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Pionero de la píldora en México por Gerald S. Cohen
De Zurich a La Habana
La meta de Rosenkranz, hombre de ciencia y empresario, no era la de resolver los arraigados problemas sociológicos de la planificación familiar y el crecimiento demográfico. Pero, no cabe duda de que ha contribuido a logros relevantes en estos asuntos; además, su labor en la producción sintética de esteroides ha ayudado a millones de personas que padecen de artritis, de la enfermedad de Addison, de bursitis y otras afecciones.
 Rosenkranz, alrededor de 1950, traza un diagrama de la molécula de un esteroide. Junto con otros cientítficos de Syntex Corp., logró ventaja en la dura competencia por sintetizar eficientemente la cortisona. (Foto courtesía de George Rosenkranz) | En todas sus iniciativas lo impulsaban la curiosidad y la ambición, pero además su deseo de cumplir una misión y de prestar servicios. Ha sido a la vez, soñador y pragmático, protegido de ganadores del Premio Nóbel y guía de quienes lo han seguido. En los últimos años se ha valido de su prestigio para abogar por que el Gobierno de México dedique más fondos a la ciencia y a la investigación. Actualmente, es uno de los principales asesores en una empresa mixta, del gobierno y la empresa privada, que aplicará la investigación genómica a la medicina.
Rosenkranz siempre ha sido receloso de su vida privada, concediendo pocas entrevistas. Esta actitud se agudizó en estos últimos años a raíz del secuestro de su esposa, ocurrido en Washington, D.C. Mientras la pareja se encontraba participando en un campeonato de bridge, la esposa fue secuestrada por tres malhechores armados que exigieron un rescate de 1 millón de dólares. Aunque todo terminó bien, cabe pensar que Rosenkranz, quien distribuye su tiempo entre Palo Alto, California, y Ciudad de México, concluyó que es mejor no decir más de lo necesario acerca de él o su familia. A pesar de esto, es posible empezar a conocerlo mejor si se examina el conjunto de su obra, la empresa que creó, y la fuente de dónde ha extraído su energía --y sigue extrayéndola-- para sus numerosos proyectos.
La carrera de Rosenkranz comenzó a tomar forma precisamente cuando los nubarrones de la segunda guerra mundial empezaban a divisarse en Europa. Nació en Budapest, obtuvo su título de ingeniero químico en 1938 y su doctorado en ciencias técnicas en 1940, en el Instituto de Tecnología de Zurich. El Instituto era uno de esos lugares donde, según las propias palabras de Rosenkranz, "uno se topaba con varios ganadores del Premio Nóbel". Tuvo la suerte de ser nombrado asistente de investigaciones de uno de ellos, el Dr. Leopoldo Ruzicka, famoso por sus trabajos sobre química de los esteroides. La relación que se forjó entre Rosenkranz y Ruzicka era más que la de un estudiante y un profesor; Ruzicka era el guía de Rosenkranz, pero de cierta forma también su protector. "Estaba protegiendo a los judíos de Zurich", recuerda Rosenkranz.
Aunque Suiza era un lugar relativamente seguro en esos días inquietantes, la presencia de simpatizantes de los nazis seguía siendo una amenaza. Rosenkranz y seis de sus colegas judíos no se sentían del todo a gusto en el país; y lo que era todavía peor, entendieron que su presencia podría acarrear malas consecuencias para Ruzicka. "Estaba soportando muchas presiones, por eso decidimos que teníamos que irnos de Suiza para protegerlo".
La mayoría de los estudiantes se fueron a los Estados Unidos, pero Rosenkranz aceptó un cargo en Quito, Ecuador, como director de un departamento de química. Primero, abordó un buque con destino a La Habana, donde tendría que esperar tres semanas para seguir hacia Ecuador. El barco que iba a Ecuador nunca llegó y luego ocurrió el ataque a Pearl Harbor. Era como si la guerra lo estuviese siguiendo. El entonces Presidente de Cuba, Fulgencio Batista, emitió un decreto que autorizaba a todos los refugiados a quedarse y trabajar en Cuba. De allí que Rosenkranz decidiera quedarse y aceptar un empleo con la empresa farmacéutica más grande del país.
Durante los siguientes cuatro años, Rosenkranz se mantuvo interesado en la fabricación de hormonas esteroides, consideradas esenciales para funciones fisiológicas claves como el metabolismo, el crecimiento y la reproducción humana. Ya se sabía también que las carencias hormonales podían ocasionar diversos trastornos, como artritis reumatoide, infertilidad y la enfermedad de Addison. Sin embargo, una de las principales dificultades de la investigación sobre hormonas era su costo excesivo, ya que había que extraerlas de glándulas de animales. Para ello se sacrificaba a una gran cantidad de animales y se obtenían solamente cantidades muy pequeñas de la substancia en cuestión.
Rosenkranz conocía las investigaciones del Dr. Russell Marker, químico de la Universidad Estatal de Pensilvania, ingenioso e impredecible, que desde los años 30 estaba convencido de que ciertas plantas podrían ser una fuente, abundante y fácil de procesar, de materias primas para obtener esteroides. Marker había dedicado 10 años a investigar las sapogeninas, un grupo de esteroides tóxicos cuya obtención era posible al degradar ciertos componentes de plantas, conocidos como saponinas. La estructura química de las sapogeninas es parecida a la del colesterol, que es el material donde se originan los esteroides en el cuerpo humano. En 1939, Marker determinó cuál era la estructura molecular exacta de las sapogeninas y elaboró un método para transformar la molécula de sapogenina en una idéntica a la hormona del embarazo, la progesterona.
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