La vacunación en la colonia Belice, donde las enfermeras tuvieron que ganarse la confianza de sus habitantes. Fotos: Víctor Ugarte/OPS.
Vacunar donde el tiempo se detuvo
“Estamos en una colonia donde el tiempo parece haberse detenido”, dice José Elver Martínez, director del Centro de Salud de Pailón, mientras describe la colonia menonita California. “Aquí volvió una enfermedad que no veíamos desde hace más de 20 años. Y volvió con fuerza”.
La estrategia no fue imponer, sino entender. Martínez lo resume sin eufemismos: para llegar a las colonias hay que vivirlas. “Nada funciona si no se construye confianza. Y la confianza se gana hablando con sus líderes”.
Los ministros y jefes de campo son la puerta de entrada. Con ellos se coordinó, se explicó y se acordó la vacunación. El idioma —alemán bajo en muchos casos— fue una otra barrera. La solución fue práctica: traductores locales, líderes comunitarios como aliados y presencia constante. No una visita aislada, sino retorno, seguimiento, permanencia del personal de salud de Pailón.
Fieles a sus costumbres, en la mayoría de las colonias de menonitas en Bolivia la vida está alejada de la modernidad. Fotos: Víctor Ugarte/OPS.
La enfermera que tendió el puente
En ese proceso, una figura fue clave: Elena Friesen de Brown, enfermera canadiense que vive en la colonia Hohenau, una de las más tradicionalistas. Con experiencia hospitalaria en Paraguay y más de 20 años en Bolivia, Elena conoce desde dentro las reticencias y las urgencias.
“Casi en todas las colonias había sarampión. Adultos y niños sin vacuna”, recuerda. Alarmada por la escalada de casos, fue en busca de las vacunas y se convirtió en puente entre el sistema de salud boliviano y las colonias.
“Siempre hemos vivido sin vacunas”, dice Ana Baumann, una mujer menonita, bajo traducción. “Pero ahora decidimos vacunarnos. Había demasiadas personas enfermas. Necesitamos que todos estén sanos”.
Hoy, gracias a ese trabajo silencioso y persistente, la mayoría de las familias menonitas acepta la vacunación. No todas, pero sí las suficientes para cortar la cadena de transmisión.
Elena Friesen de Brown, la enfermera canadiense que convenció de vacunar a todos en la colonia Hohenau. Fotos: Víctor Ugarte/OPS.
Una estrategia país
El brote obligó a una respuesta integral. Bolivia intensificó la vacunación en niñas y niños de 1 a 4 años con dos dosis de la vacuna SRP (sarampión, rubéola y paperas) con esquema acortado, cuya eficacia alcanza el 97%. Además, se cerraron brechas de inmunización en la población de 5 a 20 años mediante vacunación indiscriminada con una dosis.
El Ministerio de Salud desplegó toda su capacidad instalada y el Programa Ampliado de Inmunización aplicó más de un millón de dosis en todo el país. La campaña continua.
La cooperación técnica de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), con el apoyo financiero del Gobierno de Canadá, reforzó esta respuesta: vigilancia, control del brote, bloqueos epidemiológicos, brigadas móviles, ampliación de personal, llegada a todas las ciudades, a comunidades rurales, indígenas y zonas periurbanas de alta densidad. Escuelas, centros comunitarios y espacios públicos se convirtieron en puntos de vacunación.
La estrategia no fue imponer, sino entender. Foto: Víctor Ugarte/OPS.
Buscar a quienes faltaban
En El Alto, al otro extremo del país, el desafío fue distinto, pero igual de urgente. “La desinformación corre rápido”, advierte Gustavo Flores Delgado, director del Centro de Salud San Francisco. “Algunos creen que no es necesario vacunar. Pero cada niño vacunado nos acerca a eliminar nuevamente el sarampión”.
El Registro Nacional de Vacunación (RNV) permitió identificar brechas con precisión quirúrgica. Así apareció, por ejemplo, Joel, de ocho años, sin esquema completo, en una escuela alteña. Y como él, muchos otros.
Madres como Estefany Chura Quispe tomaron decisiones informadas: “Tenía miedo. Me explicaron lo peligroso que es el sarampión. No quise que mi hija pasara por eso”. Estefany completó el esquema de dos dosis necesarias de la vacuna SRP en Ashley, su hija mayor de 7 años.
Estefany Chura Quispe una madre que tomó la decisión correcta, vacunar a Ashley, su hija mayor de 7 años. Fotos: Víctor Ugarte/OPS
Joel el niño de 8 años vacunado por primera vez con la vacuna SRP. Fotos: Víctor Ugarte/OPS.
En el altiplano boliviano, ciudad de El Alto, fue fundamental la alianza con el sistema escolar que permitió la vacunación en las aulas. Foto: Víctor Ugarte/OPS.
Donde la vacuna llega a pie
A cientos de kilómetros de las colonias menonitas del oriente, en el municipio quechua de Tarabuco, en el corazón de Chuquisaca, se detectó un caso positivo de sarampión. Uno solo fue suficiente para encender las alarmas. La respuesta fue inmediata: estrategia de bloqueo, vacunación intensiva y coordinación directa con los dirigentes comunitarios para evitar que el virus se expandiera en una de las regiones más vulnerables del país.
En la comunidad de Tahuaca, bajo la jurisdicción del Centro de Salud San Juan de Dios, Gabina Avesia, responsable del Programa Ampliado de Inmunización (PAI) municipal, coordinó la respuesta sanitaria. Con 20 años trabajando en el municipio, conoce cada comunidad y cada dificultad. “Con la emergencia sanitaria hemos activado todas las estrategias posibles”, explica. “Hemos ido comunidad por comunidad, casa por casa”.
Se coordinó con profesores para ingresar a las unidades educativas. Se reforzó la atención en los servicios de salud de primer nivel. Y se integró a las actividades multiprogramáticas que ya existían en cada comunidad, aprovechando cada encuentro, cada asamblea, cada espacio de confianza.
“Es una zona muy pobre”, dice Gabina sin rodeos. “Por eso no podíamos esperar. Había que llegar”. Llegar implicó caminar, explicar, insistir en quechua. La lucha contra el sarampión se libró entre cerros, caminos angostos y comunidades dispersas. Implicó traducir la urgencia sanitaria a códigos comunitarios, sin imponer, sin violentar, pero sin titubear. El objetivo era claro: proteger antes de lamentar.
Las vacunas llegaron a todo el país: grandes ciudades y comunidades rurales donde también se presentaron casos positivos de sarampión. Foto: Víctor Ugarte/OPS.
Volver al origen
Desde las llanuras chiquitanas hasta los valles quechuas, pasando por todos los pisos ecológicos del país, el brote de sarampión obligó a Bolivia a mirar sus brechas de frente. Donde el acceso era difícil, la confianza frágil y la información escasa, la ciencia logró abrirse paso sin romper tradiciones, salvando vidas. La vacunación se convirtió en un acto de presencia del Estado y de cuidado colectivo.
En la colonia Belice, Isidro Blatz observa hoy un escenario distinto al de hace unos meses. El brote dejó lecciones duras, pero también una certeza: el sarampión puede volver, pero también puede detenerse.
La lucha no ha terminado. Continúa en la reconstrucción de la confianza, en la búsqueda activa de quienes quedaron fuera, en la capacidad de llegar incluso a donde el mapa se vuelve borroso. Hoy hay más personas protegidas, más comunidades alertas, más niños con futuro. Y quizá esa sea la victoria más importante: demostrar que incluso en los lugares más cerrados, cuando la urgencia es real y la estrategia es humana, el futuro puede vacunarse.
Y en ese recorrido —de colonia en colonia, de escuela en escuela, de casa en casa, de comunidad en comunidad— Bolivia, gracias al apoyo técnico de la OPS/OMS y el Gobierno de Canadá, hoy sigue haciendo los esfuerzos para hacer frente a un virus que parecía olvidado, la respuesta colectiva todavía puede marcar la diferencia.
Fotos: Víctor Ugarte/OPS.