Como en otros países de la Región, en Cuba se celebró el Día Mundial de la Audición. Además de las acciones científicas y de concientización que se organizaron en las diferentes provincias, el Complejo Hospitalario Infantil Borrás – Marfán, donde radica el Grupo Nacional de Implante Coclear, fue la sede de una actividad cultural en la que participaron profesionales de este centro junto a personas con discapacidad auditiva y sus familiares. 

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Coordinada por la Dra. Sandra Bermejo Guerra, asesora nacional de discapacidad auditiva, esta actividad fue una oportunidad para que niñas y niños con implantes demostraran las capacidades adquiridas gracias a ese procedimiento. El baile, la poesía y la actuación fueron las vías que utilizaron para compartir mensajes de optimismo y agradecer al personal que tanto los ha ayudado. “Sí se puede”, “no hay límites”, y “todos incluidos”, fueron algunas de las frases que más se reiteraron.   

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Nadya Arbona, psicóloga del Borrás – Marfán, fue una de las personas que, con micrófono en mano, se dirigió al público presente para comentar cómo es posible evitar la pérdida de audición. De este tema Nadya sabe mucho, pues aunque hoy día es una especialista que se siente realizada, para una mujer sorda como ella no ha sido fácil conquistar las metas personales y profesionales que se ha propuesto. Su historia, como tantas otras, es una mezcla de sacrificio y lucha constante, pero también de optimismo y resultados brillantes. Con sus propias palabras, Nadya la resume:

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Desde que empecé a estudiar, a pesar de la pérdida auditiva que tengo, he podido hacer cosas, y no he dejado que las personas me contradigan o me pongan barreras. La primera dificultad que debí rebasar fue la resistencia que encontré cuando quise salir de la escuela especial. Las maestras y los maestros no querían que me fuera. Pensaban que esa era la mejor escuela para mí; pero yo sentía que necesitaba avanzar más para lograr mis propósitos de superación profesional.

Así que decidí cambiar y empecé a hacer los trámites necesarios. Recuerdo que hasta una carta le escribí al Ministro de Educación, con mi letra, mis dificultades de redacción y mi vocabulario, que todavía era pobre. Logré explicar lo que yo quería: estudiar en una escuela de oyentes, y al corto tiempo me confirmaron que podía hacerlo.

Mis profesores de educación especial todavía se oponían, me decían que me costaría adaptarme. Sin embargo, les demostré que podía, con la ayuda de mi familia y de algunos maestros de la escuela a la que fui. Más allá del cambio pude concluir la primaria.

La secundaria básica fue una etapa muy linda, sobre todo por las relaciones con mis compañeros y profesores, y por la participación en múltiples actividades. Al terminar fui el tercer expediente en el escalafón y me gané el preuniversitario. En esa otra etapa incrementé mi hábito de lectura y mi lenguaje dio un salto de calidad significativo.

La segunda gran dificultad empezó al entrar a la universidad, a la carrera de Cultura Física. Ahí el gran reto era entender las explicaciones de los profesores, que, por cierto, no siempre creían en mí. Así que tuve que esforzarme mucho hasta defender mi tesis. Me gradué en el 2007 con 4.66 puntos de promedio y 5 puntos en mi trabajo de diploma.

Luego hice una maestría en Bioenergética en la Facultad del Hospital Miguel Enríquez, y esta fue la tercera dificultad que enfrenté. Encontré muchas incomprensiones, hasta que me conocieron mejor y supieron de qué era capaz. Pude terminar la maestría y hacer una tesis dedicada a niñas y niños sordos con implante coclear. Obtuve la máxima calificación con felicitaciones y a partir de esa experiencia sentí la necesidad de ser consejera de discapacitados auditivos.

Con todas estas motivaciones decidí estudiar Psicología. ¡Eso sí fue algo inesperado! Me facilitaron la entrada a la Universidad de La Habana y me pregunté: ¿por qué no? Fui y matriculé. Me gradué el año pasado, en 2019, con 4.48 puntos de promedio y una investigación de grado titulada “Percepción de la atención clínico psicológica a las personas sordas”.

Ese período tampoco fue fácil. En las clases tenía que estar en la primera mesa para poder escribir. Hablaba con los profesores, les pedía que se pararan delante de mí, pero a veces se olvidaban, pues yo era la única sorda en el aula. Estuve a punto de suspender exámenes, porque no captaba toda la información. Incluso hubo pruebas de las que me enteré tarde, y tuve poco tiempo para estudiar. Afortunadamente lo logré.

Como trabajadora, primero fui profesora de cultura física en un combinado deportivo durante siete años, donde me sentía muy bien acompañada, hasta que tuve que pedir la baja, porque cursaba el segundo año de Psicología y no podía trabajar y estudiar a la vez. Ahora estoy en mi segundo trabajo, y también me siento muy bien.

Dentro de mis posibilidades, trato de ayudar a niñas y niños sordos. Aconsejo a las familias, les aclaro cualquier duda. Les insisto en que la mejor forma de ayudar a las personas con discapacidad auditiva es mejorando la comunicación desde el punto de vista afectivo. La familia debe tener paciencia, mucha voluntad y esperanza. No puede rendirse. Al final del camino, los niños logran hablar, logran aprender.

Y la sociedad también puede ayudar. Siempre que encontremos una persona sorda hay que tratar de conocerla, de comprenderla, sin prejuicios. Hay que averiguar qué puede aportar. Existen mecanismos para comunicarse con las personas sordas: hablar de frente, de cerca, cara a cara, despacio; pero lo más importante es conocerla, si no la conocemos no podemos ayudarla.