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Volumen 6 - No.1 - 2001
La expedición Balmis-Salvany de vacunación contra la viruela, primera campaña de salud pública en las Américas
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En 1518, tras la llegada de los conquistadores españoles a la isla La Española, un brote de viruela, enfermedad que no se conocía en el nuevo mundo antes de la llegada de los europeos, diezmó la población. De allí se extendió rápidamente por las Américas y exterminó a la mayoría de los aztecas e incas. Según el historiador William McNeill, en un siglo, la población de México se redujo de alrededor de 25 millones a 1,6 millones.
Tres siglos después, las epidemias de viruela continuaban amenazando al mundo. En la América española, el erario de España se enfrentaba con la posibilidad de sufrir grandes pérdidas como consecuencia de la disminución de la fuerza laboral. En Europa, hacía siete años que existía una vacuna contra la viruela y los funcionarios de la corona del Nuevo Reino de Granada (la actual Colombia) pidieron la vacuna para sus dominios.
El 1 de septiembre de 1803, el rey Carlos IV de España, uno de cuyos hijos había muerto de viruela, emitió un edicto dirigido a todos los funcionarios de la corona y autoridades religiosas de sus dominios de Asia y América en el cual anunciaba la llegada de una expedición de vacunación y ordenaba que la apoyaran para:
- vacunar gratis a las masas,
- enseñar a preparar la vacuna antivariólica en los dominios ultramarinos, y
- organizar juntas municipales de vacunación para llevar un registro de las vacunaciones realizadas y mantener suero con virus vivo para vacunaciones futuras.
La expedición para vacunar a los habitantes de la América española contra la viruela fue una campaña de salud pública de proporciones gigantescas. Un grupo pequeño zarpó con rumbo a los actuales territorios de Puerto Rico, Venezuela, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Bolivia, llevando la vacuna y administrándola en los pueblos y ciudades por los que pasaba. El territorio no sólo era vasto, sino también brutalmente escabroso, con montañas escarpadas, selvas densas y ríos ignotos. Los expedicionarios viajaron en embarcaciones fluviales primitivas y a lomo de mula, cuando el terreno era demasiado accidentado para los caballos.
Primera escala: Puerto Rico
La María Pita zarpó del puerto español de La Coruña el 30 de noviembre de 1803 con el equipo de expedicionarios que llevaría adelante la campaña de vacunación contra la viruela: el director, Dr. Francisco Xavier Balmis; el vicedirector, Dr. José Salvany Lleopart y varios ayudantes y auxiliares. El buque llegó a Puerto Rico en febrero de 1804 con su carga de suero de la vacuna guardado entre placas de vidrio selladas. En un artículo sobre la vacuna antivariólica en Puerto Rico, José Rigau-Pérez recuerda que a bordo también venían 21 niños del orfanato de La Coruña que llevaban la vacuna por medio de vacunaciones de brazo a brazo realizadas consecutivamente durante la travesía, así como miles de ejemplares de un tratado en el cual se explicaba cómo vacunar y conservar el suero.
Al llegar a Puerto Rico, el Dr. Balmis se enteró de que las autoridades puertorriqueñas ya habían conseguido la vacuna de la colonia danesa de Saint Thomas. Unió sus esfuerzos a los del gobernador general y su médico jefe, don Francisco Oller, para organizar una junta central de vacunación que llevara un registro de las vacunaciones realizadas en Puerto Rico y mantuviera suero con virus vivo para futuras inmunizaciones. De ahí en adelante, los expedicionarios formaron juntas de vacunación en cada lugar donde estuvieron
Venezuela
De Puerto Rico la expedición fue a Venezuela, donde, según narra R. Archila en La expedición de Balmis en Venezuela, fue recibida con manifestaciones públicas de júbilo. El poeta venezolano Andrés Bello dedicó una oda al gobernador español, alabándolo por ser el instrumento del don real que libraría a Venezuela del flagelo de la viruela:
sí, Venezuela exenta del horrible azote destructor, que, en otro tiempo sus hijos devoraba, es quien te envía por mí tímido labio sus acentos.
En Venezuela, los expedicionarios se dividieron en dos grupos. El Dr. Balmis encabezó uno que partió con rumbo a México, América Central y las Filipinas y el Dr. Salvany asumió la jefatura del otro, que se dirigió a América del Sur, cuya ruta seguiremos en este recuento.
Colombia
El buque San Luis, que llevaba al grupo del Dr. Salvany, se hundió camino al puerto de Cartagena de Indias, pero los expedicionarios y su equipaje fueron rescatados. Atravesaron triunfantes las murallas de Cartagena el 24 de mayo de 1804 y enseguida comenzaron a vacunar a la población, según documenta Gonzalo Díaz de Yraola en su libro La vuelta al mundo de la expedición de la vacuna.
De Cartagena, el Dr. Salvany envió la vacuna a Portobelo y Panamá, donde se la administró a miles de personas, y coordinó para llevar diez niños del orfanato de la ciudad a fin de que transportaran la vacuna por medio de la vacunación de brazo a brazo a Santa Fe de Bogotá. Durante la ardua y lluviosa travesía en una embarcación por el río Magdalena desde la costa del Caribe hasta Santa Fe, en el altiplano, el Dr. Salvany contrajo una enfermedad que le hizo perder un ojo. No obstante, en cada puerto donde hicieron escala, los expedicionarios bajaron a vacunar. Más de 56.000 personas fueron inmunizadas.
El 18 de diciembre de 1804, los expedicionarios llegaron a Santa Fe de Bogotá, donde fueron recibidos con espléndidos honores por el virrey y el arzobispo. Allí, el Dr. Salvany conoció al padre José Celestino Mutis, médico también, quien había leído sobre la vacunación contra la viruela. El entusiasmo popular por la vacuna era inmenso, porque dos años antes había habido una epidemia de viruela en Santa Fe y, desde entonces, el Dr. Mutis había estado tratando de conseguir la vacuna, según relata Marcelo Frías-Nuñes en su libro Enfermedad y sociedad en la crisis colonial del Antiguo Régimen.
Los expedicionarios partieron de Santa Fe rumbo a Popayán el 8 de marzo de 1805, con escalas en varios pueblos para vacunar. El 27 de mayo llegaron a Popayán, donde también fueron recibidos con manifestaciones públicas de júbilo.
Ecuador...
Al enterarse de que se había producido un brote de viruela en el Reino de Quito (actualmente Ecuador), los expedicionarios apresuraron el viaje a la capital, Quito, donde permanecieron dos meses porque el Dr. Salvany cayó enfermo otra vez. De Quito fueron a Cuenca, donde fueron recibidos con un tedéum en la catedral, corridas de toros, bailes de disfraces y fuegos artificiales durante tres noches consecutivas. Allí vacunaron a 7.000 personas, y las autoridades los ayudaron a reclutar niños que llevaran la vacuna a Lima.
A Perú
El rigor de la travesía por desfiladeros de vértigo y senderos andinos escarpados desde Cuenca hasta Piura, en Perú, fue compensado por la acogida que tuvieron los expedicionarios en los poblados indígenas. En Loja, donde vacunaron a 3.500 personas, fueron recibidos como salvadores.
Los expedicionarios se detuvieron varios días en Piura para que el Dr. Salvany se recuperara, no bien mejoró, partieron hacia Trujillo. En el camino, el Dr. Salvany se enfermó otra vez, y se detuvieron en un poblado de indígenas que pidieron ser vacunados, al igual que una delegación de la aristocracia andina de Chocope. Los expedicionarios llegaron a Trujillo el 17 de enero de 1806. Allí pasaron cinco días y vacunaron a 2.761 personas.
El Dr. Salvany fue a Lambayeque, localidad donde, a diferencia de otras, quedó desconcertado por la fría recepción que le dio el ayuntamiento. No obstante, logró vacunar a 4.000 personas. De Lamba-yeque fue a Cajamarca, pero en el camino los muleros contratados le robaron los animales. Cuatro días después fue rescatado por un indígena que pasaba, quien lo ayudó a conseguir animales en una finca de las proximidades. En Cajamarca vacunó a 1.000 personas. Los indígenas danzaron en su honor y un poeta local leyó un poema en alabanza a la vacuna y a la filantropía del rey Carlos IV.
Cuando llegaron a Lima, el 23 de mayo de 1806, los expedicionarios no recibieron la acogida acostumbrada. La vacuna los había precedido y el ayuntamiento de Lima les dijo claramente que ya no la necesitaban. La vacuna había sido enviada desde Buenos Aires por el virrey del Río de la Plata y había llegado a Montevideo durante el tercer trimestre de 1805 en los brazos de esclavos vacunados procedentes de Brasil. En Buenos Aires, el 2 de agosto de 1805, 22 personas habían sido vacunadas y enviadas como portadoras del suero al norte de Argentina, Paraguay, Chile y Lima.
El Dr. Salvany apeló al virrey de Perú, don Gabriel Avilés y del Fierro, pero nadie hizo caso del decreto del virrey que ordenaba la vacunación en masa en Lima. El problema era que ya se conseguía la vacuna en esa ciudad, pero no gratis, y los médicos locales no estaban interesados en apoyar un proyecto que les quitaría esa fuente de ingresos.
El suero se vendía entre dos placas de vidrio selladas o seco en trozos de tafetán inglés. Al Dr. Salvany le preocupaba la administración correcta de la vacuna y su institucionalización. Afortunadamente, el 20 de agosto de 1806 llegó a Lima un virrey nuevo, don José Fernando Abascal, quien obligó a apoyar la tarea de los expedicionarios. Poco después de la llegada del virrey Abascal, el Dr. Salvany vacunó a 22.726 personas en el Reino del Perú, según Gonzalo Díaz de Yraola.
Antes de la llegada del Dr. Salvany a Lima, el ayuntamiento había decidido encomendar a Pedro Belomo, médico de Lima, el cuidado del suero para la vacuna antivariólica. El Dr. Salvany entabló una buena relación profesional con el Dr. Belomo y por su intermedio se ganó la confianza de los científicos de Lima. Poco después de la llegada del Dr. Salvany, la Universidad de San Marcos, en Lima, le confirió un doctorado honorario, y el Dr. Hipólito Unanue, uno de los científicos peruanos de mayor prestigio de la época, lo elogió públicamente.
En Chile ...
Antes de partir de Lima para continuar su misión en el Alto Perú (actualmente Bolivia), el Dr. Salvany encargó a su ayudante, don Manuel Grajales, que fuera con una parte del grupo a Huarochiri, Jauja, Tarma, Huanuco, Panatagua y Canta, en Perú, y que después viajara por mar al Reino de Chile. El equipo desembarcó en Valparaíso en noviembre de 1806 y se encontró con la noticia decepcionante de que la vacuna lo había precedido en Chile. Había llegado de Buenos Aires en septiembre de 1805 y durante un año el sacerdote don Pedro María Chaparro había llevado a cabo su propia campaña de vacunación en la región central de Chile. Sin embargo, consciente de la importancia de institucionalizar la vacunación, don Manuel Grajales obtuvo la asistencia de las autoridades locales del Reino de Chile para formar juntas de vacunación en localidades chilenas.
Bolivia
El Dr. Salvany envió a su ayudante Rafael Lozano Pérez a Huancavelica, Huamanga y Cuzco antes de partir con rumbo al Alto Perú. Camino a La Paz, el Dr. Salvany paró en Ica por motivos de salud, pero unos meses después reanudó el viaje a La Paz, vacunando y formando juntas de vacunación en los pueblos que encontraba en el camino.
A los 34 años de edad, el Dr. Salvany falleció en Cochabamba el 21 de julio de 1810, según la partida de defunción expedida por el sacerdote de la iglesia de San Francisco, hecho que se documenta en un artículo publicado en 1980 por el historiador M. Parrilla Hermida en la revista Asclepio.
Un legado esclarecido
En el número del 21 de marzo de 1799 del Semanario de Agricultura y Artes de Madrid se publicó una traducción al español de un resumen del informe de 1798 del Dr. Edward Jenner sobre sus experimentos con la vacuna. Esa publicación semanal y la Gaceta de Madrid eran muy leídas en la América española y el 3 de enero de 1804 se publicó en la Gaceta una carta según la cual la vacuna del Dr. Edward Jenner se había conocido en los reinos de las Indias debido al artículo publicado en el Semanario. El Dr. Jenner, que había demostrado la eficacia de la vacuna antivariólica en 1796, escribió lo siguiente el 22 de noviembre de 1806 a su amigo el Revdo. Dibbin, refiriéndose a la expedición de la vacuna del rey Carlos IV: "No me imagino que en los anales de la historia haya un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como éste".
La expedición Balmis-Salvany fue el primer programa oficial de vacunación en masa en la América española. Como campaña de salud pública, fue importante no sólo por la vacunación en sí, sino también por el encargo del rey Carlos IV de institucionalizar la nueva técnica en la América española y en las Filipinas con la participación de médicos y otras personas interesadas en juntas de vacunación que llevarían un registro de las vacunaciones realizadas y conservarían el suero para vacunaciones futuras, según José Rigau-Pérez.
Después de esa expedición, gracias a la colaboración mundial se logró vacunar a toda la población y en 1980 la Organización Mundial de la Salud declaró que se había erradicado la viruela de todo el mundo. Ya no hay más casos de viruela y el costo de erradicarla, que ascendió a unos US$ 313 millones en un período de diez años, se ha recuperado varias veces con el ahorro de vidas humanas y la eliminación del costo de la vacuna, el tratamiento y la vigilancia internacional.
Rafael E. Tarrago es bibliotecario especializado en estudios iberoamericanos en la Universidad de Minnesota, en Minneápolis. Escribió The Pageant of Ibero-American Studies (El desfile de estudios iberoamericanos) y otros libros y artículos sobre la historia y la cultura de la América española.




