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En las entrañas del Perú: cómo la confianza está venciendo al miedo en la vacunación

Apenas la brigada de vacunación llegaba a la comunidad, algunas madres cerraban la puerta de su vivienda. Desde adentro se oían voces, de ellas, de sus parejas, familiares o vecinos, que expresaban temor: “No quiero que mi hijo se enferme por esa vacuna” o “Esas vacunas no sirven”.

— Febrero de 2026 —

Para la licenciada en enfermería Mariela López Román, quien lleva una década trabajando con comunidades indígenas en la selva amazónica en el departamento de San Martín, escenas como esta no son nuevas, pero intenta que no la desanimen. La experiencia le ha enseñado que la desconfianza se vence con paciencia, conversaciones cara a cara, imágenes sencillas, información clara y, sobre todo, tiempo dedica do a escuchar y explicar cómo las vacunas salvan vidas.

En Perú, la Organización Panamericana de la Salud (OPS), con el apoyo de socios estratégicos como el Gobierno de Canadá, brinda cooperación técnica y acompaña al Ministerio de Salud en las campañas nacionales de vacunación. El objetivo es cerrar brechas y mantener coberturas que protejan especialmente a niños, gestantes, adultos mayores y comunidades en condición de vulnerabilidad.

En 2025, durante la Semana de Vacunación en las Américas, el país superó la meta nacional con más de 1 millón de dosis administradas. Estas dosis forman parte del Esquema Nacional de Vacunación, uno de los más completos de la región de las Américas, con 18 vacunas que protegen contra 28 enfermedades. Las brigadas llegaron a niños que nunca habían recibido una vacuna. En Puno, por ejemplo, se identificaron niños menores de tres a once meses sin una sola dosis aplicada. “La mamá ni sabía que había vacunas”, recuerda una enfermera. Las visitas casa por casa permitieron iniciar esquemas, aunque el reto más grande fue completar las dosis siguientes en un contexto de complicaciones logísticas y desinformación persistente.

Geografías que ponen a prueba

En zonas donde las distancias se miden en horas de caminata o viajes en bote, el acceso a la salud requiere logística, compromiso y creatividad. En las islas flotantes del lago Titicaca, en la zona altoandina, llegar a una familia implica contratar una lancha, navegar por canales estrechos y pasar de isla en isla. 

Las jornadas varían enormemente: hay días en que una brigada aplica hasta 20 vacunas y otros en los que solo logran  cinco o menos. “En algunas zonas, las casas están separadas hasta por una hora de caminata”, explica Sonia García, de la Dirección Regional de Salud de Puno. “Por eso, cada vacuna cuenta”.

Las condiciones de las vías añaden desafíos. Muchas brigadas viajan en motocicleta por la selva, por caminos que se deterioran con la lluvia. Una vacunadora lo resume con humor: “A veces se revienta la llanta, el freno se rompe, el río crece… y aun así seguimos”. 

Perseverancia ante la negativa

A pesar de las dificultades, el esfuerzo constante ha permitido forjar vínculos de confianza. “La mayoría acepta con mucha gratitud, porque saben que no siempre podemos llegar”, menciona una enfermera de la brigada. “Pero también encontramos negativas. A veces llevamos pequeños obsequios o nos apoyamos en los agentes comunitarios de salud para ganar tiempo y conversar, y así hacerles entender la importancia de la vacunación”.

Mariela López Román recuerda episodios duros en San Martín: familias que rechazaban vacunas para los niños, las gestantes o los adultos mayores, e incluso episodios de violencia contra las brigadas. Hoy, gracias al trabajo sostenido del personal de enfermería, la articulación con gobiernos locales, el acompañamiento de los agentes comunitarios de salud, y las actividades de promoción, esas situaciones son cada vez menos frecuentes. Sin embargo, el recelo permanece: “Todavía existe rechazo en algunas familias, pero tenemos mucha más acogida que antes”. 

La desinformación es un factor central. “Algunas mamás piensan que la fiebre posterior (a la aplicación de la vacuna) significa que la vacuna enfermó al niño”, explica Mariela. Por ello, el equipo recurre a todo tipo de apoyos: láminas, fotos, y relatos claros sobre cómo se ven afectados los niños al no recibir  vacunas, por ejemplo, contra la polio. “Poco a poco escuchan, preguntan, entienden lo graves que son las enfermedades y que se pueden prevenir. Finalmente, se animan”. 

Ese “poco a poco” resume el desafío de vacunar en las zonas más remotas. No se trata solo de recorrer largas distancias, sino de desmontar miedos, costumbres profundamente arraigadas y, en muchos casos, decisiones condicionadas por roles de género. “Por ejemplo, si el papá dice que no, entonces los hijos no se vacunan, aunque la mamá esté de acuerdo”, explica Mariela. 

Otras resistencias provienen de creencias que desalientan intervenciones médicas que no provengan de la naturaleza. “Incluso no permiten que el creyente acuda a un establecimiento de salud para recibir atención”, explica Nadia Carrasco, enfermera  en la costa  de Lambayeque. “Entonces tenemos una limitante muy grande porque ir en contra de la fe de una familia es complicado”.

vacunando
trabajadores de salud
Cuando un “sí” vale tanto como la meta

Colocar las vacunas no es solo inyectar: implica adquisiciones, logística, cadena de frío, recurso humano capacitado, y sistemas de información.  

Un hito importante del 2025 fue el piloto del aplicativo offline para registro nominal de vacunación en zonas focalizadas de Amazonas, Loreto y Madre de Dios, ubicadas en las fronteras con Ecuador, Colombia y Bolivia. Desarrollada por la OPS y el Ministerio de Salud —con apoyo de la Cooperación Alemana para el Desarrollo (GIZ)—, esta herramienta  mejora la calidad del registro, evita pérdidas de información y reduce errores asociados al papel, permitiendo reflejar con precisión las coberturas y brechas existentes.

Sin embargo, el mayor logro a menudo no está en las cifras, sino en la confianza recuperada. Mariela recuerda a una madre que dejó de acudir al control porque una vacuna le generó fiebre a su bebé: “Fuimos tres veces. En la tercera nos dijo que vendría solo al control, sin vacuna. Le dijimos que no importaba, que viniera igual. Y cuando ya estaba ahí, volvió a aceptar. Hoy viene puntual y me pregunta: ‘¿Al año le tocará otra vacuna?’. Eso me hizo feliz”.

En este contexto, la OPS también brinda asistencia técnica en comunicación comunitaria, una necesidad urgente en algunas regiones. “OPS nos ha ayudado a fortalecer la comunicación, porque ese es nuestro nudo crítico”, afirma Sonia García en Puno. Su colega Graciela Santos añade: “Hemos visto conveniente enfocarnos en capacitar a nuestras enfermeras en el trato mutuo, la empatía, en cómo llegar al usuario y tratar sus temores. Estamos llegando al objetivo, a paso lento, pero seguro”.

Para muchas brigadas, estos gestos hacen que todo el esfuerzo valga la pena. “De los momentos más bonitos es cuando llegas a la casa y la familia te acoge con una gratitud inmensa. Lo ves en su mirada, cuando te dan la mano y te dicen ‘Gracias, señorita, por darse su tiempo y venir hasta aquí’”, dice Nadia.

Porque las cifras de vacunación no son solo números. Son el resultado de un sistema complejo de componentes que hacen posible que las vacunas lleguen a las personas. Pero, sobre todo, son resultado de conversaciones, a veces largas, que requieren paciencia y empatía. De actos colectivos que batallan contra el miedo y la desinformación, y que, con más confianza, avanzan hacia una protección equitativa en toda la geografía peruana, sin dejar a nadie atrás.