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Cara a cara con las consecuencias por Josh Jackson
 Una joven garífuna baila al son del ritmo tradicional, la punta. El SIDA es una grave amenaza para esta población que es la minoría más numerosa de Honduras. (Foto ©Nestor Salavarría & ODECO) | Los pueblos pesqueros garífunas de la costa norte de Honduras son famosos por su cultura afrocaribeña excepcional. Actualmente, estas comunidades hacen frente a una nueva distinción, menos halagüeña: tienen la incidencia más alta de infección por el VIH/SIDA en el país. La lucha para hacer frente a la epidemia de SIDA y para evitar que empeore está haciendo que estos descendientes de amerindios y africanos pasen de la negación colectiva a la aceptación y a la acción.
Unas cuatro docenas de personas se han reunido para tomar conciencia del SIDA en la comunidad garífuna de Limón, en la costa del norte de Honduras. El Dr. Delfi Valentín, médico local, empieza su clase preguntando a la asamblea --niñas adolescentes, jóvenes con aspecto hosco y madres preocupadas-- quién tiene familia en Nueva York.
Más de la mitad levantan la mano.
Valentín hace otra pregunta: ¿Quién de los presentes tiene miembros de la familia con SIDA o ha perdido algún familiar por esta enfermedad?
Se levanta casi el mismo número de manos. Valentín confía posteriormente a un visitante que probablemente se habrían levantado más manos a no ser por el estigma asociado con el SIDA.
Para una comunidad que comenzó por reaccionar a la presencia de la infección por el VIH/SIDA con una negación casi universal, estas reuniones sobre el SIDA con Valentín son ya un triunfo. Indican que, sin prisa pero sin pausa, los garífunas están enfrentándose a una verdad tan triste como alarmante: la tasa acumulativa de casos de SIDA entre estos descendientes de africanos y amerindios es de casi 15 veces la tasa nacional. Más de 8% de los garífunas adultos son seropositivos al VIH, lo que es cuatro veces más que el promedio nacional. "Esta epidemia está diezmando su población", dice el Dr. Néstor Salavarría, codirector de un proyecto local de prevención del SIDA.
 El Dr. Néstor Salavarría conversa con miembros del equipo local de fútbol por la conciencia sobre el SIDA. Mientras algunos garífunas tienen dificultades en aceptar la crisis del SIDA, otros están aunando esfuerzos para tratar de contenerla. (Foto ©Josh Jackson) | Las buenas noticias son que cada vez más garífunas y sus aliados están hoy tratando de hacer algo acerca del problema.
Son unos 100.000 los garífunas que pueblan los departamentos costeros del norte de Honduras, con lo cual constituyen la minoría más grande del país. Sus antepasados africanos llegaron al Caribe en dos barcos españoles de esclavos que naufragaron en San Vicente en 1635. Allí se mezclaron con amerindios y, cuando Gran Bretaña tomó control de la isla en 1797, sus descendientes, los karaphunas, fueron deportados a Roatán, frente a las costas de Honduras. De allí emigraron a tierra firme de Honduras por Trujillo, para luego extenderse a lo largo de la costa hacia Guatemala y Belice.
La unión entre los africanos y los amerindios de San Vicente hizo de los garífunas una cultura y un grupo étnico único. Su lengua, todavía muy hablada, se basa en los idiomas amerindios arawak y caribe, e incorpora palabras del francés, el español y el inglés. Su "punta" tradicional, frenético baile de cortejo al son de tambores de madera, conchas y maracas, tiene una versión eléctrica, el "rock punta", admirado por melómanos de todo el mundo.
Durante dos siglos, los garífunas subsistieron principalmente de la pesca y la agricultura; ulteriormente, cultivaron plátanos y caoba para la venta. En todo el siglo XX constituyeron una reserva fundamental de mano de obra para los exportadores de plátano de Honduras.
En las últimas décadas, los garífunas se han dirigido cada vez más en busca de trabajo a las ciudades hondureñas de La Ceiba o San Pedro Sula, como también a Nueva York, Los Angeles y Nueva Orleans. Inclusive Londres cuenta actualmente con una comunidad de garífunas. Esta diáspora se ha intensificado en los últimos 10 años, ya que los inversionistas nacionales y extranjeros han comprado vorazmente terrenos garífunas para el desarrollo turístico.
Cuando los emigrantes garífunas retornan, lo que muchos hacen, a menudo no sólo se traen el dinero ganado con su duro trabajo, sino que también traen el VIH/SIDA. "La migración laboral es una causa fundamental de la elevada incidencia", dice el Dr. James Stansbury, profesor de antropología en la Universidad de Florida que ha hecho trabajos de campo entre los garífunas. Los "varones jóvenes con pocas oportunidades de ganarse la vida en sus pueblos de origen se marchan, tanto por necesidad como por costumbre. Viven y trabajan en zonas con alto riesgo de contraer una enfermedad de transmisión sexual". Observa que uno de cada cinco trabajadores del sexo de San Pedro Sula son seropositivos al VIH, según un estudio reciente. La ciudad de Nueva York, donde acaba el mayor número de emigrantes garífunas, es la ciudad con más casos de SIDA en los Estados Unidos, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.
Stansbury, que estudió las actitudes hacia el VIH/SIDA entre los garífunas, encontró que la mayoría de ellos podían identificar las causas y los síntomas del SIDA. El problema, dice, reside más en su percepción de que sólo las personas de moral laxa corren el riesgo de contraer la infección. "Muchos consideran que saber con quién meterse ya es una forma de prevención. Parecen estar negando el vínculo infeccioso, al rechazar la idea de que personas que conocen, cercanas a ellos, podrían estar infectadas".
Esta cultura de la negación produce un cuestionable artefacto estadístico: casi nadie en ciudades como Trujillo o Limón "muere de SIDA", al menos oficialmente. Mueren de diabetes, de cáncer, de psoriasis o aun de brujería, que son dolencias inventadas o infecciones oportunistas que acompañan al SIDA. Un estudio de los registros médicos del consultorio local de Limón revela sólo una muerte por SIDA. El Dr. Valentín reconoce que suele presionarse al personal médico y de enfermería para que oculte la causa real de una muerte por SIDA. Esto protege la reputación del difunto y sus familiares, pero falsea los datos de la enfermedad.
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