Perspectivas de Salud - La revista de la Organización Panamericana de la Salud
Volumen 10, Número 1, 2005
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Desastres: mitos que no mueren

"Los cadáveres causan epidemias". "Cualquier ayuda es mejor que nada". Cuando se trata de desastres abundan muchos conceptos erróneos. Los expertos en ayuda sostienen que estos mitos no sólo aconsejan mal sino que, además, llevan a tomar medidas que aumentan el sufrimiento de los sobrevivientes.
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Sobrevivientes del tsunami buscan información sobre familiares perdidos en una fosa común cerca de Wat Bang Muang, en Takuapa, Tailandia. (Foto AP/David Longstreath)

El terremoto y el tsunami que en diciembre pasado cobraron la vida de más de 280.000 personas fueron los desastres naturales más grandes que se recuerden en el sur de Asia. Pero en los días siguientes al desastre, los informes de los medios de comunicación advertían sobre una segunda calamidad que se avecinaba: se referían a las epidemias de enfermedades peligrosas que podrían ocurrir debido a la descomposición de miles de cadáveres.

De acuerdo con informaciones publicadas por la Agencia France-Presse el día siguiente al desastre: "Los organismos internacionales recomendaron que los miles de cadáveres hinchados esparcidos en las playas, las calles y las morgues improvisadas fueran recogidos rápidamente para detener la amenaza de enfermedad". Según "los expertos" entrevistados por la agencia de noticias, "los cuerpos en descomposición que contaminaban el agua crearían las condiciones ideales para las enfermedades transmitidas por el agua, como el cólera, la fiebre tifoidea y la malaria".

Ese mismo día, un informe de CBS/AP citaba a un microbiólogo del hospital de Bangalore, India, quien decía que los cadáveres sin enterrar propagarían enfermedades como el cólera, la fiebre tifoidea, la hepatitis A y la disentería. "Hay un alto riesgo de brotes epidémicos en todos estos lugares. Los cuerpos en descomposición son fábricas de bacterias. Hay que eliminar esos cuerpos rápidamente".

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Una médica tailandesa toma notas frente a una morgue provisional en Wat Bang Muang, en la provincia de Phang Nga, al sur del país. Los forenses trabajaron largas horas para identificar a los muertos, proceso que puede tardar meses. (Pornchai Kittiwongsakul/AFP/Getty Images)

Al día siguiente, Los Angeles Times informó desde Nagappattinam, India: "Preocupados por la propagación de enfermedades, los funcionarios encargados de la salud dieron órdenes para que una cuadrilla de camiones recogiera los cuerpos en descomposición y los llevase a fosas comunes. Muchos fueron enterrados sin ser identificados".

Todas estas acciones estuvieron basadas en un mito.

La idea de que los cadáveres son una amenaza inmediata para la salud es uno de los varios mitos perdurables acerca de los desastres y los esfuerzos de socorro que los expertos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y de la Organización Mundial de la Salud (OMS) han tratado de desmentir durante casi 20 años. En 1986, la OPS produjo un video titulado "Mitos y realidades de los desastres", que aclaraba los conceptos erróneos más comunes y explicaba cómo estos podían exacerbar los problemas después de los desastres. Sin embargo, 19 años más tarde muchos de estos mitos persisten.

Tal vez el más perdurable y con mayores consecuencias sea la creencia de que los cadáveres dan origen a epidemias.

"Es más probable que los sobrevivientes sean el origen de brotes de enfermedad", rebate Jean-Luc Poncelet, gerente del programa de desastres de la OPS.

La mayoría de las víctimas de los desastres naturales mueren por traumatismos, ahogamiento o quemaduras, y no por infección; por eso es poco probable que sean portadoras de agentes infecciosos. "Alguien que no tenía cólera, no lo va a transmitir si está muerto", completa Poncelet.

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Un equipo de forenses separa los cuerpos de las víctimas del tsunami, en medio del vapor del hielo seco, en una morgue provisional en Takuapa, al sur de Tailandia. (Foto AP/Richard Vogel OPS)

Oliver Morgan, epidemiólogo ambiental de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, analizó las pruebas científicas sobre el tema en un artículo reciente que publicó la Revista Panamericana de Salud Pública (mayo 2004, p. 307). "Los microorganismos que generan la descomposición no son del mismo tipo de los que causan enfermedades", explica. Por otra parte, la mayoría de los virus y bacterias que causan enfermedades no pueden vivir mucho tiempo en un cadáver. El virus de la inmunodeficiencia humana resulta ser una excepción: puede vivir hasta 16 días en un cadáver bajo refrigeración.

Morgan señala que los virus que se transmiten por la sangre, como el VIH, los de la hepatitis B y C, como así también la tuberculosis y las infecciones gastrointestinales, representan un riesgo leve para los socorristas encargados de manipular los cuerpos. Sin embargo, el peligro de contagio puede reducirse si se toman las precauciones básicas y se mantiene la higiene adecuada.

Una preocupación válida es la contaminación del agua por la materia fecal de los cuerpos en descomposición. "Sea cual fuere el origen de la contaminación, el suministro de agua limpia para la gente es un asunto de alta prioridad", señala Poncelet.

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A pesar de las pruebas científicas que demuestran lo contrario, la creencia de que los cadáveres propagan enfermedades sigue siendo un problema crónico que entorpece los esfuerzos para mitigar las consecuencias de los desastres.

"Lo que ocurre es que los medios de comunicación publican noticias alarmantes sobre el riesgo de grandes epidemias y, por eso, las autoridades se apresuran a enterrar los cuerpos en fosas comunes -cuenta Claude de Ville, quien estuvo al frente del programa de la OPS de Preparativos para Casos de Desastre entre 1976 y 2002-. Esto aumenta el caos y la angustia entre las personas y se convierte en un nuevo golpe para la población afectada".

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Sobrevivientes del tsunami buscan en una lista de personas desaparecidas en Banda Aceh, Indonesia. (Foto AP/Peter Dejong)
Un derecho humano

La prisa por eliminar los cadáveres demanda recursos valiosos -como vehículos, combustible y esfuerzo humano-, cuando la prioridad en el trabajo de los socorristas debe ser la de encontrar y atender a los sobrevivientes, según opinan de Ville y otros expertos. Por ejemplo, después del terremoto de 2001 en la India, que cobró la vida de 100.000 per sonas, fue tal la cantidad de madera utilizada para incinerar los cuerpos, que los sobrevivientes tuvieron dificultades para conseguir el combustible que necesitaban para cocinar y calentarse.

Pero hay un problema aun más grave: los entierros y las cremaciones en masa pueden hacer imposible la identificación de los restos, e impedir que los sobrevivientes entierren a sus seres queridos según sus costumbres y creencias. Incluso en medio de la conmoción causada por una gran catástrofe, dice de Ville, éstos son aspectos importantes que tener en cuenta.

"Hay razones legales, sociales y psicológicas que hacen que la identificación de las víctimas sea de suma importancia". En realidad, insiste de Ville, "debería ser considerada como un derecho humano básico".

Jorge Rodríguez, especialista en salud mental de la oficina de la OPS en Panamá, señala que los sobrevivientes tienen una intensa necesidad psicológica de identificar a los seres queridos y de experimentar el duelo de la pérdida según sus costumbres. "Todas las sociedades tienen ritos funerarios que durante generaciones han permitido que la gente afronte el dolor que produce la muerte. Negar a los sobrevivientes el derecho de realizar estos ritos puede influir considerablemente en los problemas mentales que surgen después de un desastre".

Los efectos pueden ser similares a los que sufren las familias de los "desaparecidos". "Los familiares pueden estar casi seguros de que la persona desaparecida está muerta, pero el vivir con la incertidumbre hace que la pérdida sea mucho más difícil de sobrellevar -agrega Rodríguez-. El no saber cómo ocurrió la muerte y qué sucedió con el cuerpo dificulta la elaboración del duelo, lo que puede acarrear serios problemas de salud mental". Añade que en catástrofes de gran escala, estos problemas pueden ser colectivos y afectar a comunidades enteras.

Además, si no se logra encontrar e identificar a una víctima puede haber consecuencias materiales que mantienen a los sobrevivientes en una especie de limbo legal, con respecto a sus propiedades, su herencia y las indemnizaciones familiares. Una viuda que no tenga el certificado de defunción de su esposo quizá no pueda cobrar el seguro de vida ni recibir los beneficios de la seguridad social. Los hijos tal vez no puedan tener acceso a los bienes de los padres sin pasar por un largo proceso legal para formalizar un deceso presunto. En muchos casos, estos problemas se suman a las dificultades económicas causadas por el desastre.

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Parientes de una mujer (derecha) muerta durante el tsunami muestran su foto. Su cuerpo fue incinerado en su pueblo natal, en las afueras de Banda Aceh, Indonesia. (Foto AP/Eugene Hoshiko)

Aunque la cobertura noticiosa del tsunami difundió el mito de los cadáveres y las epidemias, también reflejaba la importancia que los sobrevivientes asignan a la identificación de sus seres queridos. En los relatos e imágenes noticiosos se vió a los sobrevivientes buscar desesperadamente a sus allegados en hospitales y morgues, examinar las carteleras con las fotos de las víctimas y divulgar en Internet pedidos de ayuda para encontrarlos.

Y muchos socorristas trataron de facilitar este proceso. Según una nota de la Agencia France-Presse, los trabajadores de una fundación budista en Tailandia "fotografiaron los cadáveres (de 30 niños que habían muerto en el desastre) antes de ponerlos en los ataúdes, y después pegaron las fotos encima, para que los afligidos padres pudieran reconocerlos". La Associated Press informó que las autoridades tomaron las huellas digitales de más de mil personas que murieron en Sri Lanka cuando un tren quedó bajo el agua.

Ciro Ugarte, asesor de la OPS en preparativos de emergencia, subraya que las autoridades a veces sienten presión de la población para deshacerse de los cadáveres; sin embargo, las familias y los vecinos tienden a resistir que las víctimas sean enterradas en masa. Ugarte recuerda que en setiembre pasado, después del paso del huracán Jeanne por Haití, los residentes de Gonaives apedrearon un camión que estaba por arrojar los cadáveres en una fosa común.

"Los socorristas trataron de persuadir a la gente de que eso era necesario, pero los habitantes deseaban enterrar a sus muertos de la manera adecuada", cuenta Ugarte. Apunta que, de acuerdo con su experiencia, "las familias nunca aceptan que sus seres queridos sean sepultados de esta forma, y si se hace en contra de sus deseos posiblemente decidan entablar juicios".

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Un gran número de cadáveres por cierto presenta un desafío mayor para mitigar un desastre. Ugarte insiste en que la forma de abordar el problema debe reconocer los derechos de los sobrevivientes.

"Todo sobreviviente tiene la esperanza de que va a encontrar con vida a su ser querido. Pero cuando esa esperanza se desvanece, existe la necesidad universal de saber dónde yacen los seres amados y decirles adios. Esta necesidad tiene que ser asumida, junto con todas las demás que tiene la gente luego de un desastre".

Donna Eberwine es editora de Perspectivas de Salud.


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