El Paraíso, Honduras. Son las 5:30 de la mañana. La luz apenas comienza a asomarse sobre las montañas cuando Sara Isabel Castellano, de 75 años, ya está en pie. Se ajusta el chaleco, toma su bolso con materiales educativos y sube a una mototaxi que avanza por caminos de tierra hacia el centro de salud.
Para ella, la jornada apenas comienza. La edad no es un límite: es experiencia puesta al servicio de su comunidad.
Sara Isabel es una de las Colaboradoras Voluntarias (COLVOL), de la una red comunitaria que se ha convertido en una de las respuestas más cercanas y confiables frente al dengue. En la Región Sanitaria de El Paraíso hay un rasgo particular: todas las COLVOL son mujeres. Madres, jóvenes lideresas y abuelas como Sara Isabel han transformado el voluntariado en una acción cotidiana concreta de proteger vidas desde el territorio.
Durante décadas, su trabajo ha sido sencillo y constante caminar aldeas, tocar puertas, escuchar, acompañar familias. Su autoridad no proviene de un título académico, ni de un cargo formal, sino de la confianza construida paso a paso, casa por casa. a lo largo de los años.
“Antes creíamos que bastaba con matar al mosquito”, recuerda Sara Isabel. Hoy, la historia es distinta. Gracias a la capacitación y al acompañamiento técnico, las voluntarias no solo identifican criaderos: también ayudan a que las familias comprendan que la prevención comienza en el hogar y que incluso en contextos de pobreza es posible reducir los riesgos cuando hay organización y compromiso comunitario.
Las COLVOL conocen los patios donde se acumula agua, los hogares donde viven niñas y niños en mayor riesgo, las mujeres embarazadas que requieren vigilancia y las personas mayores que no pueden desplazarse con facilidad. Por eso, cuando una voluntaria habla, la comunidad escucha, porque su voz representa confianza, cercanía, y cuidados en su comunidad.
Historias que fortalecen: mujeres que encuentran voz y liderazgo
A su lado está Consuelo, otra voluntaria cuya historia refleja el impacto humano de esta red comunitaria. Durante años vivió en silencio, marcada por la violencia doméstica y la inseguridad. Fue en este espacio comunitario donde encontró apoyo, recuperó su autoestima y una nueva forma de pararse frente a los demás, con voz propia y confianza.
Hoy habla con firmeza. Lidera brigadas, visita hogares, orienta a otras familias. Su testimonio recuerda que prevenir dengue no es solo una tarea sanitaria: es también un proceso de organización social, de confianza y de fortalecimiento de las mujeres que sostienen la vida cotidiana en sus comunidades.
En un país donde muchas mujeres han sido históricamente invisibilizadas, las COLVOL representan una red de credibilidad, pero también de reconstrucción personal. Son ellas quienes convierten un mensaje de salud pública en una práctica compartida.
Cooperación técnica y evidencia: un modelo que protege desde el territorio
Durante 2024 y 2025, este trabajo comunitario fue fortalecido en el marco del “Proyecto Sistémico para la Respuesta Humanitaria ante la Emergencia Nacional por Epidemia de Dengue en Honduras”, financiado por el Gobierno de la República de Corea e implementado por la secretaría de Salud con acompañamiento técnico de la OPS/OMS, en y con un rol central de la Región Sanitaria de El Paraíso. Como evidencia del alcance de esta respuesta, el proyecto permitió capacitar a 56 colaboradoras voluntarias junto con equipos de salud, llegar a más de 400 hogares en zonas priorizadas, y consolidar un modelo con 100% de liderazgo femenino en la región, demostrando cómo la cooperación técnica puede traducirse en acciones concretas de prevención y protección comunitaria.
Las COLVOL no reemplazan al sistema de salud: lo complementan con algo que ningún protocolo puede fabricar rápidamente. Credibilidad. Cercanía. Confianza.
Cuando una voluntaria toca una puerta y explica por qué una fiebre persistente requiere atención inmediata, las familias reaccionan. Cuando lidera una jornada comunitaria, los vecinos se suman. La prevención deja de ser un mensaje externo y se convierte en una responsabilidad compartida.
Sara Isabel lo resume mientras se prepara para salir a su primera visita del día:
“No conocemos edad. Todas aportamos. Todas importamos”.
En esa frase hay una lección esencial: la lucha contra el dengue no depende únicamente de intervenciones puntuales. Depende de liderazgo comunitario sostenido, participación social y mujeres que, cada amanecer, antes de que el sol termine de salir, ya están en marcha.
Ellas son las COLVOL. Guardianas contra el dengue. Y también el rostro humano de una Honduras que se organiza para prevenir y servir a sus comunidades.
