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Una vacuna, un sueño, un gol

La historia de Myriam Wood Melgar y el pequeño Willy

Myriam Wood Melgar se levanta antes de que el calor avise. Esa mañana, como casi todas, comenzó despachando a sus dos hijos mayores a la escuela — mochilas, zapatos, el desayuno rápido, los besos apresurados. Cuando la puerta se cerró y la casa quedó en silencio, solo estaban ella y Willy.

Y fue entonces cuando vio el carné de vacunación sobre la repisa.

— Abril 2026 —

Myriam es una mujer miskita originaria de Brus Laguna, municipio de Gracias a Dios, en el corazón de la Mosquitia hondureña. Vive en Puerto Lempira, trabaja sola para sostener a sus tres hijos y carga sin quejarse todo lo que una madre puede cargar. Los últimos meses habían sido especialmente difíciles — un duelo, el trabajo, la vida encima. Y en esos días revueltos, la fecha de la vacuna contra la polio de Willy pasó sin que ella pudiera detenerla.

No por descuido. Por todo lo demás.

Una vida de resiliencia

Myriam tiene un primo que de niño contrajo polio. Un hombre que con una voluntad extraordinaria se convirtió en maestro — de los que dejan huella, de los que los alumnos recuerdan décadas después. Llegó a las aulas de la Mosquitia con las secuelas de la enfermedad encima: los caminos sin pavimento, las escuelas sin rampas, las distancias que en esta región no se miden en kilómetros sino en lo que el cuerpo es capaz de aguantar. Él llegó. Siempre llega. Pero Myriam sabe que su camino habría sido más fácil si una vacuna, a tiempo, hubiera llegado primero a él.

Eso es lo que ve cuando mira el carné de Willy: no un papel, sino una promesa. La promesa de que su hijo no va a necesitar esa resiliencia extraordinaria para llevar una vida plena.

Will Wood Melgar — Willy para todos — tiene diez meses de vida y una energía que no cabe en ese cuerpo pequeño. Gatea hacia donde no debe, agarra lo que no es suyo, se cae y se levanta sin pedir permiso. Cuando Myriam canta en miskito, él la mira con una seriedad de anciano sabio que dura exactamente tres segundos — hasta que algo lo distrae.

En casa hablan de fútbol. El abuelo jugó. El tío también. Hay una foto en la pared con botas embarradas y una sonrisa que no cabe en el marco. Myriam a veces señala esa foto cuando Willy la mira, como si le presentara su herencia: ese eres tú, muchacho, dentro de unos años.

En Honduras, el fútbol es una de las pocas puertas que se abren sin importar el lugar de origen ni las condiciones de vida. No hace falta apellido ni influencias — hace falta talento, determinación, y un cuerpo sano que pueda correr y llegar. Myriam lo sabe. Y sabe que para que Willy pueda perseguir ese sueño, primero tiene que estar protegido. Desde este carné, desde estas gotitas de vacuna, está construyendo la base de todo lo que su hijo puede llegar a ser.

Willy con una bola en sus manos

"Quiero que Willy llegue a la cancha sano. Que llegue lejos. Y para eso, primero tiene que estar protegido."

— Myriam Wood Melgar, comunidad La Esperanza, Puerto Lempira


Esa mañana, mientras Willy intentaba comerse un trapo de cocina con la concentración de un científico, Myriam tomó el carné de la repisa. Lo abrió. Vio la fecha que había pasado. Y algo en ella se resolvió, sin discurso ni drama — aunque ese día no lo pensó así, claro, ese día solo pensó en llegar.

Hoy. Antes del trabajo. Antes de cualquier otra cosa.

Porque las tristezas de la vida son reales — y Myriam las conoce de cerca. Pero la salud de sus hijos no puede esperar. Eso no se pone en segundo plano. Nunca.

Arregló a Willy con su mejor ropa — él protestó, como siempre — y salió con el carné, la mochila y la determinación de una madre que sabe exactamente por qué está haciendo lo que está haciendo.

El camino de tierra de Puerto Lempira estaba soleado. Willy iba en sus brazos mirando el cielo, señalando lo que veía con su dedo gordo. Myriam le contestaba en miskito. Nadie los apuraba. El establecimiento de salud estaba ahí, y ellos dos llegarían.

En el establecimiento de salud, el personal los recibió. El carné fue revisado. La vacuna contra la polio llegó — esa vacuna, precisamente esa, la que conecta la historia del primo maestro con el sueño futbolístico de Willy.

La vacuna contra la polio se administra en gotitas. Willy frunció el ceño cuando se las pusieron. Duró exactamente tres segundos — el tiempo que tarda su memoria para el disgusto. Luego se puso a mirar el techo con la fascinación total de alguien que acaba de descubrir el universo.

Myriam respiró.


"Las tristezas de la vida son reales. Pero la salud de mis hijos no puede esperar. Eso no se pone en segundo plano. Nunca. Cuando se trata de la vida y el futuro de nuestros hijos, nuestra decisión como madres marca la diferencia."

— Myriam Wood Melgar, comunidad La Esperanza, Puerto Lempira


La historia de Myriam no es la excepción — es la historia de miles de madres en la Mosquitia hondureña que, en medio de la vida cotidiana, encuentran la claridad para proteger a sus hijos. Detrás de esa claridad hay un trabajo silencioso y constante: personal de salud capacitado en búsqueda activa comunitaria, materiales de comunicación traducidos al miskito, brigadas de vacunación que recorren comunidades de difícil acceso, y una cadena de frío que garantiza que la vacuna llegue en óptimas condiciones hasta el último rincón de La Mosquitia. Es gracias a ese esfuerzo sostenido de la Secretaría de Salud de Honduras y la cooperación técnica de la OPS que esta región no registra casos de polio desde hace muchos años — un logro que no se mide solo en cifras, también se mide en historias como la de Myriam y Willy.

Lo que nos recuerda esta historia

1 de 3

niños sin esquema completo en zonas remotas de Honduras

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de los retrasos vacunales responden a barreras sociales, no a rechazo

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La polio fue eliminada de las Américas. Mantenerla eliminada depende de decisiones como la de Myriam, y del trabajo de cada persona que hace posible que esa decisión ocurra.

Willy va a crecer. Va a seguir pateando su balón. Va a entender algún día esa foto del abuelo con las botas embarradas. Y cuando corra en esa cancha, sano, con todo por delante, no va a saber el nombre de la vacuna que lo protegió.

Pero Myriam sí lo sabe.

Y eso es suficiente.