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Julio 1997 |
Perfil de las condiciones de salud de los adultos mayores de América Latina y el Caribe
La dinámica formal de la fecundidad, la mortalidad y la estructura de edad implica que la trayectoria de los coeficientes de vida de los países en América Latina durante los últimos cuarenta años conducirán sistemática e inexorablemente hacia el envejecimiento de la población. Esta herencia de tendencias pasadas no puede alterarse, detenerse ni modificarse de ninguna manera, excepto por sucesos súbitos imprevisibles o políticas de población insólitas. La suerte ya ha sido echada.
Para fines de 1995, en solo cinco países, a saber, Argentina, Barbados, Cuba, Martinica y Uruguay, la proporción de la población mayor de 65 años se aproximó al 10 por ciento o lo excedió, un nivel levemente inferior al de Canadá y Estados Unidos (cerca del 12 por ciento). Sin embargo, el grueso de otros países de América del Sur y Central y el Caribe alcanzará o excederá muy pronto tales niveles, casi sin duda en los próximos diez o veinte años. Las proyecciones actuales indican que para el año 2025, más de la mitad de los países en el continente estará bien encaminada hacia el envejecimiento sustancial de su población. Desde luego, el camino hacia el envejecimiento parecerá más acelerado si la definición de la población más anciana se amplía para incluir al subconjunto de personas de 60 años en adelante.
El envejecimiento de la población del continente no seguirá un curso parejo y homogéneo. Por cierto, se observarán considerables diferencias entre los países, en términos de oportunidad, niveles y otras características del proceso de envejecimiento. La oportunidad y la velocidad de la disminución de la fecundidad observadas en el pasado determinarán en gran medida la sincronización y la velocidad a la cual ocurre y ocurrirá el envejecimiento de la población. Por lo tanto Brasil y México, por ejemplo, envejecerán más tarde pero en un período más comprimido que Chile y Costa Rica, o Uruguay y Argentina. El aumento generalizado de la supervivencia en la lactancia y en la primera infancia que se produjo después de la segunda guerra mundial desempeñará una función esencialmente equivalente, si bien menos dominante. Finalmente, los cambios previstos en la mortalidad entre los adultos y los ancianos moldearán la distribución de edades de la población más vieja, en particular los tamaños relativos de la población de ancianos más jóvenes (entre los 65 y los 84 años) y de ancianos más viejos (más de 85 años) y por lo tanto determinarán características claves del proceso de envejecimiento.
El proceso de envejecimiento tiene considerable repercusión sobre varias dimensiones que afectan el funcionamiento normal de las sociedades y el bienestar relativo no solo de los ancianos sino también de las generaciones más jóvenes. Las más importantes entre estos dimensiones son el sistema de jubilaciones y pensiones, la composición de la fuerza laboral y de la familia, las disposiciones domésticas, los cambios intergeneracionales entre las familias, y la situación sanitaria y las condiciones de salud de los ancianos. Desde luego, la importancia relativa de cada uno de estos aspectos es variable y depende de las peculiaridades de los regímenes demográficos y la idiosincrasia institucional de los países. No obstante, como lo demuestra la experiencia en Europa y América del Norte, ninguno de ellos tiene probabilidad de ser tan importante ni influyente como la situación sanitaria y las condiciones de salud de las personas mayores.
La declinación gradual de las condiciones de salud física y mental que acompaña el proceso de envejecimiento individual, la reducción resultante de la esperanza de vida activa y saludable, la reducción o la cesación completa de participación en la vida laboral y la mayor dependencia de las transferencias de ingresos de diversas fuentes públicas y privadas, todo ello determina que el crecimiento de la población más vieja debe conducir a una creciente demanda de servicios de atención de la salud. Dado que las condiciones de salud más pertinentes de las personas mayores son crónicas en lugar de agudas y progresivas en lugar de regresivas, esta demanda también podría implicar un marcado aumento de los costos de atención de la salud. Como es evidente en los casos de Estados Unidos, Inglaterra y la mayoría de los países europeos occidentales, estos costos pueden llegar a magnitudes formidables. Además, como también demuestra la triste experiencia de los países de Europa oriental, la incapacidad para afrontar estos problemas conduce al rápido deterioro de la situación sanitaria de los ancianos y a una escandalosa reducción de la esperanza de vida.
El problema de salud asociado con el crecimiento de la población de mayor edad también incluye el importante aspecto de la equidad. En primer lugar, habrá diferencias de clase, ya que los miembros de diferentes clases sociales mostrarán perfiles de salud muy diferentes. De igual manera, la capacidad de obtener acceso a una atención de salud integral y de alta calidad variará sustancialmente con los estratos sociales. A menos que se aborde adecuadamente, el proceso de envejecimiento en estas sociedades dará lugar a grandes aumentos de la desigualdad en la calidad de vida y el bienestar de los miembros de diferentes clases sociales.
Segundo, existirán diferencias por razón de sexo, ya que los hombres y las mujeres muestran diferentes regímenes de mortalidad y son afectados por problemas de salud considerablemente diferentes. Además, ya que históricamente las mujeres han tenido un nivel inferior de participación en la fuerza laboral, su acceso a la atención de salud y los servicios a la vejez mostrarán una diferencia sustancial con respecto al de los hombres. Es probable que esto genere un deterioro importante en el bienestar de las mujeres de edades muy avanzadas, cuando la mayoría de ellas son viudas.
Finalmente, el crecimiento de la población de mayor edad irá acompañado de diferencias importantes entre cohortes. Esto ocurrirá por dos razones. En primer lugar, los miembros de diferentes cohortes se han visto expuestos a regímenes muy diferentes de enfermedades, conductas y atención de la salud durante su juventud. Esto se debe a que, como es sabido, la exposición a enfermedades, las prácticas conductuales y la atención de la salud en el pasado afectan la salud posterior de los individuos. Segundo, en la medida en que la índole de la participación en las fuerzas laborales y la educación de los miembros de una cohorte afecta su capacidad para exigir y recibir recursos, las cohortes más jóvenes y más viejas experimentarán diferencias importantes en su acceso a los recursos en general y a la atención médica y de la salud en particular.
Para comprender la naturaleza y la magnitud del problema de salud y los temas de equidad asociados con él, identificar las instituciones sociales que sufragarán los gastos y procurar que las políticas aplicadas en el futuro se traduzcan en normas aceptables de bienestar entre las personas mayores sin menoscabar excesivamente las inquietudes acerca de la equidad, es necesario evaluar la situación sanitaria de los ancianos actuales e, igualmente importante, la de los que se convertirán en ancianos en un futuro próximo.
En un examen reciente de la situación sanitaria de los ancianos en América Latina, los autores observan con alguna frustración que "...las dificultades esbozadas en este documento asociadas con el envejecimiento de la población en la región se multiplican por la falta de sistemas adecuados de información que podrían orientar a los encargados de adoptar las decisiones sobre el mejor curso a seguir para resolver problemas específicos.
Esta falta de datos de calidad también impide la evaluación a largo plazo de las intervenciones: ante la carencia de datos de referencia que midan su repercusión, tales intervenciones se convierten en ejercicios infructuosos...".
Es preocupante y paradójico que mientras que en Estados Unidos, Canadá, Europa y aun Asia, el envejecimiento de la población fue previsto y acompañado de un aumento de la investigación sobre la naturaleza y las consecuencias de los problemas asociados con él, en particular la dimensión de la salud, en América Latina no ocurre nada en tal sentido. Una publicación reciente de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos identifica cerca de 25 encuestas, terminadas o en curso, concebidas para estudiar diversos aspectos del envejecimiento. Asimismo, Canadá y la mayoría de los países de Europa occidental han iniciado o están iniciando numerosas encuestas que directamente o indirectamente recogen información sobre la situación sanitaria de las personas mayores y otros aspectos relacionados.
Esta falta de información en América Latina es preocupante, no solo porque los países latinoamericanos enfrentarán a muy corto plazo los problemas asociados con el envejecimiento, sino porque la combinación de regímenes demográficos y contextos institucionales tiene la probabilidad de aumentar la magnitud de los problemas y de hacer que ocurran en un período mucho más comprimido que nunca. Esta falta de información es también paradójica, pues mientras que el financiamiento para la planificación de la familia sigue constante a medida que las tasas totales de fecundidad descienden rápidamente a menos de 3, apenas se dedican escasos recursos para investigar las consecuencias sobre el envejecimiento de una súbita y rápida disminución sin precedentes de la fecundidad por la cual los programas de planificación de la familia son en parte responsables.
Se puede decir categóricamente no existen estudios comparativos sobre las condiciones de salud de los ancianos en América Latina. La única base de datos pertinente e integral que alguna vez se haya formado se confeccionó mediante un estudio entre países. Sin embargo, los resultados de estos estudios se basan en protocolos que no son uniformes entre los países y que únicamente recogen información sobre los aspectos más elementales de la situación sanitaria de los ancianos, datos necesarios pero insuficientes para describir a fondo el perfil de salud de los ancianos. Estos estudios no pueden usarse para estudiar la prevalencia de las enfermedades importantes que son característicos entre las personas mayores ni para comparar su prevalencia entre los países, ni se los puede utilizar para comprender el tipo de atención médica y de salud que las personas mayores requieren y exigen y en la realidad reciben. Igualmente, estos datos son de valor limitado para extraer inferencias acerca de las relaciones entre los aspectos conductuales de los perfiles de riesgo y las condiciones de salud, o para llevar a cabo un estudio comparativo para explicar cómo los factores propios del país afectan la prevalencia de discapacidades o enfermedades físicas o mentales, o el punto hasta el cual las necesidades de los ancianos son satisfechas.
La información sobre la situación sanitaria de las personas mayores y otras dimensiones del proceso de envejecimiento en América Latina consta de estudios locales, la mayoría de los cuales son sumamente selectivos y completamente inadecuados para extraer inferencias sobre los perfiles de la situación sanitaria actual y futura.
A falta de información de todo tipo, la sola recolección de datos de países es útil, aun cuando los conjuntos de datos no resistan pruebas rigurosas de comparabilidad. Sin embargo, con fines científicos y de política, es más eficaz invertir recursos en conjuntos de datos equivalentes. Como ya se ha establecido, las tendencias demográficas pasadas determinan que el envejecimiento en los países de América Latina ocurrirá a ritmos muy diferentes, igual que los factores de estrés sociales y económicos que dicho envejecimiento generará. Igualmente, cada país ofrece condiciones sociales, políticas y culturales singulares, las cuales forman un contexto institucional en el cual ocurre el envejecimiento y el cual ofrece los recursos para tratar los problemas que el envejecimiento presenta.
La naturaleza y la magnitud del problema del envejecimiento y de todas sus dimensiones quedan determinadas por la interacción de dos factores, el régimen demográfico propiamente dicho y el contexto institucional, social, político y cultural. En consecuencia, una perspectiva comparativa para el estudio de cualquier dimensión del envejecimiento no solo es útil sino necesaria. El estudio de un caso singular no carece de valor, especialmente para comprender el caso en sí mismo, pero es absolutamente limitado como base para obtener inferencias amplias o para extraer orientaciones aplicables a la formulación de políticas. En comparación con estudios inconexos sobre un solo país, los estudios comparativos tienen importantes beneficios de escala.
Un proyecto de recopilación de datos comparativos acerca de la situación sanitaria y las condiciones de las personas mayores es inestimable para fines científicos y de política. La investigación básica en los aspectos que determinan la situación sanitaria y las enfermedades entre los ancianos requiere como mínimo una evaluación de las condiciones entre las cohortes de ancianos actuales. Lo ideal es que el proyecto sea longitudinal y aplique protocolos ya validados en otro sitio, lo cual aumenta la comparabilidad con la experiencia de otros países.
De igual manera, la base de una política de salud no puede crearse sin contar por un lado con una evaluación de la situación sanitaria actual y la relación entre la condición actual y las enfermedades, y por el otro con un estudio de los factores conductuales, sociales y económicos determinantes. El último es crucial para contar con predicciones y proyecciones firmes y fiables en el corto y mediano plazo sobre la magnitud y la naturaleza de las exigencias de salud de las personas mayores.
El estudio propuesto se llevará a cabo en las siguientes siete zonas urbanas: Bridgetown (Barbados), Santiago (Chile), San José (Costa Rica), Ciudad de México (México), La Habana (Cuba), São Paulo (Brasil) y Montevideo (Uruguay). Estos son todos grandes centros urbanos en países que representan un espectro amplio de regímenes demográficos y contextos institucionales. Barbados, Uruguay y Cuba experimentan un envejecimiento gradual y "temprano" en el contexto latinoamericano, mientras que Chile y Costa Rica lo experimentarán ligeramente más tarde. Brasil y México representan ejemplos de regímenes demográficos con un envejecimiento más súbito pero tardío. De igual manera, estos países representan una población bastante amplia de contextos institucionales, desde uno que depende totalmente del gobierno
central a otros en los cuales el apoyo a los ancianos se encuentra prácticamente en su totalidad en manos de las familias y la empresa privada. Esta propuesta ha sido reparada por Alberto Palloni, Centro de Demografía y Ecología, Universidad de Wisconsin-Madison y Martha Peláez, Asesora Regional, Envejecimiento y Salud. Con contribuciones de Eduardo Arriaga y Kevin Kinsella, Oficina de Censos de los Estados Unidos.
Fuente: División de Salud y Desarrollo Humano, Programa de Coordinación de Investigaciones, HDP/HDD, OPS.
