Perspectivas de Salud
La revista de la Organización Panamericana de la Salud
Volumen 7, Número 3, 2002

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Una unión de medicinas
por Owain Johnson, fotos ©Keith Dannemiller

Hallazgos de la selva

Durante siglos, los indígenas de la cuenca del Amazonas han obtenido beneficios medicinales de la selva tropical de la región. “Ellos fueron los primeros en hacer pruebas clínicas, probar nuevas plantas, combinar sustancias naturales. Desde siempre han sido alquimistas”, observa Gordon Cragg, experto en medicina indígena del Instituto Nacional del Cáncer de los Estados Unidos.

La selva amazónica ha contribuido con decenas de sustancias a la medicina occidental. Entre las más conocidas están el curare, un componente fundamental de los anestésicos modernos, y la quinina, el primer aporte de la “medicina natural” para tratar una enfermedad en particular, la malaria.

La quinina se extrae de la corteza del árbol de cinchona y los indígenas del Amazonas la utilizan desde siempre para bajar la fiebre. En 1820, dos farmacéuticos franceses aislaron sus componentes químicos y, en 1944, la sustancia fue sintetizada en el laboratorio. “La medicina tradicional sirvió de inspiración y de base de los medicamentos contra esta enfermedad”, dice Cragg. “Aunque ahora en muchos lugares ya hay casos resistentes a los medicamentos basados en la quinina, durante años fue esencial”.

Un washingtoniano, Richard Gill, descubrió las propiedades del curare y fue el primero en tender un puente entre las dos medicinas. En 1929, después de graduarse de la universidad, viajó a Ecuador, donde hizo amistad con los indígenas y comenzó a descifrar la “farmacopea” de la selva. Cuando en 1934 le diagnosticaron esclerosis múltiple pensó que el curare, ese potente veneno que los indios colocaban en la punta de sus flechas, podría ser un tratamiento alternativo. El curare actúa bloqueando ciertos receptores químicos de forma tal que los impulsos nerviosos no pueden llegar a los músculos. Por lo tanto, dedujo Gill, un medicamento basado en el curare podría servir para tratar la esclerosis múltiple o el mal de Parkinson.

Gill organizó una expedición con más de 100 hombres, se adentró en la selva y logró conseguir el secreto de la producción del curare. Además, descubrió otras 75 especies botánicas potencialmente útiles para tratamientos médicos. Todas estas experiencias las plasmó en un documental y en un libro titulado: Agua Blanca y Magia Negra. Aunque el curare no resultó útil para tratar la esclerosis múltiple, su poder relajante se aprovechó para preparar anestésicos que se empezaron a utilizar en 1942. Desde estos hallazgos, el bloqueo neuromuscular se convirtió en un elemento fundamental de la anestesia.

Otros ejemplos más recientes de las decenas de contribuciones “amazónicas” son hierbas como la chanca piedra, que los indígenas usan para “limpiar los conductos internos del cuerpo” y para “destruir las piedras del riñón”, que es la base de remedios diuréticos, y la manaca, que tiene propiedades antiinflamatorias y se utiliza en la medicina occidental para tratar problemas del sistema endócrino. También el iporuru, una planta base de muchas drogas contra los dolores musculares.

“Potencialmente hay muchos medicamentos que podrían extraerse de plantas tropicales, y lo curioso es que distintas especies suelen producir el mismo componente”, observa Cragg. Agrega que muchas sustancias de la selva pluvial estimulan el sistema inmunológico, por lo que son una terapia complementaria de otros tratamientos.

Además del Amazonas, otras regiones de América han aportado importantes sustancias a la medicina moderna. Una de ellas, que los aztecas extraían del ñame (una especie de papa dulce), es, hoy en día, una hormona esteroide para el control de la natalidad. El principal ingrediente del Taxol, utilizado para el tratamiento del cáncer de mama, se extrae del árbol tejo del Pacífico que crece en los estados occidentales de Oregon y Washington, en los Estados Unidos.

“Lo fundamental es tener la fórmula apropiada y saber cuál es la dosis correcta para cada tratamiento. La naturaleza es sabia y los indígenas conocen la justa medida para aprovecharla. Los occidentales deben aprender de ellos”, dice Cragg.

—Paula Andaló

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