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El largo camino de Chile hacia la eliminación de la lepra

Con una sólida vigilancia, compromiso político y el apoyo de la OPS, Chile se ha convertido en el primer país de las Américas en alcanzar el estatus de eliminación.

— Marzo de 2026 —

En el sistema de salud de Chile, la lepra ha estado fuera de la vista, pero no fuera de la mente.

No se han registrado casos autóctonos en más de 30 años y, a diferencia de muchas enfermedades que desaparecen del radar cuando disminuyen los casos, la lepra nunca dejó de estar presente en el sistema de salud chileno. Se mantuvo como enfermedad de notificación obligatoria, lo que significa que los profesionales de la salud y los laboratorios están legalmente obligados a reportar los casos confirmados y sospechosos a las autoridades de salud pública. Gracias a ello, continuó bajo vigilancia y formando parte de la memoria institucional, aun cuando la mayoría del personal clínico nunca se encontraría con un caso a lo largo de su carrera.

“Un desafío importante, cuando se alcanza este nivel de eliminación, es mantener la conciencia sobre enfermedades desatendidas como la lepra”, explica Patricia Contreras, jefa del Departamento de Enfermedades Transmisibles del Ministerio de Salud de Chile. “Aunque veamos muy pocos casos, o ninguno, debemos estar preparados para reconocer, recordar e identificar un caso, y contar con la capacidad necesaria para responder y brindar una atención integral”.

La lepra, también conocida como enfermedad de Hansen, es una de las enfermedades tropicales desatendidas (ETD) más antiguas del mundo, un grupo de afecciones prevenibles y tratables que continúan afectando a millones de personas, especialmente a quienes viven en situación de pobreza y con acceso limitado a los servicios de salud.

A nivel mundial, se registran casos de lepra en más de 120 países y cada año se notifican alrededor de 200.000 nuevos casos. La Región de las Américas representa aproximadamente el 13% de todos los casos reportados en el mundo. La eliminación de la lepra se define como cero nuevos casos autóctonos durante al menos tres años consecutivos, tras haber interrumpido la transmisión durante al menos cinco años.

En Chile, cada caso de lepra activa la vigilancia, la investigación, el tratamiento y el seguimiento, reforzando un sistema diseñado no para el volumen, sino para la vigilancia permanente. Los datos muestran que entre 2012 y 2023 se notificaron 47 casos en todo el país, todos ellos importados. La mayoría ocurrió en hombres y se concentró en la Región Metropolitana de Santiago.

“Los casos importados no representan un riesgo para la población porque se detectan y se tratan”, explica el doctor José Antonio Vergara, médico que trabaja en servicios de salud pública en el sur de Chile. “Lo importante es mantenerse alerta y realizar un diagnóstico precoz para interrumpir cualquier posible cadena de transmisión”.

La lepra se transmite a través del contacto cercano y prolongado con una persona que no ha recibido tratamiento. La transmisión ocurre principalmente por gotitas respiratorias que se liberan cuando una persona infectada tose o estornuda, y no por contacto casual como dar la mano, compartir alimentos o sentarse cerca.

La lepra es curable y, desde hace décadas, los pacientes en todo el mundo reciben tratamiento con poliquimioterapia (PQT) o terapia multimedicamentosa. Desde 1995, la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en coordinación con la Organización Mundial de la Salud (OMS), proporciona la PQT de forma gratuita a los Estados Miembros de las Américas, incluido Chile. Este acceso sostenido al tratamiento ha sido fundamental para curar la enfermedad, prevenir discapacidades e interrumpir la transmisión.

El hito de la eliminación

Este año, Chile alcanzó un hito que, a nivel mundial, solo ha logrado Jordania. Tras décadas de esfuerzos sostenidos, Chile superó la etapa final de verificación para la eliminación de la lepra, convirtiéndose en el primer país de la Región de las Américas en lograrlo.

Ese paso final se concretó cuando la OPS, en colaboración con la OMS, convocó a un panel de expertos independientes para revisar los datos epidemiológicos de Chile, sus sistemas de vigilancia y los procesos de manejo de casos. Tras evaluar si estos mecanismos podían sostenerse en un contexto de baja incidencia, el panel confirmó que se había alcanzado la eliminación y que Chile cuenta con la capacidad para mantenerla. 

La eliminación de la lepra en Chile se ha dado en el marco de un entorno jurídico y social más amplio que garantiza el acceso equitativo a la atención de salud, la protección social y los servicios para personas con discapacidad, asegurando que todas las personas, incluidos los migrantes, reciban tratamiento sin estigma ni exclusión, dentro de un sistema que prioriza la confidencialidad, el trato respetuoso y la inclusión. 

“Chile está comprometido a garantizar que cualquier caso diagnosticado reciba seguimiento a largo plazo, que se traten las posibles secuelas y, por supuesto, que nadie quede con una discapacidad que podríamos prevenir”, afirma Contreras, jefa del Departamento de Enfermedades Transmisibles del Ministerio de Salud.

El papel de la OPS

Más allá de la provisión de terapia multimedicamentosa, la OPS ha apoyado a Chile en el fortalecimiento de los sistemas de vigilancia, que son fundamentales para la eliminación y su verificación. La OPS también ha contribuido a desarrollar y mantener la capacidad clínica a lo largo del tiempo, reconociendo que la eliminación depende tanto de las personas como de las políticas. A través de capacitación, orientación técnica y alineación con estrategias mundiales como el marco “Hacia cero lepra” de la OMS y la Iniciativa de la OPS para la Eliminación de Enfermedades, la Organización ha apoyado a Chile en la transición del control de la enfermedad hacia una preparación para su eliminación sostenida. 

“La vigilancia constante y el manejo adecuado de los casos son dos de las fortalezas de Chile”, señala Ana Lucianez Pérez, Asesora de la OPS en Enfermedades Infecciosas Desatendidas. “Incluso en un contexto de baja incidencia, el país mantuvo la notificación estandarizada, la confirmación de laboratorio, el rastreo de contactos y el seguimiento”.

“Uno de los pilares del Ministerio de Salud es la capacitación de técnicos y profesionales, especialmente en el nivel de atención primaria, para realizar la detección temprana y la derivación oportuna”, explica Contreras. “La atención primaria de salud es la puerta de entrada a nuestro sistema, con una cobertura casi universal en todo el país”.

En un mundo donde la lepra aún afecta a miles de personas cada año, la experiencia de Chile demuestra que la vigilancia sostenida, una atención primaria de salud sólida y el firme compromiso con la vigilancia pueden transformar incluso una de las enfermedades más antiguas del mundo en una amenaza controlable y prevenible.

Ecos del Pacífico: la lepra en Rapa Nui

Mientras Chile continental registraba solo casos esporádicos e importados, Rapa Nui—también conocida como Isla de Pascua, territorio chileno en el Pacífico sureste—sufrió la huella más profunda de la lepra en la historia del país.

La enfermedad llegó a la isla polinésica en 1889, probablemente introducida desde Tahití durante un período de profunda agitación social y mayor contacto con el exterior. El hacinamiento, la falta de saneamiento y la inseguridad alimentaria facilitaron su propagación. A comienzos del siglo XX, el aislamiento se convirtió en política de Estado y se creó un leprosario. Para quienes eran diagnosticados, la enfermedad significaba separación de sus familias y, con frecuencia, décadas de confinamiento.

En 1976, un tamizaje poblacional completo reveló la magnitud de la crisis. “En ese momento vivían ahí 2.800 personas y detectamos lepra en 460”, recuerda el doctor Carlos de la Barrera, quien dirigió el establecimiento a fines de la década de 1970. “Más del 15% de la población estaba infectada”.

Los avances en el tratamiento y el abandono progresivo de la segregación transformaron gradualmente la atención. Un sanatorio moderno reemplazó el antiguo leprosario y los pacientes que completaban el tratamiento se reintegraban a la comunidad. En 1995 se identificó y trató el último caso conocido en Rapa Nui, cerrando un capítulo que marcó la experiencia de Chile con la lepra durante casi un siglo.

“Creo que los principales factores de éxito en la prevención y el control están directamente relacionados con la capacidad de los equipos médicos y su habilidad para no desmoralizar a los pacientes”, señala el doctor De la Barrera. “A Chile le ha tomado mucho tiempo aprender esto”.