Perspectivas de Salud
La revista de la Organización Panamericana de la Salud
Volumen 7, Número 3, 2002

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Don Francisco retribuye
por Bryna Brennan

La historia personal de Kreutzberger, escrita con la ayuda de un escritor fantasma, es la de un niño con una vocación artística que alcanzó el estrellato gracias a su trabajo dedicado y a su gran determinación para aprovechar todas las oportunidades que se le presentaran para alcanzar su objetivo.

Nacido en Talca, Chile, en 1940, fue el primer hijo de una pareja de inmigrantes judíos alemanes que habían abandonado la Alemania nazi un par de años antes. Su padre, que se ganaba la vida como sastre, era un sobreviviente de un campo de concentración y su madre era una aspirante a cantante de ópera a quien los nazis nunca le permitieron actuar. Kreutzberger cree que sus propias ambiciones frustradas hicieron que alentara el talento de su hijo. Lo hizo estudiar “cuánto instrumento musical existía” y, cuando no logró perfeccionarse en ninguno, lo persuadió para que se dedicara al canto. A los 10 años, el pequeño Mario cantaba canciones populares chilenas en la escuela pero sus compañeros más grandes lo molestaban con abucheos, por lo que se juró a sí mismo no volver a cantar nunca más.

 Don Francisco in action
Su mayor talento y atractivo como animador es su capacidad para relacionarse con la mujer y el hombre común. "Sé que hay una tecla que a veces toco y que hace a las personas sentirse mis amigos, muy cercanas a mí."
Siendo un niño tímido y reservado, Kreutzberger tuvo algunas experiencias duras, si poco frecuentes, con el antisemitismo que lo dejaron marcado, incluso una golpiza por una pandilla de chicos mayores que él cuando tenía 14 años. Reconoce que el apoyo que recibió del director de su escuela después del incidente le ayudó a superar sus temores y a hacer “un giro de 180 grados” lo que le permitió convertirse en el centro del escenario que es hoy.

Su primer profesor de drama le enseñó a contar chistes, bailar, actuar y cantar pero “nunca improvisar”. Abandonó la escuela secundaria y a los 19 años viajó a Nueva York para aprender a manejar el negocio de vestimenta de su familia. Pero cuando vio televisión por primera vez, en la habitación del hotel, “se trató de amor a primera vista”. Regresó a Chile, buscó la manera de presentarse en televisión y comenzó una carrera que ha durado 40 años y que responde con creces a la inquietud de su padre de: “¿Cómo va a mantener a una familia, siendo un payaso de circo?”

Se hizo coincidir la aparición del libro de Kreutzberger con el 40 aniversario de Sábado Gigante. En el libro describe su trabajo pionero en la televisión chilena, el lanzamiento de la teletón chilena, su traslado a Miami en 1986 y los altibajos que acompañaron su ascenso al estrellato internacional.

Mauricio Montaldo, su escritor fantasma, escribe en el prólogo del libro que Kreutzberger “quería compartir sus experiencias, pues estaba convencido de que cuando se fuera, a los seis meses o antes, nadie se acordaría de él”. Fiel a su estilo, Kreutzberger donará parte de las regalías del libro a Padres Contra el Cáncer, un grupo con sede en California que ayuda a los niños que padecen cáncer.

Evidentemente, Kreutzberger se siente más orgulloso del uso solidario que ha hecho de su fama. En su libro, describe cómo su éxito lo llevó a establecer la teletón para los niños discapacitados.

“El programa me llevó de la mano, primero a la popularidad, después al éxito y, más adelante, a la internacionalización. Sin embargo, me notaba vacío en lo espiritual, tenía una deuda con la gente que me había dado la oportunidad de alcanzar en la vida el puesto que ahora ostento y sentía necesidad de retribuir”, señala. Tomando la inspiración de la teletón de distrofia muscular del comediante Jerry Lewis, Kreutzberger juntó a algunas estrellas y realizó el primer programa, “Logremos el milagro”. La primera teletón recaudó 2,5 millones de dólares y satisfizo tanto su deseo de “retribuir” que Kreutzberger se comprometió a transformarlo en un evento anual.

Para Kreutzberger, la teletón ha sido una victoria personal. Cada año se recaudan más fondos que el año anterior. Escribe elocuentemente al respecto en su libro:

Veintidós años después, la Teletón, que no tiene distingos sociales ni políticos y que se funda en la solidaridad y en la emoción, ha producido un cambio cultural en pro de la dignidad del discapacitado y de sus derechos.…Hay mucho por hacer. La necesidad y el tiempo nos harán crecer, incorporar nuevas técnicas de rehabilitación y comunicación. El mundo podrá cambiar, seremos más o menos tecnócratas, tendremos más o menos espacio, más o menos bienes materiales: pero la sonrisa de un niño será la misma y la esperanza continuará erigiéndose como un valor que no se transa en ninguna bolsa de comercio del mundo.

Hoy, uno de los retos más grandes de Kreutzberger es mantener el ritmo de la Organización Internacional de Instituciones Teletón (ORITEL) una fundación que une a 13 países en la teletón anual. La idea, explica, es recaudar fondos para capacitar a médicos por medio de Internet y permitirles intercambiar información sobre cómo tratar a niños con discapacidades nerviosas, musculares y óseas.

Kreutzberger cree en lo que denomina “la responsabilidad que recae en un comunicador”, o sea, utilizar su talento para promover mensajes positivos, incluyendo amor, tolerancia, valor de la familia, sentido de comunidad, orgullo cultural, perseverancia personal y trabajo duro y honesto.

También cree que las personas pueden y deben ayudarse, y que la unidad logra resultados. Regresa al tema de la teletón, diciendo que si cada persona donara un dólar, no lo sentirían, pero ese dinero podría convertirse en “sonrisas, esperanzas, en una serie de cosas”.

“A veces también este frío e impersonal mundo del dinero se puede transformar en algo muy positivo”, dice Don Francisco. “Pero eso se puede lograr con la ayuda de las personas. Eso hace la fuerza”.

Bryna Brennan es jefa de la Oficina de Información Pública de la Organización Panamericana de la Salud.

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