Cuando suena la campana del almuerzo, Kayli y sus compañeros se dirigen a la cafetería escolar. En cuestión de minutos, se forman largas filas, una rutina que moldea qué y cómo comen los niños.
Como muchos de sus amigos, Kayli, de catorce años, generalmente no lleva almuerzo desde casa. Disfruta elegir entre los alimentos y bebidas disponibles en la cantina escolar o de los vendedores fuera del recinto escolar.
Después de quince minutos en la fila, Kayli sale con un pan dulce de canela con queso, una bolsa de tortillas fritas picantes y una botella de refresco con sabor a fruta. Lo que parece un almuerzo típico refleja un desafío nutricional más amplio.
Estos alimentos son altos en azúcar, sal y grasas poco saludables, y carecen de nutrientes esenciales provenientes de frutas, verduras, legumbres y granos integrales necesarios para un crecimiento saludable. Además, al ser saciantes, desplazan alimentos más nutritivos y reducen la probabilidad de una comida equilibrada.
Los productos ultraprocesados como estos pueden contribuir a patrones alimentarios poco saludables y aumentar el riesgo de obesidad y enfermedades no transmisibles (ENT).
Como muchos, Kayli presta poca atención a las etiquetas nutricionales. Rara vez las lee y no las comprende completamente cuando lo hace. Sus elecciones no son únicas: patrones similares se repiten diariamente en todo el país, moldeando hábitos de por vida.