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 Una unión de medicinas por Owain Johnson, fotos ©Keith Dannemiller
Mapa electrónico de la salud
 Jenny García, doctora venezolana recién egresada, junto al enfermero de su puesto de salud. García considera a los chamanes locales sus aliados en la atención de salud de las comunidades que ella atiende. | Para ayudar a satisfacer las necesidades de atención de salud de otras comunidades indígenas amazónicas, muchas de las cuales están más alejadas y hasta la fecha no tan bien atendidas como Isla Ratón, el ministerio de Salud de Venezuela está construyendo una base de datos electrónica acerca de las necesidades, las culturas y los problemas de salud de la población indígena del país. Dalia Rivero, médica del ministerio de Salud, está a cargo de esta tarea. Trabaja con un antropólogo y, juntos, encuentran la información en estudios hechos por investigadores universitarios, por los ministerios de Salud y de Educación, así como en informes de campo de trabajadores de salud, científicos y misioneros.
El proceso está todavía en su infancia, pero Rivero espera con el tiempo producir un archivo de cada una de las 32 comunidades indígenas de Venezuela, 19 de las cuales están ubicadas en el estado Amazonas. Cada archivo incluiría estadísticas de enfermedad y mortalidad, información cultural y lingüística pertinente, cálculos de población y detalles acerca de los representantes de la comunidad y de quienes practican la medicina tradicional. Estos paquetes de datos se entregarían a los trabajadores de salud asignados a las comunidades indígenas, en especial a los participantes en el programa rural para médicos.
La información recopilada también le permitiría al ministerio asignar mejor los recursos de salud, una inquietud fundamental en el estado Amazonas, donde el transporte de las medicinas a los puestos de salud alejados puede resultar sumamente difícil y costoso. Por ejemplo, los grupos indígenas amazónicos que se desplazan durante el año son los más afectados por ciertas enfermedades y en ciertos momentos. El personal médico que trabaja con estos grupos debe saber, por ejemplo, que se van a necesitar más tratamientos antimaláricos cuando estos grupos se establezcan en una zona endémica de malaria, pero harán falta más tratamientos para la diarrea cuando el lugar escogido esté cerca de un río contaminado.
Aguas arriba desde Isla Ratón, en las riberas del río Orinoco, se encuentra Puerto Ayacucho, capital del estado Amazonas venezolano. Esta pequeña ciudad alberga al único hospital de la región y sirve de base para los suministros y es el centro administrativo de las autoridades sanitarias que atienden a las comunidades dispersas del estado.
Puerto Ayacucho es también la sede de la Organización Regional de los Pueblos Indígenas del Amazonas, más conocida como ORPIA. La sede del grupo se construyó en lo que era originalmente un centro turístico pequeño que fue expropiado por la organización a comienzos de los años noventa. “La liberamos”, dice con una sonrisa el presidente de ORPIA, José Gregorio Díaz Miraval.
Después de muchos años de lucha, durante los cuales las oficinas de ORPIA fueron blanco de ataques incendiarios y de robos, la Organización ha ganado su batalla por el reconocimiento legal de los derechos indígenas y ahora su prioridad absoluta es la lucha por una mejor atención de salud.
Pedro Jaro, coordinador de salud de ORPIA, señala que le complace que el ministerio de Salud considere de gran importancia responder a las necesidades concretas de las comunidades y agrega que, desde hace algún tiempo, ORPIA ha venido solicitando a las autoridades sanitarias que los programas se hagan a la medida de las comunidades individuales, en lugar de adoptar una política de “talla única”.
 En Venezuela, una madre piraoa con su hijo en el umbral de su choza en la rivera del río Cataniapo. La nueva constitución venezolana exige respeto por las normas y creencias indígenas en la provisión de los servicios de atención de salud. | Pero las necesidades todavía siguen siendo grandes, según Jaro. Los puestos de salud todavía son pocos y distantes entre sí y sufren de una escasez crónica de suministros. “Algunos enfermos tienen que caminar nueve horas para llegar a un médico,” señala, “y en el Alto Orinoco, a veces no se trata de horas sino de días”.
A ORPIA también le preocupa que, a pesar de la nueva protección legal de la medicina indígena, gran parte del saber tradicional todavía está en peligro, en particular a medida que las comunidades empiezan a adoptar costumbres occidentales. La organización patrocina un programa de intercambio que reúne a los chamanes para hablar sobre su trabajo y mancomunar sus conocimientos. Dalia Rivero considera que tales programas son cruciales para la supervivencia de los conocimientos indígenas y cree que tal vez el ministerio estaría dispuesto a apoyar financieramente este plan.
En cuanto a los trabajadores de salud occidentales, Rivero piensa que las iniciativas que están en marcha para ayudarlos a comprender la cultura indígena son fundamentales y deberían mejorar considerablemente su eficacia en las comunidades amazónicas. “Por ejemplo, entre los yanomami es tabú nombrar a los muertos”, afirma. “Y si empezamos a hablar de la infección por el VIH/SIDA necesitamos saber cómo aborda cada cultura el tema del sexo. Tenemos que estar atentos a lo que desean. Ya no podemos llegar nosotros con vacunas y decir, párense a la derecha y levántense los brazos”.
Owain Johnson es periodista independiente y vive en Caracas, Venezuela.
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