidos que luchábamos por la misma causa, por nuestros derechos", dice.
"Al año siguiente, en Amsterdam –recuerda–, 27 mujeres de distintos países fundamos la Comunidad Internacional de Mujeres Viviendo con VIH/SIDA (ICW). Allí mi vida tomó un nuevo rumbo: lograr que la voz de las mujeres sea más fuerte que el estigma y la discriminación a las que somos sometidas a diario". El acceso universal a las terapias es ahora la causa de Patricia, que ya le ganó catorce años a aquel fatídico primer diagnóstico. "Es imprescindible que la comunidad internacional haga más esfuerzos para que cualquier persona viviendo con VIH/Sida, no importa el país o el poder adquisitivo, acceda a los mejores tratamientos".